11 junio, 2006

De la visita más esperada

omingo por la mañana e visita al lugar reservado, pues quería yo viese Marino la belleza que se esconde en el mesmo corazón de Sevilla e junto a la Catedral. Adevertíle, antes de la salida al paseo, que los lugares que iba a ver no eran sólo monumento, sino el palacio real donde muchas veces estuve. E nada más quise decirle hasta cruzada la Plaza de la Virgen de los Reyes y entrados que fuimos en la Plaza del Triunfo. Al fondo, en el lugar que llámase (si Dios no lo remedia y le ponen nombre de persona poco grata) La Plaza de la Alianza.

Por aquel lugar ya hubimos pasado varias veces, mas nunca dije lo que en su interior se escondía, que es tesoro que debe verse e vivirse con grande tranquilidad. Más tiempo hubiese yo dedicado a pasear por allí dentro, que muchos e muy gratos recuerdos me venían a la mente, mas tampoco quise cansarlos en largas visitas.

“Entraremos – les dije – por la puerta que llaman los sevillanos “del león” e pasaremos luego a unos jardines que llegan hasta el Patio de la Montería. Allí, entraremos en los lugares más bellos que Sevilla esconde”.

Así pues, cruzamos los caminos que dije y entramos en Los Alcázares, donde vio la muerte don Fernando III el Santo e luego fue habitado e mejorado por su hijo don Alfonso X, al que, con razón, llamaron las gentes desde joven El Sabio, e dícese que aquí también murió de tristeza.

Miraban Marino e Marcos con grande atención las inscripciones de las paredes, que más parescióles estar en castillo del moro que en palacio real. Grande e majestuosa es la decoración de la Alambra de Granada, mas no tiene el valor que aquí se atesora.

Pasamos luego por diversos sitios, y era maravilla de ver las sus caras observando los azulejos que, un italiano de pisa que vínose a Triana puso como decoración; e a este hombre llamaban Niculoso “el Pisano”. Así, llegamos al expléndido patio que a todos deja caer la mandíbula al ser visto, que cosa igual no se encuentra en otro lugar del mundo.

Tomándome de la mano, me dijo quedo Marcos:

“¿Y cierto es que vos mesmo habéis estado aquí en visita a la Casa Real? No entiendo cómo no nos habéis dicho antes esto, que no dan crédito mis ojos a lo que están viendo”.

“Cosa como esta – respondíle – en ningún otro lugar veréis, que aún habiendo palacios preciosos e ricos e costosos, no están ahora como este, que parece fue construido ayer”.

E así, recorrimos muchas estancias e pasillos de tan bello lugar, mas llegando a un cierto sitio, díjele a Marino mirase al techo, y viendo lo que ante sus ojos quedaba, exclamó:

“¡Jo, papá, ¿por qué no me habéis traído antes aquí? Prometedme volveremos a visitar este sitio de vez en cuando, que no me da tiempo a ver cuanta cosa hay ante mis ojos”.

Pasamos luego, dentro de un rato, a los jardines de los Alcázares e ya el calor iba subiendo, e tras la alberca que en ellos se halla volví a ver a aquellos que nos vigilaban e a Marcos le dije:

“Parece que hay visita en palacio, amigo. Bien se salvan de algunas pláticas porque mi blanca toledana no me acompaña hoy. Mirad a aquellos dos de traje gris que parecen entusiasmados con los peces que en el agua hay. Esos son”.

“Si bien habemos compaña de dos diablos – apuntó don Juan atinado – también la habemos de Dios Nuestro Señor, que en todo lugar se encuentra e que por nosotros ha de velar. Haced como que no existen e disfrutad de estos tesoros”.

En Sevilla e a once de junio del año de dos mil e seis.

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