21 junio, 2006

De la visita al nascimiento (1)

uedó el coche detenido casi en la cima del Puerto Chico e sin llegar a verse aún la bellísima vista de Grazalema, e tanto granizo caía que a poco menos de cinco metros podíamos ver sino las luces de los relámpagos. En esto, volvióse Marcos hacia mí con extraño, e alguna cosa vio en mi cara, que dijo a media voz:

“¿Mareado estáis? No preocuparos. E si alguna otra cosa os ocurre decidla, por ventura, ¡que a todos nos habéis dejado mudos!”.

“Esperemos unos instantes – le dije –; dejemos que pase esta tormenta e tomemos el camino de vuelta hasta el lugar que yo os indique. Pararéis pasando el puente estrecho e a la izquierda, e ya allí os referiré cosas nuevas”.

Así se hizo el silencio (apagó también Marcos el motor que del coche tira) e sólo se oían los golpes de los granizos. E mi vista seguía perdida al frente viendo una estampa que había olvidado.

Abrióse un claro en las nubes hacia el Peñón de San Cristóbal y en esto vi la señal de que la lluvia iba a terminar. No hubo palabras, ni siquiera del pequeño, sino un suave murmullo de oraciones que decía Su Ilustrísima. E pasada la tormenta, pidióme Marcos, con sumo respeto, le dijese si ya debería volver; e moviendo la cabeza e sin saber qué otra cosa decir, asentí.

Bajamos hasta la Fuentefría e paró allí Marcos e se apeó don Juan por recoger el frasco de vinagre de Marinín; e lo trajo entre las manos con cuidado e se veía estaba helado. Así pues, le dije lo liase en una pequeña manta que en la parte de atrás lleva el coche e di luego órdenes de continuar la bajada hasta pasar el puente. Girando de espacio hacia la izquierda, entró en la finca que fuese otrora de mis difuntos amigos Francisco e Amelia e donde viven ahora sus hijos e sus nietos.

Bajamos del coche e vinieron a saludarnos (a cada uno a su manera) e díjeles quiénes eran aquellos dos hombres que nos acompañaban; e fue de gran contento para todos ellos: “El almuerzo he de prepararos Ilustrísima, que sé bien cómo os gustan los frutos de nuestra huerta”.

“A Grazalema debemos ir – apunté – no penséis aquellas viandas son mejores, sino que alguna obligación tenemos e tampoco queremos ser de estorbo. Mas, quisiera yo pediros permiso por mostrar a mis invitados el auténtico nascimiento del río, que al fondo de vuestra propiedad se halla”.

“Permiso no habéis de pedir, capitán – contestó el padre -, que algún otro favor mucho más grande nos habéis hecho e no tiene pago. Pasad por la trocha que ya conocéis e no tengáis mucho cuidado de pisar los huertos, que han quedado maltrechos con el pedrisco, pues dicen que las lluvias de San Juan, nos dejan sin vino ni aceite ni pan. E mostradles también las zahúrdas y el gallinero e las bestias, que a buen seguro pocas habrán visto”.

“Así creo yo – le dije –, que cerdo han comido y vivo no lo han visto, pues son de ciudad”.

Mostréles todo aquello; las zahúrdas que quedaban a la izquierda, retiradas de la casa, el gallinero (que dejó a Marinín como en suspenso por ver tanta ave junta) y un cobertizo al final donde había un coche viejo e tres bestias de carga. Seguimos luego la trocha que siempre iba bordeando el río, aunque más alta que las aguas de éste; y después de andar una buena pieza cuesta arriba, se abrió ante nuestros ojos un pequeño valle con un hermoso e gigante árbol en su centro.

“Esto de cabrear por las trochas – dijo don Juan rezagado – es para los que aún sois jóvenes”.

E venía con la sotana remangada por no llenarla del barro de la lluvia.

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