a todos en el alto, acercóse curioso el pequeño por debajo del árbol e gritó:“¡Mirad, papá, hay aquí un agujero de piedras que hase llenado con la lluvia e por este lado rebosa!”.
E vi luego cómo se agachaba a mirar mientras nos acercábamos e metía en el agua sus manos. E luego, sacándolas muy de priesa, dijo:
“¡Está helada! No pueden meterse ahí las manos, que debe haberse llenado de granizos e duelen los dedos”.
“No es aquesto que decís - le dije –. Fijaos bien en lo que os digo. Este agujero de piedras, casi cuadrado, no se ha llenado con las aguas de la lluvia. Si metéis otra vez vuestras manos en el agua, notaréis que entre las grietas del fondo sale ésta con fuerza. Este es el nacimiento del río Gaidóvar”.
E mirándome primero incrédulo, introdujo allí sus manos e dijo luego:
“El agua que sale de debajo de la tierra empuja las manos. Es esto un nascimiento muy humilde para un río tan grande”.
Y sus manos mantenía en el agua, cuando cayeron varias moras (como frambuesas) del árbol e asustóse y echóse hacia atrás:
“¿Qué cosa es esta? ¡Nada he tocado!”.
“No tengáis cuidado – dijo don Juan con paciencia – que son moras maduras e dulces que del árbol caen. Algo maltrechas deben estar, que la granizada ha sido grande, pero si las dejáis ahí dentro una pieza, tendréis luego un exquisito helado de la naturaleza”.
“Así es – dije mientras Marcos se acercaba con suma curiosidad –, estas moras las he comido heladas muchas veces y con grandes calores”.
“¡La fuente del Gaidóvar! – dijo Marcos con asombro –. Vive Dios que imaginaba una gran gruta de donde saliesen caños de agua. E… ¿podría yo catar una de esas moras frescas que decís?”.


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