asamos el resto de la tarde de ayer en la casa en juegos e pláticas, e fue de gran contento para todos. Llegada la noche nos retiramos a nuestros aposentos e narré muy quedo a Marcos lo ocurrido en la calle, que no quería supiese Marino por qué camino iban las cosas.Ya de mañana, e muy temprano, salió Su Ilustrísima hacia el Palacio Episcopal por despachar con Su Eminencia el Cardenal los asuntos que pendientes tenían. E siendo este hombre de poco tiempo libre e de mucha entrega a su cargo, fue el encuentro muy corto, de tal manera, que a las nueve y media, entró don Juan con parsimonia por la cancela:
“Ay, ¡qué hombre este!, que siendo carpintero o cardenal, es sencillo como a otro no se puede encontrar. Aquí traigo mi cometido, que no es mucho, pero alivia su tiempo. E a las nueve con él tenemos la cena, que aún siendo cena de palacio, también será sencilla, e con las personas que le asisten, pues nunca es éste hombre de lujos”.
E le hice pasar al gabinete por que diese más detalles, pero poco más había, sino la hora en que seríamos recebidos.
E Marcos estaba entonces aseando al pequeño y una pieza tardó en venir. E apareciendo éstos por la puerta, al comedor pasamos para el desayuno. E bendiciendo la mesa, dijo cosas deste hombre, al que no veía desde antes de ser nombrado Cardenal por Su Santidad Juan Pablo II (pues retirado de sus obligaciones ya se halla).
E más tarde, fuimos a la misa de San Isidoro, que es iglesia antigua e de gran belleza e que fuera otrora sinagoga, e aún puede verse sobre su puerta la Estrella de David tallada.En otros paseos se fue la mañana, que hasta la Plaza de la Encarnación fuimos por ver los restos allí descubiertos e que han de conservarse a la vista, aunque no así como las columnas de la calle Mármoles.
Volvimos a la casa para el almuerzo e luego, siendo el día caluroso, decidimos dormir una corta siesta, mas negóse Marino a echarse en su cama y encima lo tuve todo aquel tiempo del descanso.
En Sevilla y a doce de junio del año de dos mil e seis.


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