01 junio, 2006

De la tarde de la comida de los pájaros

uso en el almuerzo Cristina un guiso de caracolillos blancos, picante e muy sabroso, al que llaman «caracolá». Tampoco fue muy del agrado de Marino ver aquellos moluscos guisados, mas recordando lo ocurrido con el gazpacho y una vez bendecida la mesa, observó cómo don Juan los comía y aquesto mesmo hizo él levantando las cejas en señal de contento, mas, cuando hubo comido unos cuantos dellos comenzó a notar el picor de la guindilla en su boca e dijo:

“Este calor que dan supongo es de la salsa y no del bicho, que tendré que tomar agua por aliviarlo, pues ¡estos caracoles pican! Tened cuidado”.

E así, riéndose, contestóle don Juan llevándose uno a la boca:

“Que piquen estos bichos a mí no me importa, pues por la «cáscara» los cojo”.

E nos reímos todos menos Marcos, que los comía más por cortesía que por serles de su agrado.

Y en llegando la hora de la siesta, en el salón reposamos un tanto la comida en pláticas e caíasele la cabeza a don Juan e cerrábansele los ojos. Mientras tanto, jugaba el niño en el pequeño jardín e a nosotros se nos sirvió un exquisito café que es llamado «de puchero» por no estar hecho en una máquina cafetera o samovar. Y llegada más tarde la hora de las liciones, pidióme don Juan fuese a buscar a Marino al jardín y esto fice. Mas en saliendo por la puerta, vi volar decenas de pájaros e, un tanto extrañado, preguntéle al pequeño que agachado estaba:

“¿Qué cosa hacéis que tan callado os hallo? ¿Acaso os sentís mal?”

“No es aqueso, papá – respondió – sino que a los pajarillos les daba de comer e, al veros, han salido volando”.

“Pasad a la casa - le dije – que tío Juan os reclama para las clases que os tocan”.

E, obediente, levantóse y pasó a la casa tirando antes de mi manga. En entrando, vi a don Juan ir hacia la cocina y tras él me fui e le dije:

“Este niño es un prodigio, que a los pájaros daba de comer y éstos no se espantaron hasta verme”.

“Estos pájaros que tengo – contestó don Juan despreocupado – la comida de cualquiera que a su jaula se acerque, la toman”.

“No es aquesto – le dije entonces – sino que daba de comer a muchos pájaros, gorriones sin duda”.

“Raro es – repuso – no os lo niego, que no se acerca el gorrión a cualquiera, sino que espera a que se le eche el pan y se retire uno, para acudir a comer”.

Pasamos luego al salón e púsose Marino a hacer unas lecturas y, estando en ello, puso un papel sobre las páginas e le preguntó a don Juan:

“¿Cómo se dice aquí que Jesús murió en la cruz e luego resucito?, pues cosa tal es imposible, aunque mi fe me lleva a creerlo. Tal vez - continuó – hubo un desmayo”.

E a estas palabras del niño, contestó Su Ilustrísima:

“Es la fe, como decís, la que nos lleva a creer en esto. Si Dios era, ¿qué cosa podría serle imposible?”.

Y quitando la hoja que puso sobre el libro para seguir sus lecturas, dijo el pequeño:

“Bueno, ¿qué importa esto? Lo que importa es que derramó su sangre por nosotros”.

Y tomándome don Juan a parte, así manifestó lo que pensaba:

“Niño como este no he conocido en mi vida, que en la calle lo habéis encontrado y le habéis salvado la vida, pero la frase que ha dicho, e no creo la haya leído, es de Su Santidad Juan XXIII”.

En Ronda y a treinta e uno del año de dos mil e seis.

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