23 junio, 2006

De la Noche de San Juan (1)

ue de mañana Marcos a la librería por preguntar por su pedido de libros, mas fuéle dicho que había retraso e que no podría recogerlos hasta el lunes por la tarde. Un tanto quedo me pareció por aquella desilusión e así le dije:

“No debéis preocuparos por cosa de tan poca importancia, que vienen días que no os van a dejar tiempo para las lecturas. Yo mesmo os acompañaré el lunes a recogerlos e yo mesmo os diré las partes que más os interesan. Ahora, debéis saber algo, e muy importante. Es mañana el séptimo cumpleaños de Marinín y el día de la onomástica de Su Ilustrísima. Paréceme que vamos a estar un tanto ocupados hoy, pues regalo alguno les tenemos. Si aquesto os parece apropiado, deberíamos salir a hacer otras compras. ¿Qué decís?”.

“En tal cosa no había pensado – respondió -, que no teniendo costumbre destas celebraciones e siendo abogado (como muchas veces me decís) tengo la cabeza en otros pleitos; mas por esto no debería olvidar la pleitesía”.

Pensaba ya en salir a las compras, cuando llamaron a la casa e fue Servando a ver quién venía. Entróse al poco don Diego de Monteliz e saludó con gran contento a Su Ilustrísima, que por hacer alguna otra cosa nueva, estaba en sus lecturas, e dijo al recién llegado:

“Vuesa merced honra esta casa con su visita, don Diego. Tomad asiento que alguna cosa he de pedir para paliar estos calores”.

“¡Averiguad qué cosa me trae, Ilustrísima! – comentó con misterio don Diego –; que esta es una noche especial como ya sabéis y en casa con fiesta se celebra. E siendo así como otros años, con vuesa merced contamos para la ceremonia”.

“Cosa tal no habéis de pedir – respondió don Juan –, que ya sabéis que conmigo contáis cada año. ¿Dónde lo celebraréis éste? ¿Dónde siempre lo habéis hecho?”.

“Sin lugar a duda – dijo don Diego –, que ya están preparadas las viandas e los sitios donde recebir la noche”.

E Marcos e yo nos miramos un tanto con desconcierto, e pidiendo luego excusas, subimos a decir a Marinín, quedárase jugando con su máquina, mas leía ciertas cosas de Fray Bartolomé de las Casas.

Desta forma, salimos primero a dar un paseo por la Calle de Armiñán e bajamos luego por el Puente Nuevo hacia la Calle de la Bola. Así, buscamos (y encontramos) todo aquello que nos haría falta. E dijo entonces Marcos:

“¿Creéis que también nosotros estaremos invitados a esa fiesta? No me gustaría entrar donde no he sido invitado”.

Y echándome a reír e tomándole por la cintura, le dije:

“¿No sabéis aún que cuando don Diego dice que invita a don Juan, quiere decir que a todos nos invita?”.

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