sperábamos llegase don Juan a media mañana concluida su cita con Su Eminencia y era aún muy temprano e nos sentamos con Chuti en el gabinete e comenzó a contarnos algunas historias que habían sucedido mientras yo estuve fuera, mas no eran las nueve de la mañana, cuando apareció don Juan con la cara descompuesta, dejó caer su cartapacio sobre una butaca e se sentó en otra con la vista como perdida:“¡Ay, ay, ay, capitán; que estas cosas sólo a mí me pasan! – dijo tapándose los ojos - .
“Decid, por ventura – pregunté -, qué cosa os ha sucedido, que nos tenéis a todos con el corazón en un puño”.
E sacando de su sotana un pañuelo comenzó a secarse el sudor de la frente (de subir la cuesta desde el Palacio Arzobispal a priesa):
“Bien os dije que el lunes tenía la cita don Su Eminencia don Carlos; en eso no hay yerro, pues es así, mas, del lunes siguiente se trata y no de hoy, que siendo día de Pentecostés hállase don Carlos en viajes ¡El tiempo os he hecho perder a todos!”.
E noté ciertas miradas e sonrisas en la salita y así le dije:
“A mi entender, Ilustrísima, no es mal error el cometido, pues en casa estamos y en Sevilla e tiempo tendremos entonces de ver más cosas e tiempo tendréis vos para solaz. No os apuréis, no veo disgusto en las caras y tampoco yo lo tengo, sino por vos, que no quiero os sintáis mal”.
E levantóse Marino e fue hacia él e sobre su pierna se sentó e le dijo:
“No debéis preocuparos, tío Juan, pues ni aquí ni allí tenemos estos días deberes, sino que podemos ver muchas cosas bonitas, e cuando terminéis eso que debéis hacer, volveremos a Ronda si es vuestro deseo”.
“Mi deseo es, hijo – respondióle - ; más porque vuestro padrino tiene sus cosas que hacer allí que por otra cosa; pues no me disgusta Sevilla, que bien la conozco”.
Y para no hacer la mañana más larga, decidimos irnos a ver alguna cosa por la ciudad hasta que apretase el calor.
En Sevilla y a cinco de junio del año de dos mil e seis.


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