04 junio, 2006

De la primera regañina a Marino e cómo arrepentíme

n llegando calle arriba a la casa, entramos por el portal e dije a Marcos esperase un tiempo con don Juan por tener que asear al pequeño antes del almuerzo. Desta forma, pasamos al dormitorio (que llegada ya la época del calor en Sevilla se establece en la planta baja de la casa) y, entrando en la estancia, le dije gravemente:

“Desnudaos e id preparando el baño; y no entreteneos, que hay gente que espera para el almuerzo”.

“Si, papá – contestó el pequeño – rápido será el baño, no os apuréis que os noto disgustado”.

E acercándome al baño vile entrando ya en el agua e tomé un fuerte pellizco en su cuello e le dije:

“¿De dónde tal dinero ha salido? ¡Decidme! ¿Dónde está? ¿Acaso no os dais cuenta de que si algo os pasa nadie sabe que ese dinero existe?”.

“Si hay quien lo sabe y a buen recaudo está – contestó sin quejas – “.

“Un cómplice tenéis entonces – respondí – pues de eso no sé nada, e quiero sepáis que no quiero vuestro dinero para mí, sino saber de dónde ha salido”.

Y mirándome entre lágrimas me dijo:

“Allí, sobre aquella mesilla, hay una cajita que algo más contiene, mas, el resto, a buen recaudo se halla y sólo Chuti lo sabe, que así yo se lo he pedido. No me castiguéis por esto, pues no quiero sino ser de ayuda e no de estorbo”.

“¿Chuti? – pregunté tomándole con cariño - ¿Cuándo habéis hablado con él desto? No ocultadme nada que nada os oculto e nada os ha de faltar aunque no tengáis ese dinero escondido”.

“Un plan hice – contestó –, pues quería fuérais a recogerme a Plasencia y escribí una carta inventando la vuelta de mi enfermedad e, por no levantar sospecha alguna, decía mi madre me ayudaba. Mas no eran así las cosas, sino que ella me azotaba cada día cuando llegaba e yo, sabiendo dónde guardaba el dinero ganado en la noche, le iba sisando poco a poco pensando ya en vuestra llegada, e porque no fuera descubierta la sisa diaria, las tripas saqué al muñeco que me regaló don Fernando e allí fui poniendo el dinero. Decid a Chuti os lo he contado y os entregue el muñeco, que vuestro debe ser y no mío”.

Tomé a Marino entre mis brazos e me dije a mí mismo: “¡Oh, Dios mío! ¿Qué cosa he hecho?”.

En Sevilla y a cuatro de junio del año de dos mil e seis.

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