04 junio, 2006

De la llegada a Sevilla el domingo

uy de mañana, aún sin salir el sol, fuíme al dormitorio de Marino porque fuese preparando para el viaje, mas era su sueño tan profundo, que costóme trabajo se levantara de la cama e llevarlo al baño. Y ya hechos todos los preparativos, tomamos un ligero desayuno e hacia Sevilla partimos. Todo el viaje pasó el niño durmiendo en los asientos traseros con don Juan, e Marcos e yo fuimos haciendo planes para este primer día. Ya cerca de Sevilla, rodearon el cuello de Marcos unos bracitos y le preguntaron si aún faltaba mucho viaje, e respondió éste:

“Manteneos bien despierto, que pronto entraremos en la Ciudad e grandes cosas habremos de ver, tanto vos como yo mesmo, según creo”.

Pasó un tiempo hasta llegar (con dificultad) hasta el apeadero de mi casa que ya las puertas tenía abiertas de par en par. Había yo avisado no se hablase nada de Nicolasa y el por qué de aquel asunto y al salir todos del coche, vino el servicio en pleno a recebirnos con grande regocijo e contento e gran se hizo gran fiesta e, tomando Chuti (que es hombre muy fuerte) a Marino por sus brazos, alzólo a los vientos e dióle vueltas e le dijo cosas que le hicieron reír. Fueron muchos los saludos, mas subimos en seguida la pequeña escalera que da paso al recibidor y de allí, por la puerta de enfrente, al gabinete. Y todos nos sentamos como si en pié hubiésemos hecho el viaje, que no es igual asiento inmóvil que el que viene en balanceos.

Se sirvió al momento el desayuno en el que tomamos café, leche, picatostes, tostadas y mantecas e mantequillas variadas; e todas aquellas cató don Juan, que aunque en su casa no son frugales los desayunos, era éste diferente.

Tomó mi pequeño Marino un gran tazón de Xoclatl (el chocolate espeso o la «bebida de los dioses»), cuya fórmula original di a Catalina, y quedáronsele luego sobre sus labios dos a modo de bigotes apuntados hacia arriba.

Vi entonces a Marcos llevarse a la cara un pequeño estuche que no parecióme un móvil, sino una de estas que llaman «cámaras de fotos» e, haciéndole señas, recordéle que habíamos pactado dejar estas cosas a un lado; mas insistió que cambian las cosas e debemos también nosotros cambiar.

Comenzó Marino a narrarme que nunca había tomado bebida tan gustosa ni desayuno tan especial e, apoyado sobre mi mano en el brazo del butacón, estuve oyéndole casi media hora narrar sus historias.

Finalmente, lleváronse los equipajes a las habitaciones que correspondían a cada uno e cambiamos nuestras ropas de viaje por las que usaríamos para el paseo matutino mientras don Juan preparaba alguna cosa de su cita con Su Eminencia el Cardenal para el siguiente día. Había una mañana completa para dar paseos e quería yo mostrar una parte de Sevilla a Marcos y Marino.

“¿Me dejaréis hacerle una foto a papá – preguntó Marino – ¡Nunca le he visto dejarse disparar!”.

En Sevilla y a cuatro de junio del año de dos mil e seis.

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