07 junio, 2006

De los barquitos y el paseo en barco

llegó la hora del almuerzo con grandes calores, mas estaba fresco el patio con su fuente y con la vela corrida y el comedor con los artilugios instalados. E así nos dijo Cristina que el plato principal de hoy era de carne en salsa, e sabiendo yo cómo la guisa esta buena cocinera, púsele a Marino una servilleta que le cubriese el pecho, e dijo éste:

“¿Qué hacéis, papá? Os prometo no mancharme la pechera, que ya me voy acostumbrando a comer como lo hacen vuesas mercedes y en ello pongo cuidado”.

“Tal cosa no la niego – contestéle –, mas el plato que vais a probar es tan delicioso, que perderéis la memoria e las buenas costumbres, e puedo aseguraros, que vais a mojar muchos barquitos de pan en esta salsa”.

E pareció no entender muy bien lo que yo le decía, e desta forma, dijo don Juan:

“Los modales se pierden cuando aparecen ciertos manjares, e paréceme que alguno muy sabroso ha de aparecer e todos mojaremos «barcos», que, por si no lo sabéis, hijo, no son más que mendrugos de pan que se ponen a flotar en la salsa e, ¡luego se comen hasta con los dedos! Extráñame en gran manera, que habiendo aquí dos «marinos», no se entienda mucho de barcos”.

Tampoco Marcos parecía comprender las razones que dábamos, mas, al probar la carne e la salsa, descubrieron ambos que lo que decíamos era tan cierto como que se perdían los buenos modos.

“Hablando de barcos – dije – y no siendo muy aficionado a sentirme flotando sobre los mares ni sobre el río, uno hay que recorre parte del Guadalquivir e desde donde puede verse Sevilla como no se ve de otra forma. Haciendo un esfuerzo porque tal cosa os sea conoscida, propongo subamos a él e demos una vuelta por el río al atardecer ¿Qué decís?”.

E nadie puso resistencia a la idea, no sé si por tener la boca llena de bocado tan exquisito o por parecerles la idea buena. Así, cuando ya el sol bajó un poco e caía la tarde, fuímos hasta la Torre del Oro, donde se encuentra este barco atracado. E atracados fuimos nosotros también, que no era el precio de razón por haber una hora de náuseas. Mas todos disfrutaron e yo hice como aquél que disfruta por ver su contento.

En Sevilla y a seis de junio del año de dos mil e seis.

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