09 junio, 2006

De la visita sorpresa

o hubo empezado el desayuno cuando ya me recordaba Marino de que habría de ver lugar que nunca se me olvidaría; e trazado estaba ya el plan e también Marcos e Su Ilustrísima andaban con curiosidad preguntándose qué sitio sería aquel.

Hubo Marcos luego una llamada a su móvil e parecióme no quería decir muchas palabras e no era su rostro señal de contento mas, colgando al que le daba aviso (que a algunos los colgaba yo de algún olivo) dijo estar dispuesto para la partida; e no hice yo comentario alguno.

Desta forma, fuimos hacia la Catedral e bajamos luego hasta el que llaman Postigo del Aceite, antigua puerta de Sevilla que da paso al barrio que llaman del Arenal, por ser éste el lugar que daba al puerto antigüo del río e zona amplia donde montábase un mercadillo que era llamado Malbaratillo. E una hermandad allí hay a la que siguen llamando la de El Baratillo, de gran devoción en toda Sevilla. E pasamos luego por aquella amplia calle Adriano hacia el Paseo de Colón e cruzamos entre los coches con grande cuidado, que en el suelo pintan franjas blancas por donde cruzar la calle; e llaman a esto pasos de cebra (aunque ninguna he visto en toda mi vida).

Tomamos luego por los linderos de los jardines que junto al río se hallan e así llegamos hasta el sitio que yo tenía en mente y, dirigiéndome al pequeño, le dije:

“Mirad al otro lado de la calle que allí está el lugar que os traigo a ver”.

E volviendo su rostro, encontró la majestuosa fachada de la Plaza de Toros de la Maestranza, e dijo:

“Esto mismo vimos anoche, aunque más bello es de día. E como nos habéis dicho, de los colores de Sevilla pintada está la puerta”.

“Así es – le aseguré – que fachada tan señera, con tales formas e tales colores, nunca veréis en sitio alguno. E fijaos no son sus paredes rectas, sino hacen como un arco, desta forma, se adivina el redondel que en su interior se halla. Crucemos ahora y en ella entremos, que hasta un museo contiene”.

E así, volvimos a cruzar al otro lado del Paseo de Colón y en el edificio entramos, e subiendo luego unas escaleras (no muy cómodas para el pequeño ni para Su Ilustrísima), salimos por un vomitorio a un lugar cercano al palco presidencial, e le dije:

“Ahí tenéis toda una plaza adornada en su suelo con el color del albero. Y es una plaza de toros, que llaman también coso, y que no es redonda, sino como huevo. Mirad entonces los colores que os digo e la belleza de la arcada. Siendo así que toda ella tiene la arena amarilla e ahí se pintan unos círculos en almagra, es maravilla de ver cuando hay fiesta de la lidia”.

“Mucho albero parece – dijo Marcos – el que llena toda la plaza y es maravilla de ver la su color como decís, que pintada parece”.

“Arena – apunté – llámase también a la parte cubierta de albero”.

E viento tal cosa, farfulló don Juan:

“¿E qué lugar en Sevilla no es digno de verse?”.

En Sevilla y a nueve de junio del año de dos mil e seis.

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