legada la noche y habiéndome despedido de Marino hasta el siguiente día, entré en el dormitorio y encontré a Marcos cabizbajo quitándose la ropa. Así, acercándome a él con prudencia e respeto, le dije:“Abandonado os tengo, amigo mío, que entre viajes y niño e clases, apenas compartimos el día. No quiero penséis hay preferencias entre nadie, pues a cada uno guardo su lugar tal como puedo y sé, mas me parece que algo alejado de mí os sentís”.
Y volviéndose sonriente hacia mí, dijo con seguridad:
“Lo que decís no es cierto, pues a vos me siento unido; y tengo agora, además, a don Juan y a un ángel, que tan míos me parecen como a vuesa merced. Si alguna tristeza en mí notáis, no es sino porque no quiero que abandonéis vuestras costumbres, aunque ello os lleve a presidio. Amigo del Capitán Alacaída soy y no de cualquiera otro hombre; amigo hasta la muerte, que, si Dios no cambia las cosas, he de encontrarla en vuestros brazos”.
En Ronda y a treinta y uno de mayo del año de dos mil e seis.


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