21 junio, 2006

De la visita al nascimiento (3)

na pieza pasó e pidióme permiso Marino para probar una de aquellas frutas, e así lo pidió, así se lo di:

“No os las comáis todas, que hay otras almas que catarlas quisieran. Tomad una, e cuando la hayáis saboreado, tomad otra, mas dejad que todos las probemos”.

E llevóse una mora madura a la boca e abrió los sus ojos: “¡Los dientes duelen!”.

E Marcos, que más parecía ahora niño que abogado u otra cosa, púsose en cuclillas, introdujo sus manos en el agua por notar las corrientes e tomó una mora por saborearla, en diciendo:

“¡Cosa tal parece increíble!, que tan poca agua mueva molinos e que estas moras no parezcan de un árbol, sino de repostería”.

Tomé alguna para don Juan e para mí porque éste no se agachase e así, saboreamos unas cuantas; e seguían cayendo e las apartaba Marino hacia un lado por separarlas de las ya frescas.

Mientras esto ocurría, llevéme a Marcos hacia el otro lado del pequeño llano e, mirando a la parte más alta, señaléle con el dedo unas rocas muy resaltantes, e así le dije:

“¿Las veis? Esas rocas tienen incluso un color distinto al de las demás. Echado descansando me hallaba ahí un día cuando comenzaron a caer algunas gotas, mas antes que retirarme a guarnecerme, yaciendo me quedé. E poco después, un grande estruendo e una luz cegadora me dejaron confuso, hasta tal punto, que no recuerdo la vuelta a la casa ni cualquiera otra cosa. Al ver la culebrina que ha caído cerca de Puerto Chico, ha venido este recuerdo a mi mente, como si antes no lo hubiese vivido”.

E mirándome severo e señalándome con el dedo, dijo Marcos:

“Amnesia, capitán. A eso de no acordarse de algunas cosas, se le llama amnesia; e vos la habéis tenido de esos momentos hasta agora. Bien me parecería se consultara lo ocurrido con quien debe consultarse: con vuestro sobrino don Fernando, que buena luz (y no destas, ¡vive Dios!) ha de darnos de todo este asunto”.

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