a tarde anterior pasé en la cama e presentó Marcos mis excusas a invitados e servicio diciendo no me encontraba bien, mas, había alguien que sabía algo más y, abriéndose con cuidado la puerta del dormitorio, entró Marino e a mi lado se sentó en la cama e mi cabello corto acarició en diciendo:“No habéis de tener cuidado, papá, que al hombre que hace el bien como vos lo hacéis, Dios siempre le ampara”.
E allí pasó casi toda la tarde haciéndome compañía.
Mas llegada la mañana y reunidos todos hoy para el desayuno, alguna cosa se habló que a don Juan le pareció entender como lo que quería hacerse, e tomando su teléfono, pulsó algunas teclas e dijo muy pocas palabras:
“Haced lo que os proponéis y os aseguro que haré yo lo que me propuse y ahora me propongo, que si alguien se va de aquí, alguien se va a ir de allí, por expresa orden mía. Quedad con Dios, no sin antes retirar la carta que habéis enviado”.
E todos nos miramos un tanto confusos e continuó hablando Su Ilustrísima:
“Ricas están estas tostadas con esta mantequilla y este café, mas, ¿quién se come la tortada sin untar o la mantequilla sin acompañarla con pan? Así pues, olvidad los temores, que antes me quito la sotana que alguien quite de aquí a quien debe quedarse para siempre”.
E luego desto, volví a la habitación, donde hube puesto a buen recaudo mi espada, e tomándola en mis manos, la empuñé; e desta guisa volví al comedor, e puesto ante todos mis allegados, les dije:“Capitán soy. Son otros los que dicen lo contrario. Y este es este mi ahijado, Marino, e también son otros los que dicen lo contrario. Mas desde el día de hoy defenderé estas mis ideas e con mis armas. No temáis; vuelve el capitán”.
En Sevilla y a diez de junio del año de dos mil e seis.


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