alimos tras el aseo del dormitorio Marino e yo, y allí estaba mi compañero preparado para disparar.
“Disparos no quiero – comenté -, ya os lo he dicho; mas si me prometéis que esas imágenes no han de ser vistas sino por nosotros mesmos, a destruirla no os obligo”.“Así será – respondió – si ello es vuestro deseo, mas querría advertiros que, aunque el calor aprieta en estas tierras, no iría yo a tal visita sin corbata”.
E no habiéndome apercibido dello, corrí al dormitorio a buscar la más adecuada e con ella puesta, vi ya a don Juan levantarse preparándose para la partida, que a las ocho y media deberíamos estar ya casi en la puerta del palacio.
Salimos de espacio portando un regalo que Su Ilustrísima comprase al Cardenal, e bajando luego la calle de Argote de Molina, decíanle don Juan e Marcos al niño qué cosas debería hacer e qué cosas no. Saliendo ya a la calle Alemanes, restó el pequeño quedo y ya casi bajo la Giralda, dijo azorado:
“Tales cosas que me habéis aconsejado no me parecen desatinadas, mas, si ello no os es molestia, quisiera yo deciros que ya las sabía e otras sé, pues lleva Marino «la portañuela» de su pantalón abierta e no creo sea de mucho agrado tal presencia en Palacio”.
E subieron rojos colores a la cara de mi compañero e disimuladamente, volviéndose hacia la pared, puso remedio al asunto.
Llegamos entonces a la esquina desta calle con la Plaza de la Virgen de los Reyes, que llaman los sevillanos “la esquina matacanónigos”, que en invierno tiene corrientes frías que cortan la piel, e
torciendo luego a la izquierda, hacia la Puerta del Palacio nos dirigimos.Fue la recepción de mucho agrado e pasamos luego a otras dependencias e fuimos presentados a Su Eminencia, e viendo al niño cambió su cara e puso su mano sobre su cabeza e agachándose por ponerse a su altura, le dijo:
“A fe, que tal como sois os imaginaba e como en el futuro os imagino me parece seréis”.
Del resto de la cena ninguna otra cosa puedo agora narrar, sino que, terminada ésta, entregó Su Ilustrísima el regalo que llevábamos para el Cardenal e, volviéndose éste hacia un pequeño mueble escritorio, tomó una cajita pequeña e della sacó una cruz de oro con cadena e, besándola primero, púsosela al pequeño. Viendo éste tal regalo, mirólo con sincera sonrisa, lo tomó entre sus manos e lo besó. E nos bendijo el Cardenal e nos despidió entre grandes parabienes e a casa llegamos a buena hora, e dijo el niño al entrar:
“Es un hombre grande de estatura e de corazón; ¡y sólo bebe coca-cola!”.
En Sevilla y a doce de junio del año de dos mil e seis.


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