onaron las chirimías del móvil de don Juan mientras andaba yo en mis lecturas e revisaba Marcos algunos otros papeles, e no queriendo ser indiscreto, hice ademán de levantarme e, moviendo su mano con suavidad, me dijo éste me sentase. E por lo que le oí hablar, alguna cosa nueva le pasaba a doña Montserrat e, preguntándome antes Su Ilustrísima, ofrecióse a ir a su domicilio. Mas oíle decir luego que no habría problema en que nos hicieran visita. Guardado el móvil, me dijo don Juan que doña Montserrat quisiera hacerme alguna consulta e a esto ofrecíme al punto, e dijo don Juan:“Nada importante parece, sino que ha de notar alguna cosa y heme ofrecido a acompañaros por si ello fuere menester, mas ha insistido don Diego en venir y, ya sabéis las puertas de mi casa están abiertas”.
“E yo dispuesto a lo que fuere preciso – contestéle – que destos remedios, los primeros días son los más importantes. Avisaré también a los saltamontes por que bajen a ver a los abuelos, que les será de gran contento”.
E levantándose Marcos, dijo subiría él a por ellos.
Más de media hora tardaron en llegarse a la casa e pidió don Juan se preparase algún bocado e un vino no muy fresco, que andan los días en Ronda más como en invierno que como en verano. Y entrando por la puerta, corrieron los pequeños a saludarlos e les dijo Diego Jesús a ambos abuelos; e esto mesmo hizo mi pequeño. Sentados ya en el salón, sirvieron el refrigerio e preguntéle a la señora si había puesto las cosas como le dije e si alguna molestia sentía, e así me dijo:
“Tal como vos dijisteis así hemos hecho, que mi marido ha tenido que ayudarme a poner estas telas y estas plantas, e no es esta visita porque sienta molestias, pues mucho tiempo ha las siento e no llevaba nada puesto. Es el caso – continuó –, que durante la noche he sentido como si alguien diese masajes a mis piernas, e ya hoy, no son las molestias como eran”.
“Muy fuertes deberían ser éstas – le dije -, según entiendo, que parece el remedio empieza desde el primer día”.
“¿Es normal – preguntó – que así sea, entonces?”.
E pensando un poco la respuesta, le dije:
“Dos cosas habéis de tener en cuenta. Una dellas es que estos remedios aliviarán el problema que os aqueja; y otro, la fe que tengáis en ellos, que si no creéis notaréis mejoría, a fe que no la sentiréis”.
“Más tranquilo nos dejáis – manifestó don Diego – que no sabiendo si está todo bien puesto en su sitio pensamos podría ser cosa de nuestras malas artes para estos menesteres”.
“Tomad en cuenta – dijo Marcos – lo que el capitán os diga, e ya veréis que antes de esos ocho días habréis de sentiros aliviada”.
E acercóse a ella con cuidado Diego Jesús e puso su cabeza sobre su hombro, e dijo la señora:
“Estas cosas son las que alivian a veces el alma y el cuerpo”.
En Ronda y a veinte y ocho de junio del año de dos mil e seis.


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