legada la hora del almuerzo, seguía mi pequeño vasallo recordando cuánta maravilla había visto en los Reales Alcázares e don Juan le daba más datos e fechas; e éstos no los olvida, sino que oyéndolos los memoriza para siempre. E Marcos hacía preguntas, que también quiere saber más cosas de las aprendidas. Mas llegando las viandas a la mesa, Su Ilustrísima comienza una ceremonia, que no le gusta se retrase el yantar por ninguna otra cosa.E ya comiendo estábamos cuando dijo Marcos:
“Sin duda, de lo visto hasta ahora, es esto lo que más me ha impresionado, que creía yo cosa tal ya no existía, mas, también me prometisteis, capitán, la vistita a otro lugar donde decís están vuestros señores e también está lleno de maravillas. El trazado hecho para volver a Ronda, me temo, dejará esto para más tarde. Mas no os preocupéis, que siendo la obligación antes que la devoción, es lo primero ponernos nosotros a salvo, que muertos, visita alguna podríamos hacer”.ç
“Bien decís – le respondí – que no es agora momento de seguir viendo cosas, pues nada habéis visto desta ciudad de tanto como en ella hay. Volveremos como se dijo a Ronda, e ya vendrán otros tiempos en que habremos de comprar zapatos nuevos por el desgaste. Es cuestión agora de tomar con calma los días venideros e de poner los remedios que estos entuertos hayan menester. E cuidado habremos de tener con estos follones, que más me parecen partidarios de alguien o algo, que guardias”.
E la voz sabia de Su Ilustrísima dejó oírse entre bocado y bocado:
“Abandonada tenéis la búsqueda de vuestros orígenes, e no digo con esto haya que tomarlo con priesa, mas hay que seguir buscando, que poca cosa se ha visto aún. E luego, ya tendremos tiempo de ver cuanta maravilla creamos conveniente, si el Señor nos lo permite”.
Y callaba el pequeño e oía e comía.
En Sevilla y a once de junio del año de dos mil e seis.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario