19 junio, 2006

De cómo comenzaron los estudios

asadas las fiestas, pusímonos Marcos e yo a releer parte de las cartas e documentos que un arca llenaban. Entre ellos, estuvo Marcos leyendo con gran interés algunas cartas en las que no se apreciaba con claridad por quién habían sido escritas, pues ni lugar, ni data ni rúbrica en ellas podía leerse. Desta forma, en cierto momento, le oí decir a media voz:

“La Fuente de la Eterna Juventud. Se habla de fuente y juventud para siempre. Parece cuadrar con el tema que nos importa”.

“No tal – comenté -. Os daré nombres de algunos libros donde se narran historias de hombres que quisieron de alguna manera conservar la eterna juventud de su cuerpo, mas no hay otra juventud eterna que la del alma que sea por una fuente producida, y ésa bien la conocéis. El resto es mito”.

“¿Cómo entonces se explica vuestra larga vida? – preguntó Marcos – que, a fe, que nadie vive tantos años e sin envejecer”.

“Otro es el motivo – aclaré – e no hay fuente de juventud alguna que conserve un cuerpo. Esta es agora nuestra tarea: descubrir qué cosa pasó y en qué momento”.

“A la librería iré esta mesma tarde y encargaré los libros que me digáis e, comparando lo que allí lea, con lo que aquí estoy leyendo, es seguro que algún dato interesante encontraremos”.

“Así sea, amigo – concluí – que si tal cosa no he descubierto en cientos de años dificultoso será de descubrir en algunos meses”.

En Ronda y a diez y nueve de junio del año de dos mil e seis.

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