legado el medio día de hoy, fuímonos Marcos e yo con los pequeños a hacer algunas compras, e recorriendo primero la Calle de Armiñán pasamos luego la parte que llaman Mercadillo, e antes de entrar el la Calle de la Bola, nos entramos en la tienda que llaman de los Calzados de la Bomba, e salió una joven a atendernos e, preguntándome lo que deseaba, hice a los niños sentarse en unas sillas que allí había al efecto e le dije luego:“Entrambos críos necesitan calzados, mas no he de ser yo quién los elija, sino ellos mesmos, que son ellos los que déstos van a disfrutar. Aquel de los malos pelos e cara de travieso ya los tiene, mas hánsele quedado pequeños y estotro no tiene más calzado que el de vestir. Así pues, mostradle los que tengáis e que elijan cada uno hasta tres pares y que sean fuertes”.
“Por ventura, capitán – dijo Marcos – loco os habéis vuelto, que tampoco es necesario tanto calzado para andar subiendo por las rocas”.
E trujo aquella mujer muchas cajas, e fueron los niños decidiendo, e la labor fue complicada, que no tenían los dos el mismo tamaño de pié.
Terminada esta compra, entramos ya en la Calle de la Bola, e acercándose a una tienda, díjole Marino cuál era el artilugio MP3 que teníamos, e observando entonces la cara del saltamontes, entré en la tienda e le hice uno de regalo.
E subiendo un poco más por aquella calle, llegamos a la que se llama Calle de los Remedios e por allí pasamos por ver los artículos que se mostraban en la que se llama Tejidos Cabeza. E allí entramos, e le dije al amable hombre que nos atendió, quería toda la ropa necesaria para tres o cuatro mudas de Diego Jesús, mas pensando que tal vez Marinín sintiésese arrinconado, le dije nos mostrara ropa para ambos. Marcos no hablaba, pero miraba confuso. Con esto, pedíle ropa interior, dos pantalones de los que llaman vaqueros e tres pantalones cortos en distintos colores (azul, gris e crema). Probó el hombre el pequeño talle de Diego Jesús e luego el de Marino; e así sacó la ropa que le pareció apropiada, e viendo los niños que era de su gusto, se compró.
Saliendo de la tienda, acercóse a mí Diego Jesús e me dijo a media voz:
“Acaso su merced no sepa que ni mi abuelo, ni papá ni mamá quieren gastar en estas prendas”.
“Cosa tal no me importa, saltamontes – le dije –, pues no son ellos los que las compran, sino yo mesmo; y esto hago porque las disfrutéis como lo hace Marinín”.
E no hubo respuesta, sino que doblando la esquina, vimos un lugar donde vendían mantecados (o helados que les dicen) e les compramos a entrambos unos de vainilla e fresa.
En Ronda e a veinte y siete de junio del año de dos mil e seis.


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