eíase a Su Ilustrísima preocupado por todo lo ocurrido e dio aviso a Su Eminencia el Cardenal por decirle que ciertos asuntos urgentes nos habían traído a Ronda e que hubimos de volver a priesa, mas, como ningún sacerdote serio que se tercie sabe mentir, hube de decirle yo mesmo que una familia muy allegada nos requería para asunto de vida o muerte. E así aquel hombre entendió que de algo muy grave tratábase e preguntó si Dios se había llevado consigo a alguien, que él oraría por su alma. E no quise yo de muertes hablarle, sino de enfermedades, que bien sabe Su Eminencia que para esto tengo remedios certeros.Mas, esta mañana, levantéme con el propósito firme de pasar el día del Corpus Christi en la mesma Sevilla, vestido a mi usanza e portando mis armas, que entre tanta vestimenta de épocas pasadas no sería de tanto extraño. Y esto dije y esto me respondió Marcos con grande enfado:
“¡A fe que loco estáis!, que casi la vida perdemos en un día y queréis volver a meteros en la boca del lobo. Dejad pasar unas jornadas o unos meses, tal vez, e veremos luego qué solución tiene esto… Pero ¿es que tiene que ser mañana?”.
“Mañana ha de ser – le dije – y esta vez, perdonad mi capricho; que ya podéis decir esta cosa o la otra cosa, que a Sevilla diré me lleve esta mesma tarde don Ildefonso, que destos líos no sabe nada”.
“¿Don Ildefonso? – preguntó Marcos - ¿Acaso no puedo ser yo porque algo lo impida?”.
“Bien podéis ser vos – repliqué – que nadie os ha dicho que aquí restéis, sino que os he visto el miedo asomar por los ojos como veo agora asomar otra cosa. Prefiero ir con vos, está claro. En la casa podéis quedaros a buen recaudo, que yo saldré a dejarme ver durante la procesión e, según qué cosas vea yo, eso haremos luego. Mi niño y don Juan sí restarán en esta casa de Ronda e pediré se cierre a hierro e a nadie se abra, e vos restaréis en la casa de Sevilla con Chuti, que aún siendo sirviente primero, no es torpe en la defensa. Y terminada la procesión, aquí volveremos”.
E quedando en pensamientos primero y mirándome después, me dijo:
“Así lo deseáis, así se haga, que no soy más que vuestro siervo, aunque confiese mi temor. De razón me parece vuestro trazado, pero, por Dios Santo, tened cuidado destos, que ya no sé si son buitres o carroña”.
En Ronda e a catorce de junio del año de dos mil e seis.


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