n los rostros de Su Ilustrísima y de Marcos se escondía preocupación e tristeza, pues no querían el pequeño Marino se preocupase. E algunas cosas le estuve narrando por hacerle reír e pegado a mí ha pasado todo el día e muchas preguntas me ha hecho. Alguna risa arranqué de todos durante el almuerzo e, ya pasada la hora de la siesta, tomando café, dijo Marcos:“En la mente quedan las imágenes como en esas pequeñas cámaras. Estaría el secreto no en borrarlas, sino en trocarlas en algo pasado e que nunca más deba suceder”.
E oyendo esto, dijo Marino:
“Cosa alguna vi, que entre asientos y colchón y otros enseres, por la ventanilla derecha sólo el cielo e un hombre de campo pude observar. E llevaba este hombre largo palo, e muy erecto, e una gorra de campo; y algunas palabras creí os decía”.
Así, continuó don Juan:
“Mejor para vos haber visto sólo a aquel hombre, que era hombre noble de campo e nos sirvió de grande ayuda. E a los otros mejor no haberlos visto, que eran como extrañas bestias e vuestro padrino los espantó”.
“Por eso – respondió el pequeño – seguro me siento si él está, pues sé que mucho más que otros hombres sabe hacer y sacando su espada espanta e mata a follones mejor que aquestos que en mis juegos aparecen. Papá, ¿por qué no hacen un juego donde aparezcas tú?”.
E no entendiendo muy bien aquello que decía, respondíle:
“Más me veo yo defendiéndoos en esta vida real que de muñeco con espada. E como estas cosas que han pasado no han permitido se haga lo que trazado teníamos, en vez de pensar en espadas, id pensando en todo aquello que tío Juan os diga, que ya prepararemos vuestra comunión para otro día. E ya seré yo quien le diga al Cardenal si él mesmo os la quiere dar, que a buen seguro que os hará un sitio en su tiempo”.
“Donde mi padre pone su espada, siempre ha buen tino – concluyó abrazándome -.
En Ronda y a diez y seis de junio del año de dos mil e seis.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario