12 junio, 2006

De las ropas de Marino

o eran aún las ocho de la tarde cuando vi a Marino buscando alguna cosa en el armario ropero e, creyendo quería ver dónde estaba mi espada, a él acerquéme con cautela, e ya cerca, le dije:

“¿Acaso se le ha perdido algo a vuesa merced entre las ropas?”

E dio un salto e cerró la puerta del armario empujándola con su espalda:

“No, papá, no es eso. Tal cosa que creéis no busco, sino la ropa que he de ponerme para momento tan especial. Perdonad mi indiscreción”.

“Perdonado estáis – le dije – que aunque otra cosa buscáseis con ella no podríais. Decidme: ¿qué ropa os gustaría llevar? Tal vez pudiese yo aconsejaros e ayudaros a buscarla, mas bien creo que es Marcos el que mejor entiende qué ropa habría de llevar puesta en estos casos. ¿Queréis le pregunte a él?”.

E sonriendo con grande contento, dijo:

“Sí, papá, que no es que vos no seáis elegante en el vestir, sino que Marcos puede saber más destas cosas, ¿no lo creéis así?”.

“Así lo creo – respondile – que es hombre acostumbrado a pisar suelos de mármol en los juzgados e vestir toga”.

Así, llamé a Marcos, que sentado estaba en el patio con Su Ilustrísima, e le dije entrase un momento al dormitorio. E le dije luego lo que Marino quería e sonriendo, abrió el armario e sacó de allí la ropa que más adecuada le parecía, mas, al verla, dijo Marino:

“¿E no voy a llevar chaqueta como a estos lugares se lleva?”.

“A fe – respondióle Marcos – que si os ponéis la chaqueta que os compré en Ronda, sudaréis tanto que no habrá forma de secarla luego, que no es chaqueta de verano. Hacedme caso, Marino, que seguro estoy de que es esta la ropa apropiada”.

Quedóse pensativo el pequeño una pieza e luego asintió, mas al ver que Marcos salía de nuevo al patio, le dijo:

“¿Qué cosa es esa de la toga?”.

En Sevilla y a doce de junio del año de dos mil e seis.

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