ubo la decisión de partir el domingo, de mañana, hacia Sevilla e desta forma mostraríamos al niño algunas partes de la Ciudad que no conocía y en la catedral entraríamos y a la Giralda subiríamos por que la conociese e disfrutara de sus vistas. E gran contento hubo desto, pues alguna otra cosa quería él también mostrarnos a nosotros; mas no preguntamos de qué se trataba.Relatóme asombrado a medio día don Juan cómo estaba asomado al postigo del callejón e vio al pequeño jugar con otros dos niños, que agachados en el suelo, parecían conducir hormigas con unos palitos de madera. Así, uno dellos dijo: “En esto se sabe que Dios existe, pues criatura tan pequeña sabe a do ir e por donde pasar”. Y en oyendo el otro estas palabras, le dijo: “Eso que decís no creo, que Dios alguno existe, sino que las hormigas son de la naturaleza”. Y estando Marino una pieza callado, levantóse e despidióse de aquel niño en diciendo: “Si no crees, eso te pierdes”. Al acercarse al portal, preguntóle don Juan por qué había dicho tal cosa y respondióle el pequeño: “Porque al que no cree no se le puede convencer; y si no cree, pierde la vida”. Luego desto pasaron a la casa, que ya el calor iba en alza, e subió el niño a jugar con sus máquinas.
Llegada que fue la hora del almuerzo, fuimos avisados con la campanilla del comedor, e viendo Su Ilustrísima que Marino no bajaba, le gritó:
“¡Marino, bajad, que hay una mesa esperando que tiene mandanga!”.
E con esto apareció escaleras abajo sin correr, como fuésele dicho, e acercóse luego a priesa a Marcos tomándole por la cintura:
“Estos juegos que me habéis puesto en mi máquina son de mi agrado y, tanto, que no he oído la campanilla para el almuerzo”.
Luego pasamos a la mesa e fueron puestos sobre ella los alimentos e don Juan los bendijo y, terminando el último amén, preguntó Marino:
“¿Por qué decís que esta comida de hoy tiene mandanga? ¿Acaso es muy rara o muy fuerte o muy copiosa?”.
“No es aquesto que decís – respondió don Juan – sino que el guiso primero que vamos a tomar tiene una cosa que nosotros llamamos mandanga, aunque no sea nombre muy extendido por aquí; y no es otra cosa que lo que llámase «morcilla lustre». Catadlo e opináis luego, cuando de manchas de salsa de tomate estéis lleno”.
Y en sabiendo yo que Marcos no era muy resistente a ver (ni siquiera a oír la palabra) «sangre», no quisimos explicarle de qué estaba hecha aquella morcilla. Tal vez, diciéndoselo en el día siguiente, no le aguaríamos el almuerzo. Y fue tan del agrado de todos, que repetimos.
En Ronda y a tres de junio del año de dos mil e seis.


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