omé mi toledana con las dos manos e miréla de extremo a extremo; no quería guardarla otra vez como ya en alguna ocasión me vi obligado a hacer. Me miraban Marcos e Marino con grande atención e quedos e, antes de ponerla en el armario, dije:“Quisiera en algún otro sitio guardarla; tal vez en Sevilla donde tengo una buena colección dellas. No sé si será posible allí llevarla pronto, que más tranquilo sentiríame si así fuese”.
E, acercándose a mí un poco, dijo Marcos estaría dispuesto a hacer viaje a la Capital e volver en un solo día, que cosa tal puede hacerse e no da mucha fatiga al cuerpo, mas, tomándola luego en vertical, la puse tras las ropas e le dije:
“Esperemos unos días y hagamos entonces el viaje, que me gustaría restar allí varias jornadas. Los tres iremos y don Juan si ha lugar o no le estorban mucho sus dolamas”.
“En junio ya estamos y comienza ahora el estío y el descanso – respondió Marcos – no creo Su Ilustrísima tenga mucho por hacer e las dolamas, vuesa merced mesmo las ha remediado. Si a Cáceres ha ido, ¿por qué no iba a querer ir a Sevilla?”.
Y, casi preguntando si podía intervenir en la conversación, dijo Marino:
“No debéis haber tristeza por no poder usar esta espada, que bien se podría comprar otra como la que yo tenía”.
Acercándose luego a mí, tomóme de la mano e hizo un gesto para que Marcos le tomase la otra y, desta guisa, pidió bajásemos a decir esto a don Juan. Siguiendo aquel juego infantil, abrí de espacio la puerta e oímos fuertes gritos de contento que del salón subían. Nos miramos con extraño e sin decir palabra, y así, tomados de las manos bajamos las escaleras.
Encontramos a Su Ilustrísima dando paseos de un lado a otro y diciendo algunas cosas, e iba tras él Cristina, que no oyendo sus palabras, inclinaba la cabeza por verle los labios. Al vernos aparecer, levantó al cielo los brazos, se acercó al pie de las escaleras e dijo:
“¡Este mundo está lleno de sorpresas! Unas malas e otras buenas. Casi dormido estaba ahí sentado en el sillón cuando sentí un aviso al móvil y casi dormido también contesté. ¡Adivinad quién hame llamado!, que es esto cosa que se dice y no se cree”.
“Tal vez – le dije – alguien de la familia a quien tiempo ha que no veis”.
“No lo adivinaréis – respondió – e no sabéis el contento que me ha dado”.
“El contento se os ve, Ilustrísima – repuso Marcos – mas no conociendo a tantas gentes como vuesa merced conoce, ¿cómo hemos de saber quién os ha llamado?”.
Y pidiéndonos nos acercásemos a los asientos, iba diciendo:
“El viaje que ha hecho el capitán a Madrid para más ha servido, pues su encuentro con Su Eminencia el Cardenal don Carlos Amigo, le ha hecho a éste acordarse de mí y, teniendo que venir este verano a Ronda para las clases de la Universidad de Verano, hame pedido le haga yo mesmo los preparativos”.
Hubo gran contento entre nosotros, pues aunque es don Juan más de vida sedentaria que de otra cosa, aún se siente capaz de llevar estos menesteres a cabo. Con esto, preguntó Marino:
“¿Tendrá vuesa merced que ir a Sevilla para hablar con ese señor que decís o vendrá él?”.
“A Sevilla iré y el mesmo lunes – le respondió don Juan –, que no es de razón que me pida le prepare yo aquí algunas cosas y haya de venir él”.
“Pues paréceme – espetó el pequeño – que bien podríamos ir todos, que quiere también papá llegarse a su casa de allí”.
Y acercándose al niño e tomándole la barbilla, se asió este a su sotana y sonriendo con grande felicidad, dijo don Juan:
“Demos por acabadas las clases hasta septiembre. Con el sacerdote director del colegio he de hablar para que os examine, que desta forma sabremos si el año ha sido de provecho”.
En Ronda y a dos de junio del año de dos mil e seis.


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