30 junio, 2006

De los preparativos para el mes de descanso

e seguido leyendo las cartas hoy. No hay orden entre ellas, pues ni tienen número ni fecha, y esconden códigos que mejor entiendo e otros más dificultosos. Así, entre una dellas parecióme encontrar una donde parecía decir que la reja que cerraba la Fuentefría fue traída a Ronda. E mover una reja no es cosa que se haga por capricho; con esto, parecióme se trujo para cerrar la cripta donde mi hermano descansa. Tal cosa no podía comprobar.

Preguntóme Marcos si había progresos en mis estudios e no quise darle detalles, como tampoco puedo dárselos a vuesas mercedes, sino que le pedí me dejara a solas en la estancia unos momentos y esto fizo. Quité entonces el sello del Emperador que llevaba puesto en mi diestra, e tomándolo con cuidado, púseme aquel que se encontró del marquesado de Fuentefría.

Di la orden de que se preparase la casa de Grazalema, que en la Calle de las Piedras se encuentra, e así fue el servicio acomodándola, que aunque cerrada e limpia, necesitaba alguna cosa. E dije también a Marcos habría que llevar las cosas nuestras e de los niños e que se instalase una «conferencia», pues a las puertas del mes de julio, un mes sólo restaba para tener que incorporarme a mis tareas que son de obligación cumplir en Sevilla. E, oyendo esto, dijo mi pequeño:

“¿A Grazalema nos vamos? Quisiera yo viniese con nosotros Diego Jesús, que de quedarse en esta casa, pasaría el día con Su Ilustrísima e paréceme no sería mucho de su gusto”.

“Por esto que decís – le dije – no debéis preocuparos, que con don Diego he hablado para que pase el verano con nosotros, si ello os complace. Ya sabéis hay allí mucho campo e mucho monte donde jugar e también esa alberca de aguas celestes a la que llamáis «piscina». En unos días habré de volver por ver cómo van los dolores de doña Montserrat, pero este mes que viene, allí lo pasaremos”.

E oyendo esto Marcos, me dijo necesitaría hacer más de un viaje por llevar todo lo que nos iba a ser de menester e preguntéle si no habría alguna forma de llevarlo todo de una sola vez; e así, me dijo que buscaría otro coche más grande e con cochero que nos acompañase e llevase todos aquellos bultos.

“Pues id recogiendo las cosas – les dije – que mañana empieza para nosotros un mes de holganza”.

E dirigiéndome luego a Su Ilustrísima, le dije:

“Solo no restáis, aunque nos echéis de menos en algún momento, no sé si por quedaros más tranquilo o si por sentiros más solo. Ya que el padre Josu no está en el pueblo, hablad con el nuevo párroco e vendréis con nosotros los días que queráis y estableced con él las horas de las misas de esos días, que es aquel pueblo pequeño mas con muchas iglesias”.

“Así será – dijo – si Dios lo quiere, que tampoco puedo quedarme allí todo el tiempo, que sigo teniendo mis pequeñas obligaciones aquí. Al nuevo párroco conozco, y es hombre joven e muy bondadoso. Con él hablaré hoy mesmo, que ya sé cómo se administran allí las cosas de la Iglesia e de alguna ayuda he de servirle”.

En Ronda y a treinta de junio del año de dos mil e seis.

29 junio, 2006

Del día de las Llaves del Cielo (y 2)

ubí tras el almuerzo al dormitorio de Marinín, e yaciendo en su cama, leía en voz alta una de aquellas cartas anónimas que en clave se hallaban escritas e que eran de mi tío don Álvar. Tan extraño era el texto y tan compleja la clave, que no recordaba haberla leído nunca, e me repetía a mí mesmo aquellas palabras por encontrarles un sentido:

“Así como a las cuatro menos veinte minutos de la tarde caerá el sello que abrirá las puertas, hasta las nueve menos cuatro minutos, mucho más tarde, no acabará vuestro ascenso”.

E oyendo esto el pequeño, dijo al punto:

“Deberíais, papá, calcular bien esas horas, que todo a números se convierte, hasta los colores. Convertid a números eso e tal vez tengáis esa clave que os atormenta”.

“No creo mucho que unas horas – le dije - puedan convertirse a números, pues números son. ¿Acaso se os ocurre convertir unos números en otros?”.

E volviéndose hacia mí, e con toda seguridad, me dijo:

“Estas máquinas que usamos ahora – contestó -, hasta el sonido convierten en números. Tal vez el secreto esté en esos números que vos no sabéis cómo leer”.

“La cuatro menos veinte de la tarde ¿son números?” – preguntéle - .

“Así lo creo – dijo seguro - que no tienen los mismos números las cuatro menos veinte de la mañana que las de la tarde, pues las de la mañana son las 3:40 e las de la tarde las 15:40”.

“Acláreme mi pequeño eso que dice, que habéis convertido mañana e tarde en números distintos”.

“Y así es – respondió –; que tiene el día veinte y cuatro horas e no las doce que en estos relojes vemos, e pasando el medio día se pasan las doce. Así, las 15 son las 3 de la tarde. No veo sea eso complejo para vos, papá”.

“A fe que no lo es, mas la clave sigo sin descubrir”.

E mirándome con extraño el niño, levantóse de su asiento e sentóse junto a mí en la cama e me hizo esta pregunta:

“¿Cómo decís vos en inglés el nombre del año 1540?”.

E dejóme pensativo un momento y empecé a ver alguna cosa más clara. E así le dije:

“Fifteen forty: ¡quince cuarenta!”.

E no quise decir nada más, pues una clave parecía esconderse allí, que si las cuatro menos veinte de la tarde eran las 15:40 y esto pudiere ser número de año, otro habría de descubrir. E mirando la hoja que tenía en la mano leí: “las nueve menos cuatro minutos de la tarde”. Convertí esto a números e dio como resultado las 20:56, que si lo interpretaba como número de año, hacía referencia al año de 2056. Con esto, releyendo el texto, incorporéme de espacio en la cama e noté me mudaba la color:

“Así como a las cuatro menos veinte minutos de la tarde caerá el sello que abrirá las puertas, hasta las nueve menos cuatro minutos, mucho más tarde, no acabará vuestro ascenso”.

En Ronda y a veinte y nueve de junio del año de dos mil e seis.

Del día de las Llaves del Cielo (1)

ra ya media mañana, cuando leían los pequeños con los mayores en el salón, e uno dellos dijo: “Jo, esto no entiendo”. E levantando la vista al mesmo tiempo, Marcos, don Juan e yo, preguntamos: “¿Qué es lo que no entendéis?”.

E así, mirando en el libro, dijo Marinín:

“Dice aquí que San Pedro es el que tiene las llaves del Cielo, y ¿dónde están las puertas?”.

E miré a Su Ilustrísima por si quería él dar respuesta a esto, mas, por algún motivo, inclinó su cabeza como dándome la venia para que yo respondiese. E así les dije:

“Son símbolos. Mirad, que cosa más bonita que esta no oiréis. Ni el infierno está ahí debajo de la tierra con sus llamas eternas ni la Gloria está ahí arriba, donde se estampan las estrellas por la noche o luce el sol en el día. Aquí, en esta vida, están la Gloria y el Infierno. Y ese mensaje nos dejó Jesús, mas había una clave para obtener la Gloria; y esta clave se la dio a Pedro. Esas son las llaves. ¿Las puestas, decís? ¿Por dónde se entra para obtener la paz del alma, la Gran Felicidad, la Gloria? Por las puertas del Amor y la Verdad. Su Ilustrísima me corregirá si en algo yerro”.

Y entre dientes, acercando su cabeza a la mía, me dijo:

“Jamás he oído una explicación mejor para los niños”.

E siguiendo lo por mí manifestado, habló como siempre, con su gran sabiduría:

“Tal como os ha dicho el capitán, en esta vida habréis de encontrar la Gloria y esto no es difícil, mas muchos están ciegos y no lo ven. Daos, amaos y sentiréis luego eso que decimos «estar en la Gloria»”; quitad, odiad, e sentiréis luego un infierno que os atormenta. La clave me parece tenéis ya, mas siempre que os surja cualquier duda, preguntad. Cada escalón que subáis en la Escalera hacia el Cielo ha de estar firme”.

E oyendo esta frase, vino a mi mente otra nueva imagen. Era una escalera rústica e serpenteante que iba desde la casa de la Fuentefría hasta la misma fuente.

Pedro, ¿me amas?

En Ronda y a veinte y nueve de junio del año de dos mil e seis.

Del secreto con los pequeños

stando fresca la noche, desnudé a los niños e les puse la ropa de dormir (a la que llaman «pijama») e les ordené se metiesen en la cama y, haciendo esto e tapándose con un cobertor suave, dijo Diego Jesús:

“Capitán. Algo hame contado Marino que no creo, e pienso lee muchas historias”.

E Marino, tomándolo fuerte contra sí, le dijo algo al oído. E con esto, le dije al pequeño:

“Decidme, saltamontes, qué cosa os ha dicho e yo os diré si es cierta. Os prometo a entrambos que lo que ha de hablarse agora e aquí será un secreto entre nosotros, mas también vosotros deberéis guardarlo. Preguntad entonces e yo responderé. E dijo el niño:

“Dice Marino que, aunque parecéis joven, habéis cumplido muchos más años ¿Es tal cosa cierta?”.

“Marino no miente – le dije – y ese es el primer secreto que ha de quedar en esta estancia”.

E mirando primero a mi pequeño, sonrió e volvió a preguntar:

“¿Y es cierto que tenéis quinientos años?, pues cosa tal me parece de cuento”.

E pensando un poco que además de ser secreto debería decir la verdad, le tomé la mano e le dije:

“Mirad lo que os digo. A veces no son las cosas como suelen ser, pues hombre alguno vive algo más de cien años, y ya es mucho. Mas otras veces, encontraréis en la vida a gente que muere antes o después. No es esto cosa de magia, sino de la voluntad de Dios Nuestro Señor; e ni yo mesmo sé por qué pasa, pero he de deciros, que el día veinte y tres de febrero cumplí, si mal no recuerdo agora, quinientos e ocho años”.

“¡Jo, Marinín! – dijo el pequeño – ¡sois verdadero!, que a vuestro padre creo cada cosa que dice e ahora creo en vos”.

“Pues si me prometéis guardar este grande secreto – les dije -, os narraré por las noches historias bellísimas, misteriosas, terroríficas o increíbles, que en tantos años, muchas historias se viven”.

En Ronda e a veinte e ocho de junio del año de dos mil e seis.

De la nueva visita de don Diego

onaron las chirimías del móvil de don Juan mientras andaba yo en mis lecturas e revisaba Marcos algunos otros papeles, e no queriendo ser indiscreto, hice ademán de levantarme e, moviendo su mano con suavidad, me dijo éste me sentase. E por lo que le oí hablar, alguna cosa nueva le pasaba a doña Montserrat e, preguntándome antes Su Ilustrísima, ofrecióse a ir a su domicilio. Mas oíle decir luego que no habría problema en que nos hicieran visita. Guardado el móvil, me dijo don Juan que doña Montserrat quisiera hacerme alguna consulta e a esto ofrecíme al punto, e dijo don Juan:

“Nada importante parece, sino que ha de notar alguna cosa y heme ofrecido a acompañaros por si ello fuere menester, mas ha insistido don Diego en venir y, ya sabéis las puertas de mi casa están abiertas”.

“E yo dispuesto a lo que fuere preciso – contestéle – que destos remedios, los primeros días son los más importantes. Avisaré también a los saltamontes por que bajen a ver a los abuelos, que les será de gran contento”.

E levantándose Marcos, dijo subiría él a por ellos.

Más de media hora tardaron en llegarse a la casa e pidió don Juan se preparase algún bocado e un vino no muy fresco, que andan los días en Ronda más como en invierno que como en verano. Y entrando por la puerta, corrieron los pequeños a saludarlos e les dijo Diego Jesús a ambos abuelos; e esto mesmo hizo mi pequeño. Sentados ya en el salón, sirvieron el refrigerio e preguntéle a la señora si había puesto las cosas como le dije e si alguna molestia sentía, e así me dijo:

“Tal como vos dijisteis así hemos hecho, que mi marido ha tenido que ayudarme a poner estas telas y estas plantas, e no es esta visita porque sienta molestias, pues mucho tiempo ha las siento e no llevaba nada puesto. Es el caso – continuó –, que durante la noche he sentido como si alguien diese masajes a mis piernas, e ya hoy, no son las molestias como eran”.

“Muy fuertes deberían ser éstas – le dije -, según entiendo, que parece el remedio empieza desde el primer día”.

“¿Es normal – preguntó – que así sea, entonces?”.

E pensando un poco la respuesta, le dije:

“Dos cosas habéis de tener en cuenta. Una dellas es que estos remedios aliviarán el problema que os aqueja; y otro, la fe que tengáis en ellos, que si no creéis notaréis mejoría, a fe que no la sentiréis”.

“Más tranquilo nos dejáis – manifestó don Diego – que no sabiendo si está todo bien puesto en su sitio pensamos podría ser cosa de nuestras malas artes para estos menesteres”.

“Tomad en cuenta – dijo Marcos – lo que el capitán os diga, e ya veréis que antes de esos ocho días habréis de sentiros aliviada”.

E acercóse a ella con cuidado Diego Jesús e puso su cabeza sobre su hombro, e dijo la señora:

“Estas cosas son las que alivian a veces el alma y el cuerpo”.

En Ronda y a veinte y ocho de junio del año de dos mil e seis.

28 junio, 2006

De los deberes e los placeres

scribía yo las páginas anteriores, cuando acercóse Marcos a mí por la espalda, e viendo la velocidad con la que podía expresar mis ideas en tan poco tiempo, tomóme con sus brazos por en derredor del cuello, e muy quedo, me dijo:

“A fe, capitán, que os admiro como a nadie otro, que muchas cosas lleváis e muchas resolvéis e todavía os da tiempo de escribir cada día vuestras vivencias. E no soy yo sino quien para vos trabaja e quien os acompaña, mas quisiera dar de mí tanto como dais vos”.

“Ya lo hacéis – contestéle –, que aún llevando con precisa perfección mis asuntos, tomáis a los que más quiero como vuestros queridos; e a tal cosa yo no os obligo. Con vos están los niños de gran contento e Su Ilustrísima os aprecia tanto como a mí. ¿A qué estas dudas ahora?”.

“Dudas no son – me dijo – sino que más quisiera dar e ya no sé, pues la vida pasa e no apreciamos el placer de cada día; mas estando a vuestro lado, cada cosa, por pequeña que sea, tiene gran valor”.

“Cuanto más deis – le advertí – más recibiréis, que no se llena el bolsillo con dinero sino con la satisfacción del deber cumplido; y ese deber nadie os lo impone. El tiempo se va; no perdáis un minuto en vuestra entrega ciega a cualquiera e veréis que conforme caen las hojas del árbol añejo el fruto madura; al final, hay un ciclo que se cierra”.

Años cadentes como los árboles
Hojas del tiempo
Con el otoño eterno
Se cierra el hemiciclo

En Ronda y a veinte y siete del año de dos mil e seis.

27 junio, 2006

De los remedios para doña Montserrat

ue el almuerzo exquisito, tanto por las viandas como por la compaña; e pasamos luego al salón e, sin decir yo cosa alguna, llevóse Marcos a los niños a su estancia e quedamos allí el resto.

Pidiendo permiso primero a su esposo e luego a ella, puse mis manos sobre sus piernas por averiguar mejor qué la aquejaba e la fatigaba. Y al punto, le dije tomase unos polvos de calcio que en cualquier lugar de hierbas se compra e dile instrucciones de lo que debería ponerse e cómo hacerlo; y este remedio – un poco molesto – debería llevarlo hasta ocho días e quitarlo el noveno e que su esposo lavase sus piernas con agua muy fría e volviese a verme. E no hubo pregunta alguna, sino que a todo se me dio conformidad. Y con esto, dijo esta mujer:

“A fe, capitán, que sé vais a barrer mis dolamas; e no penséis esto es coba”.

E hubo otras muchas pláticas, e dijo don Diego haber hablado ya con el director de la escuela de Sevilla e que éste quería conocer al pequeño; aunque tal cosa no era de obligatoriedad. E le dije que así habría de ser e pidióme entonces le diese los números para darme aviso al teléfono, e no sabiendo (todavía) cómo hacer aquello, subí a preguntar a Marcos; e los tres morían de la risa revolcándose por la ancha cama e haciéndose cosquillas.

Bajé otra vez al salón y entreguéle los números a don Diego, e me dijo éste sería avisado al día siguiente e que si habría algún problema por llevarlo allí. E con esto, le aclaré no sabía yo dónde se encontraba esta escuela, mas, en diciéndoselo a Marcos, problema alguno habría.

Así pues, hubo acuerdo de esperar la llamada e que él mesmo nos acompañaría en el viaje, e de seguido espetó:

“Tenga mi señora en estos ocho o nueve días las sus piernas mejor, e os llevaré a tal rincón de mi finca que pensaréis es parte del Paraíso; y ella ha de venir entonces con nosotros”.

En Ronda y a veinte y siete del año de dos mil e seis.

Del cómo conocí a doña Montserrat

alió don Diego a buscar a su esposa e dijo no tardaría más de quince minutos, mas sabiendo que las mujeres – aunque un poco entradas en años – son presumidas, fue la vuelta más tarde de lo calculado. E ya Su Ilustrísima se impacientaba, que en esto de las citas es como reloj, pues aunque no lo mire sabe el retraso e no le gusta:

“El arroz se va a pasar – dijo – y ni el couscous ni el engrudo me agradan, mas todo sea por mejora de esta mujer, que cuando la veáis, veréis tiene algo que atrae”.

E llegóme esta curiosidad que de por mí tengo e preguntéle a don Juan en qué cosa atraía aquella señora. E así me dijo:

“Poco sale ahora y poco se la ve, que deben ser sus dolores fuertes, pues es esta mujer de sonrisa e de agrado aunque por dentro sienta el dolor, que así fue cuando murió su único hijo Diego; e dolor más grande no existe que este. Murió este joven al caer de un caballo e fue golpe duro para toda la familia, que aún quedándole una hija, más parece que no sea suya; e pienso yo la joven está trastornada, que no es de razón abandonar a los padres e dejarles luego la carga del pequeño. He aquí por qué don Diego no ha buenos pensamientos de su propia hija, que hasta a su nieto da malos tratos”.

E mientras nos hablaba destas e otras cosas, volvieron a llamar a la casa, e al poco entró don Diego por el postigo e ayudó a su esposa a pasar al patinillo e, llegando a los rosales que en el arriate se encuentran, dijo esta mujer:

“Estas rosas sí que no han de morir nunca, que tal belleza se merece vida eterna”.

E al decir esto, noté en su interior la fuerza que con uno nace. E mirándome al punto, me dijo sin conocerme:

“De saludaros me alegro, capitán, y en mí tenéis a una sierva vuestra más”.

E, acercándome, besé su mano e luego le dije:

“Lo que tenéis, señora, no es una sola cosa. Los dolores de los huesos vienen con la edad e dificultosos son de quitar (aunque puedan remediarse); el fluir de vuestra sangre es escaso e será remediable; el nieto que tenéis es un gran ayuda para vos”.

E riendo muy premosa, dijo:

“No pienso creáis que un niño saltando todo el día sobre mis piernas sea el remedio”.

Con esto, pasamos al salón cuando sonaba ya la campanilla que nos llamaba al refectorio, e así, llamó Marcos a los niños e bajaron éstos con premura e a la mujer se abrazaron e ambos la llamaron «abuela»”.

“¡Dios Santo! – dijo doña Montserrat tomando la cara de Marinín -, que niño como este no he visto nunca”.

En Ronda e a veinte y siete de junio del año de dos mil e seis.

De los males de la esposa de don Diego

ntramos en la casa cargados de bultos e subimos al dormitorio de los niños e nos pusimos a probar algunas cosas. Al poco, oímos que alguien llamaba a la casa e nos pareció don Diego, e viendo yo que los pequeños tenían entusiasmo en probar sus nuevas prendas, les dije que las dejasen luego ordenadas e bajamos al salón.

Venía don Diego con el equipaje a mano, e dijo don Juan al servicio subiese las dos valijas, le invitó luego a refrescarse e luego nos sentamos todos en el salón; e no se oía ruido alguno de los niños en la parte de arriba. E así dijo don Diego:

“Cuanto he podido he traído, que ya la juventud no me sobra e mi esposa Montserrat anda fatigada con sus dolamas”.

“¿Qué cosa tiene su esposa – le dije – que nunca la vemos pasear con vos?”.

“Grandes dolores en las piernas – contestó – e no hacen otra cosa los médicos sino recetarle mucho medicamento e no vemos la mejoría”.

“Tal vez – le dije con prudencia –, si pudiera yo verla y ella quisiere, pudiera yo ver algún remedio para eso”.

E oyendo esto don Juan, e sabiendo la mejoría que hubo él mesmo, le dijo a don Diego:

“Sabed que mi sobrino tiene remedios que los médicos no tienen. Probarlos no es perder nada, pues nada ha de tomar según he visto, aunque, eso sí, algunos días ha de llevar esos tales remedios e no son tan cómodos como uno quisiera”.

“¿Esto que decís – comentó don Diego – es verdad o es cosa de brujerías?”.

“Ni aquí hay brujos – dijo don Juan – ni se suele mentir. ¿Acaso no habéis observado que mis piernas están ahora más ágiles? Dejad que el capitán ponga sus remedios, que lo único que habrá de perder vuestra esposa son los dolores”.

“Trajérala yo aquí – aconsejó -, que no quiero causar fatiga e algo puede andar. Luego veis el mal que la aqueja e decís si es remediable”.

“Bien me parece – respondióle don Juan – e ya que la traéis para esos menesteres, bien podría reposar aquí un poco almorzando con nosotros, que ha tiempo no compartimos esta mesa”.

E viendo que no negábase e mirando luego hacia el comedor, sabiendo que Cristina no le oiría, gritó: “¡Echadle más agua al arroz, que invitados tenemos!”.

En Ronda y a veinte y siete del año de dos mil e seis.

De la mañana de las compras para el verano

legado el medio día de hoy, fuímonos Marcos e yo con los pequeños a hacer algunas compras, e recorriendo primero la Calle de Armiñán pasamos luego la parte que llaman Mercadillo, e antes de entrar el la Calle de la Bola, nos entramos en la tienda que llaman de los Calzados de la Bomba, e salió una joven a atendernos e, preguntándome lo que deseaba, hice a los niños sentarse en unas sillas que allí había al efecto e le dije luego:

“Entrambos críos necesitan calzados, mas no he de ser yo quién los elija, sino ellos mesmos, que son ellos los que déstos van a disfrutar. Aquel de los malos pelos e cara de travieso ya los tiene, mas hánsele quedado pequeños y estotro no tiene más calzado que el de vestir. Así pues, mostradle los que tengáis e que elijan cada uno hasta tres pares y que sean fuertes”.

“Por ventura, capitán – dijo Marcos – loco os habéis vuelto, que tampoco es necesario tanto calzado para andar subiendo por las rocas”.

E trujo aquella mujer muchas cajas, e fueron los niños decidiendo, e la labor fue complicada, que no tenían los dos el mismo tamaño de pié.

Terminada esta compra, entramos ya en la Calle de la Bola, e acercándose a una tienda, díjole Marino cuál era el artilugio MP3 que teníamos, e observando entonces la cara del saltamontes, entré en la tienda e le hice uno de regalo.

E subiendo un poco más por aquella calle, llegamos a la que se llama Calle de los Remedios e por allí pasamos por ver los artículos que se mostraban en la que se llama Tejidos Cabeza. E allí entramos, e le dije al amable hombre que nos atendió, quería toda la ropa necesaria para tres o cuatro mudas de Diego Jesús, mas pensando que tal vez Marinín sintiésese arrinconado, le dije nos mostrara ropa para ambos. Marcos no hablaba, pero miraba confuso. Con esto, pedíle ropa interior, dos pantalones de los que llaman vaqueros e tres pantalones cortos en distintos colores (azul, gris e crema). Probó el hombre el pequeño talle de Diego Jesús e luego el de Marino; e así sacó la ropa que le pareció apropiada, e viendo los niños que era de su gusto, se compró.

Saliendo de la tienda, acercóse a mí Diego Jesús e me dijo a media voz:

“Acaso su merced no sepa que ni mi abuelo, ni papá ni mamá quieren gastar en estas prendas”.

“Cosa tal no me importa, saltamontes – le dije –, pues no son ellos los que las compran, sino yo mesmo; y esto hago porque las disfrutéis como lo hace Marinín”.

E no hubo respuesta, sino que doblando la esquina, vimos un lugar donde vendían mantecados (o helados que les dicen) e les compramos a entrambos unos de vainilla e fresa.

En Ronda e a veinte y siete de junio del año de dos mil e seis.

26 junio, 2006

Del trato e los malos tratos

umplidas esta mañana las obligaciones del alma y las del cuerpo, restamos en casa Marcos e yo por seguir leyendo e buscando entre los documentos, e fuíme yo directamente a buscar las cartas que anónimas parecían, mas sabía ya que de mi tío don Álvar Núñez eran. Y escritas en clave, ni Marcos ni nadie podía saber su contenido; e fue en ellas donde leyó algo sobre la Fuente de la Eterna Juventud, que siendo una fuente, ni da agua ni es manantial.

E llevóse don Juan a los niños a dar un paseo e, pensé, muchas gentes iban a pararle e preguntarle por tales ángeles. E quedó la casa en silencio e dijo Marcos:

“A fe, capitán, que debiendo yo estar a vuestro servicio, más me parece estáis vos al mío, e sin obligación de la carga, habéis tomado como ahijado a Marino e de don Juan cuidáis. E cuando os veo ahora con entusiasmo cuidar también deste otro pequeño, ya no sé qué pensar”.

“¡No penséis! – le dije –. Aceptad las cosas como las vais viviendo si son de vuestro agrado”.

“Vive Dios que lo son – respondió –, que cuando tomé la decisión de dejar mi otra forma de vida, esto no podía imaginar iba a suceder”.

“Tomadlo así, pues – apunté -, e dejad pasar el tiempo”.

Y en las cartas fui leyendo e buscando aquella cosa que tanto tiempo me había tenido en intrigas, hasta que llegaron los paseantes. E luego que fueron a beber algo fresco, volvieron al salón, nos besaron e nos contaron todo lo que habían visto e nos narraron las historias que refiriérales Su Ilustrísima. E poco después, sentólos éste a la mesa e les puso por tarea el escribir lo vivido en aquella mañana.

Y en esto estábamos, cuando llamaron a la casa e, al poco, entró don Diego, que a por el pequeño venía:

“¡Vive Dios, que ha de ser hoy un día de calor! Fresca está esta casa e gusto da de entrase en ella”.

“Sentaos pues una pieza – dijo don Juan – que priesa no hay e los niños han de acabar su tarea”.

“¿Qué decís? – preguntó con gran asombro - ¿Haciendo tareas los tenéis? A fe que deberéis decirme el secreto para mantener a esa criatura más de dos minutos sentado y en silencio, que en casa no hay forma de verle sin movimiento”.

“No es menester – le dije – que estén siempre quedos, mas ya veis que vuestro pequeño saltamontes también sabe obedecer. E con placer lo hace”.

E haciéndonos unas señas, pidió don Diego le acompañásemos a otra parte de la casa por hacernos algún comentario, e con esto, fuimos don Juan e yo a oír sus cuitas:

“Poco o mal entiendo que esté el niño aquí tan a gusto si no es porque su madre no le habla: le grita e le azota. E paréceme que el niño se vuelve rebelde. Algún consejo os pediría”.

E al oír tales razones, le dije:

“Convenced a la madre de que lo enviáis a uno de esos que llaman «campamentos de verano» e dejadlo aquí. Veréis cómo cambia. Un favor os debo e no sé cómo pagároslo, que quiero la mejor escuela para mi ahijado e no habéis dudado en buscarla. Si se consigue, es otro asunto. Vuestra voluntad me basta”.

“Mas vos, capitán – ya habéis puesto el remedio, que nunca así he visto al niño”.

“Id pues a casa – dijo don Juan – e traed cualesquiera cosas que vaya a necesitar el niño. E dejad luego nosotros hagamos el resto”.

En Ronda y a veinte y seis del año de dos mil e seis.

25 junio, 2006

Del siguiente viaje a Fuentefría e lo que descubrí (y 3)

omprendí al poco de estar allí por qué habían de llamar al pequeño Diego Jesús con el nombre de “saltamontes”, pues de risco en risco iba cual cabra, mas viendo yo que lo ágil de Marinín no era tanto, hube de decirles que no saltasen:

“¡Oídme bien! ¡Saltamontes y Marino!, que no digo que la mesa está presta porque mesa no hay, mas sobre una manta en el suelo se extiende ya un mantel y está éste por encima lleno de ricas viandas. Dejad ahora los saltos y pasad pues al asalto”.

Con esto, nos sentamos todos en el suelo e puse a don Juan un pequeño catrecillo moderno que se pliega. E antes de poner allí los dedos, dije a los niños refrescasen sus manos; e luego su cara. E Marcos encargóse de que así lo hicieran. E a don Juan puse en su regazo una servilleta e allí le serví algunos trozos de aquellas preseas, e dijo éste:

“¿Es que por estar en el campo, en la naturaleza e más cerca de Dios que en otro sitio, no se va a bendecir la mesa?”

E mirándolo Marinín con asombro, le contestó:

“Tío Juan, supongo bendeciréis la manta e lo que la rodea e la cubre, que la mesa bien lejos ha quedado de aquí”.

“Sois un mal demonio – dijo don Juan entre risas – sea mesa o sea manta o sobremesa o mantel, lo que se bendicen son los alimentos, mas, si ello os satisface, bendeciré pues la manta también”.

E allí comimos e descansamos una pieza e fuimos luego a hacer exploraciones por entre las rocas e, tomando a Marinín de las sus manos, le subí a un alto risco e le puse en el centro e le dije mirase a la sierra e gritase su nombre. Y esto hizo e oímos todos el eco: “Marino, Marino, Marino, Marino…”.

“Jo, papá – dijo éste - ¡Los montes repiten mi nombre!”

Volvimos al atardecer a Ronda e metimos a los niños en el baño (pues sitio limpio por donde cogerlos no había) e les pusimos luego otras ropas más apropiadas. E insistían ambos en seguir jugando cuando dije de avisar al abuelo para que viniese a por Diego Jesús e ambos se negaron. E con esto les dije:

“¿Acaso no estáis, vive Dios, cansados de tanto trote? Tal vez el baño os ha despejado demasiado. Esperaremos una pieza hasta la cena. Quedaos aquí jugando con vuestras cosas e iremos tío Marcos e yo a refrescarnos, que también somos humanos e también sudamos e nos fatiga el monte”.

E mirándome Diego Jesús azorado pidióme (aquel saltamontes) le dijese a su abuelo le dejara allí un poco más. Y el abuelo, más tarde, a esto accedió.

En Ronda y a veinte y cinco del año de dos mil e seis.

Del siguiente viaje a Fuentefría e lo que descubrí (2)

legados que fuimos, nos acercamos todos a beber con cuidado, que apretaba el calor e salía el agua helada. Mojamos primero las muñecas, las manos e un poco el cuello, e luego, puso don Juan agua fresca sobre todas las cabezas.

Partimos desde allí por la carretera abajo hasta acercarnos al río, e cruzando el puente, parecióme no estaba allí la familia que yo conocía. Entramos pues con prudencia e sin hacer mucho ruido e subimos luego por la trocha que va junto al río. Viendo yo que Diego Jesús jugaba con las ramas de las plantas, advertíle que no tocase aquellas de flores llamativas que junto al río se hallan, pues son adelfas e contienen sustancias venenosas como pocas otras.

Mostróle Marinín el nascimiento del río, las corrientes de agua e las moras que caían e se ponían muy frescas en el manantial. E a la sombra del gran árbol, nos sentamos el resto por descansar un poco, que no está don Juan para andar mucho por los campos.

“Con esta agua tan fría – les dije – habéis de poner cuidado, que aunque alivia el calor, podéis tomar un constipado; e no quiero a nadie enfermo”.

Partimos luego Marcos e yo a mirar de nuevo las rocas donde aquel rayo cayó y, al acercarnos a la base dellas, encontré tirados unos papeles, e acercándome, vi no eran sino de haber envuelto alguna cosa (comida tal vez). Mas, al mirarlos con más detenimiento, volví a tener una nueva visión: las cartas en clave que me escribiera mi tío don Álvar, que no tenían ni nombre ni data mi rúbrica. Mas desto no dije nada.

Al volver hacia la fuente, parecióme oír a los niños decir cosas que yo no entendía, mas conforme me iba acercando, descubrí que hablaban en perfecto inglés entrambos, e les dije: “What are you talking about now?”.

E mirándome con grande asombro. Dijo Marinín:

“¡Papá!, ¡inglés sabéis hablar e no me lo habéis dicho nunca!”.

E Marcos e don Juan me miraron con grande extraño, e dije entonces:

“Otras lenguas más sé, mas no he de decir agora cuántas ni cuáles, que mis viajes e mi tiempo he tenido para aprehenderlas”.

“Jo – espetó Diego Jesús dirigiéndose a Marinín –, tenéis pues un padre sorpresa”.

En Ronda e a veinte y cinco del año de do mil e seis.

Del siguiente viaje a Fuentefría e lo que descubrí (1)

ejamos a los niños jugar hasta un poco más tarde de lo debido, e poniéndoles luego cómodos, los metimos en la cama para el descanso, que el día sería de mucho movimiento.

Así, por la mañana, se nos avisó antes que otros días, pues doble tarea teníamos antes de asistir a la misa. E quedóse el pequeño saltamontes a mi lado e Marinín hizo sus funciones de monaguillo y, en terminando la misa, fuimos a la casa para mudar las ropas, e dijo Marcos de ello se encargaría por preparar yo con Cristina el almuerzo que habríamos de tomar en el monte. Mas parecióme oír que alguien me llamaba e salí al comedor, e desde allí, oí a Marcos e subí a ver qué cosas ocurrían.

“Vive Dios – dijo Marcos –, que las ropas de Marinín sirven para Diego Jesús, mas he probado con las zapatillas más pequeñas e aún le quedan grandes, pues tiene este niño el pie más pequeño”.

“Ponedle entonces sus mismos zapatos, que aunque apropiados para un día de campo no son, no es de razón llevarlo descalzo”.

“Pudiérase probar – dijo - poniendo un calcetín mas grueso, mas pienso que notará calor en los pies”.

“Ponedle ese calcetín grueso – le dije – e dejad que yo allí mesmo remedie el calor que vos decís que sentirá”.

Y estaba Diego Jesús muy contento de tener aquellas zapatillas, pues en su casa se le prohibía llevar calzado que no fuese el de vestir, e tomando a Marcos por el cuello, le dijo a media voz:

“Si estas zapatillas no se ajustan a Marino, ¿podría yo quedármelas? En casa no quieren las use e siempre he querido tener unas destas, mas no para el deporte de la escuela”.

“Dos personas – le dijo Marcos – han de tomar esa decisión, que ni los calzados son míos ni sé si vuestro abuelo o vuestro padre os lo dejarán llevar”.

E así, di mi consentimiento de que se le regalasen, que Marino no los había estrenado, mas para ello, pediría antes el consentimiento de su familia.

Llegó luego el momento de la partida, e pusimos a los dos pequeños atrás con Su Ilustrísima e les dijo Marcos debían ajustarse el cinturón que estos coches llevan e comenzó don Juan a narrarles muy interesantes historias hasta que llegamos a la fuente.

Del Día de San Juan (y 4)

alimos luego en paseo por algunas calles e llevaba yo a mi pequeño de la mano e Marcos a Diego Jesús, mas, de tal forma, que también entrambos iban juntos entre nosotros. E nos reunimos con don Diego e manifestóle el pequeño todo lo vivido e le escuchaba su abuelo con grande atención, e después desto, lo tomó entre sus brazos e le dijo algunas cosas:

“¡Cuánto me alegro de hayáis disfrutado, saltamontes (sí le llamaba), e así habéis descubierto también que no sólo en casa estáis a vuestro gusto, que es gente esta como de la familia, e tenéis en casa un cura, un abogado e hasta un capitán que os defienda!”.

“Así es, abuelo, e siendo mañana domingo… - dijo el saltamontes -.”

“Tened cuidado con lo que decís – interrumpió el abuelo – que cada familia tiene sus quehaceres e no es de razón abusar e causar fatiga”.

E mirando don Juan con extraño a don Diego, le espetó:

“¿Qué cosa decís? ¿Acaso pensáis que el pequeño nos ha causado molestia alguna? ¡Erráis!, que no he visto niño con educación como este e ha encontrado un amigo y entre una cosa e otra, no se les ha oído para nada. Es de notar la buena educación que le dais”.

“No es sólo la que yo intento darle, Ilustrísima, sino la que recibe también cada año en la mejor escuela que en Sevilla hay”.

Y en oyendo yo esto, le pregunté al punto:

“¿Qué decís? ¿Cuál es esa tal escuela, que la mejor ando buscando para mi hijo?”.

“Llámase de nombre extranjero – dijo - . Highland, y bilingüe es, que allí aprenden tan bien el inglés como el español”.

“¿Y podríais – insistí –, de alguna forma, recomendar a mi pequeño para estudiar allí?”.

“¿Lo dudáis? – dijo – El curso acaba de terminar e tiempo tenemos para preparar todos los trámites. Mañana mesmo he de llamar al director de la escuela e recomendar a vuestro pequeño”.

E sacando un papel e una pluma de su bolsillo, preguntóme:

“Decidme, ¿cuál es el nombre completo de vuestro hijo?”.

E ya siendo la hora de la entrada para misa, le dije:

“La ropa, como veis, no es excusa, dejad con nosotros a vuestro nieto, pues mañana iremos al campo de paseo e habremos de madrugar”.

En Ronda y a veinte y cuatro de junio del año de dos mil e seis.

Del Día de San Juan (3)

n la cocina estuve una pieza, que no habría sólo de preparar la bebida, sino mostrarle a Cristina cómo hacerla. Llegado el momento, nos sentamos todos a la mesa, y estaba esta vez Diego Jesús junto a Marinín y entre ellos hablaban. Así los miró don Juan con grave gesto porque callaran. Vino Cristina de la cocina con un recipiente muy bello e allí lo colocó entre los grandes tazones de loza fina, bendijo don Juan la mesa e se fue sirviendo. Tomaron los pequeños algo del Xoclatl antes de pensar en los bizcochos, e luego desto, pasaron la lengua por el bigote e dijo Diego:

“¡Por ventura es esto como el chocolate que en casa se toma, pero mucha más espeso, más obscuro e delicioso! Allí se pone un vaso de leche e luego se pone cola-cao, mas ¡no sabe como esto!”.

“Pues paréceme que lo que tomáis en casa- le dije – es como esto mas no está bien hecho. A vuestra madre he de explicar cómo hacerlo”.

E quedó el pequeño mudo e miró a Marinín con tristeza, e dijo Su Ilustrísima:

“Sepa vuesa merced, capitán, que sus padres están separados, e prestando más atención a sus trabajos que a sus obligaciones de padres, está el niño casi siempre con su abuelo. Sería tal vez más atinado darle la receta al abuelo, que de seguro se lo preparará gustoso… ¿Es esto cierto, pequeño?”.

E contestó Diego Jesús a media voz: “Él me lo hará y como este espero sea”.

“¡Vamos! – dijo don Juan - ¿A qué esperáis para catar esos exquisitos bizcochos?”.

“A fe. Capitán – dijo don Marcos en baja voz e acercándose a mí – que estos bizcochos sé quién los ha preparado”.

“Comedlos – le respondí – que su sabor nada tiene que ver con quien los haya hecho”.

E fue largo e divertido el desayuno e aparecieron luego sobre la mesa muchas cajas (unas más grandes e otras más pequeñas). Allí estaban los regalos para los que cecebían homenaje.

Del Día de San Juan (2)

ubrimos los cuerpos de los niños con sendas toallas e los nuestros con las batas, e nos llegamos a su dormitorio para el baño. Y tan divertido fue e tan fuerte reímos, que apareció por la puerta don Juan, e dijo:

“¡Jesús!, que estas costumbres modernas las hagan los jóvenes… mas ¡un capitán con más de cuatrocientos años…!”.

“No preocupaos Ilustrísima – dijo Marcos – que el baño acabará pronto e todos estaremos prestos para ese desayuno”.

“Así lo espero – le contestó -, que ese Xoclatl he de catarlo hoy acompañado de unos exquisitos bizcochos; e otros muchos dulces que hay”.

E sin que nos diésemos cuenta, pusiéronse en pié los niños y extendieron sus brazos hacia Su Ilustrísima felicitándole por el día de su santo.

“¡Gracias, gracias, hijos! – respondió –. No esperaba esta felicitación tan… especial. Dadme un beso e, dentro de un rato, os quiero abajo bien vestidos e peinados para ese desayuno”.

E así, terminado el baño, pusimos a los dos niños las ropas, que a Diego Jesús hubo de buscársele alguna cosa de Marinín por estar sus ropas sucias de la noche pasada. Y en poco tiempo, nos vestimos los mayores, e allí estaban los chicos sentados en nuestra cama recordando lo pasado el día anterior e sin parar de reír.

“Bajemos – les dije – que ya estamos todos prestos. Algún mandilillo habré de ponerme por no llenar las ropas en la cocina, e mientras tanto, quedaos con don Juan e sed bien seriecitos, que a veces le salen las malas pulgas, aunque no creo las saque hoy de paseo”.

E tomando a parte a don Marcos en un momento, le dije:

“A fe, que esto vivido esta mañana no me será fácil de olvidar; y esperemos que Su Ilustrísima no nos venga luego con algún que otro sermón”.

Del Día de San Juan (1)

ue el despertar muy agradable, pues oí la voz de Marcos llamarme con suavidad e puso su mano sobre mi hombro diciendo:

“¡Marino! ¡Marino! ¿Aún dormís? ¿No habéis notado que nadie nos ha llamado para la misa? Seguid durmiendo si os apetece, que deberéis estar cansado”.

“A fe que fatigado estoy – le dije volviéndome hacia él – que no paramos de rama en rama desde hace ya muchos días, e viene hoy otro de tampoco reposar. Lavantaos si queréis e dentro de otro poco me levantaré yo”.

E oí que se entraba al cuarto del baño e seguí reposando otro poco, hasta que recordé que teníamos un invitado. E me incorporé presto e fui a ver a los niños a su estancia, mas, llamaba a la puerta e no contestaban; así, abrí con cuidado e vilos a entrambos durmiendo profundamente; e volví a cerrar la puerta. Eran casi las nueve de la mañana.

Parecióme oír que alguien se acercaba por los pasillos y, aún estando con la camisa, esperé por ver quién era y, por la esquina de la escalera, apareció Servando, el sirviente, e preguntéle:

“¿Hase dado hoy orden de no llamar a nadie o es que alguien se ha quedado dormido?”.

“Las dos cosas me parece han sido, señor – respondió -, que siendo hoy la misa de San Juan a las doce, no era menester madrugar; mas aún sigue Su Ilustrísima recogido descansando”.

“Bien me parece - le dije – que de vez en cuando cambiar el horario no es malo. Nos iremos aprestando para el desayuno, que ya sabéis voy a preparar yo una bebida con Cristina”.

E cuando nos despedimos, entré en la estancia e pasé al baño directamente, pues debía despejar la cabeza pronto e ponerme manos a la obra. E allí estábamos, cuando se abrió la puerta y entró Marinín casi dormido e dándose con las manos en los ojos en diciendo:

“¿No hay hoy misa y ese desayuno con Xoclatl? ¿Por qué no nos habéis llamado?”.

E me quedé inmóvil primero e me cubrí luego con la toalla por secarme e le dije:

“¿Nadie os ha enseñado a que antes de entrar en sitio alguno debéis de pedir permiso?”.

Y estaba Marcos de espaldas e también cubrióse con la toalla, mas, acercándose al pequeño, le dijo:

“Cuando queráis entrar, podéis hacerlo, mas si antes llamáis por dar aviso será más atinado”.

“Pues no veo por qué – dijo el pequeño – que a mi habitación entráis y a mi baño e nunca avisáis; mas si he de hacerlo así, como dice mi padre, así lo haré”.

E no fue esta la única sorpresa, pues detrás de Marinín apareció Diego Jesús, e dije:

“¡Santo Dios!, ¿no podéis esperar a que terminemos nuestro aseo e ahora haremos el vuestro?”.

“Como digáis, papá – respondió – aquí mesmo nos sentaremos mientras a esperaros”.

E no sabiendo qué decir, allí los dejamos.

23 junio, 2006

De la Noche de San Juan (y 6)

ras el primer ritual de purificación, venía el segundo (que de otra forma, no podía ser), y ya las llamas de la pira casi eran brasas, e saltaron los mozos e las mozas de norte a sur e de este a oeste, de tal forma, que pasaban por encima de las llamas haciendo una forma de cruz. E también los niños querían saltar, ¡vive Dios!, mas a esto me opuse, e cuál fue mi sorpresa que ninguno de los dos insistió en ello, e tomando Marino la su bolsa, sacó unos muñecos con papel e con hojas de palma seca hechos; e mostrómelos diciendo:

“Aquí está escrito lo que no quiero que vuelva. E como así es mi deseo, si me dais vuestro permiso, quiero echarlos a la hoguera”.

“Mi permiso tenéis, siempre que en esos papeles no se diga que tenga yo que alejarme de vos, chiquitín”.

E riendo, fuéronse hasta la pira por un ángulo por donde no saltaban los mozos e fue arrojando con parsimonia cada uno de los muñecos e, terminada aquella infantil ceremonia, volvió a acercarse e pidiónos a Marcos e a mí mesmo, saltásemos las llamas; e a esto me opuse, e don Juan, que húbose sentado a nuestro lado, dijo como para sí:

“Le pedirá un día quién sabe qué cosa, e lo hará”.

Terminada la fiesta, hizo don Juan la ceremonia religiosa con varias lecturas e hizo unas pláticas muy interesantes sobre la purificación. E ya comenzaban las gentes a salir en coche hasta la ciudad, e dentro de otro poco, volvimos nosotros a la casa tras las despedidas, llevándonos al nietecito.

E antes de ir a la cama hubimos de darles un baño a los pequeños, que hasta las camisas llevaban llenas de manchas de las bebidas, las salsas de las viandas e las aguas. E luego, cayendo rendidos, parecieron quedarse dormidos al punto en la cama. Apagamos la luz e nos fuimos al descanso.

En Ronda y a veinte y tres de junio del año de dos mil e seis.

De la Noche de San Juan (5)

ya se acercaban las doce e todos se preparaban para la purificación del cuerpo e del alma por el agua e por el fuego, como es costumbre, tan pagana como religiosa, cuando se acercó a nosotros Marinín corriendo:

“Papá, papá – dijo con rapidez – como me dijisteis que prepararíais el Xoclatl para el desayuno de mi cumpleaños e vive Diego Jesús algo lejos de casa, ¿podría quedarse esta noche a dormir conmigo como invitado?”.

E cruzamos las miradas Marcos e yo e me hizo gesto con la cabeza dando a entender era mía la decisión. Con esto, le dije al niño:

“Calmaos, hijo, que esa bebida puedo hacerla cualquier día, mas si es vuestra intención que vuestro amigo digo… digo, que vuestro amigo Diego se quede con vos en casa, a su mesmo padre o a su abuelo habréis de pedirle permiso e no a mí. Lo que él decida, eso se hará”.

E me dio las gracias e partió corriendo e fueron a buscar a don Diego e les vi hablar con él, y este hombre echóse a reír e nos miró luego. Así, se acercó hasta nosotros e nos dijo:

“¡Imaginad lo que quiere vuestro hijo!”.

“No necesito imaginarlo, don Diego – respondíle –, que a mí se me ha preguntado antes que a vos. E yo he dado mi consentimiento si vuesa merced lo da”.

“¡Sea pues! – respondió –. Al partir, podéis llevaros con vos a mi pequeño nieto e ya me avisaréis cuando se ponga demasiado travieso e yo mesmo iré a recogerlo. Seguid disfrutando, que la noche sigue aún otro poco”.

E así fue, que llegadas las doce, oyéronse chirimías e timbales e atabales e corrimos todos hacia cerca de la cerca de la alberca; e muchos dellos quitábanse los zapatos e «arremangábanse» los pantalones e subían luego los escalones de piedra y entraban hasta las rodillas en las aguas. Así, pidióme también permiso Marinín de quitarse sus zapatos nuevos, e preferí no los mojase, que bien caros eran de costo, e advertíle quitase también los calcetines e los pantalones. Y esto hicieron entrambos niños, mas no es la altura de nuestras rodillas la mesma que la suya e de la alberca salieron mojados hasta la cintura; y cerca de la cerca que rodea la alberca, hube de secarlos con otras ropas.

De la Noche de San Juan (4)

o había llegado aún la noche, cuando se comenzó la cena, e metidas en las frescas aguas del abrevadero, había toda clase de bebidas: vino (blanco, tinto e dulce), cerveza, refrescos, agua en botellas… E sobre las mesas con manteles fueron poniéndose viandas que a don Juan hacían mirar de cuando en cuando por tenerlas bien localizadas. E vinieron en grandes bandejas otros platos recién preparados; y entre ellos había cordero, pollo, chuletas e otras cosas exquisitas sólo de mirar.

Comíamos todos con grande contento, cuando acercóse don Diego a la parte que daba a la cerca de la alberca e pidió atención, pues sería prudente dejar de comer si se iba a recebir la comunión dos horas más tarde (en torno a las doce). E así, siguieron casi todos los reunidos comiendo, que una sola hora de ayuno guardan ya.

Jugaba Marinín con su nuevo amigo, digo Jesús (y donde digo digo, digo Diego), sentados en una roca; e le mostraba mi niño a su amigo ciertas cosas que de casa había traído e, siendo de por mí curioso, acerquéme por ver qué cosas eran aquellas, e, viéndo me llegaba hacia ellos, púsose a guardarlas en una bolsa. Así, al acercarme a él, pegué mi cara a la suya e le dije:

“Decidme, pillo, qué cosas me escondéis, que desde allá a lo lejos os he visto las enseñábais a vuestro amigo, digo Jesús (y donde digo digo, digo Diego). ¿Acaso a él le está permitido verlas e a mi no?”.

“Sí, papá – contestó –, que verlas podéis, mas teníalas yo reservadas como sorpresa para las doce”.

“Siendo así, mozalbete – le dije al oído –, guardarlas para luego, no sea que alguien vaya por ahí diciendo qué cosas traéis”.

“Nada hay de raro en esta bolsa – me dijo – sino los papeles e muñecos que se queman al fuego para que se vayan las malas cosas e vengan las buenas, que en Plasencia también se hacen estas hogueras y en esta noche”.

“Sea pues. Pero dejadme las vea antes de arrojarlas a las llamas, ¿podría ser?”.
“Así será, que mucho no tienen que ver e no he de ocultároslas”.

E volviéndose de espacio hacia mí sonriente, dióme un beso e dijo: “Os avisaré”.

De la Noche de San Juan (3)

alimos a hora temprana en la tarde, que muchos preparativos deberían hacerse e todos nos ofrecimos. Estuvo entonces Marinín jugando con el nieto de don Diego, que por nombre tenía digo Jesús (e donde digo digo, digo Diego). E tal amistad hicieron, que a la hora de ir a la finca, con ellos se fue en su coche. Así, quedando nosotros con Su Ilustrísima en el nuestro, manifestó don Juan:

“Si nunca habéis vivido fiesta de la Noche de San Juan en la sierra, nunca la habéis vivido, que lo que os espera de ver esta noche es cosa que no olvidaréis… hasta el año que viene, si Dios nos concede esa merced”.

E con esto e otras pláticas, llegó una comitiva de coches a la finca de don Diego, e pasamos un poco más adentro que otras veces y, tras unas rocas, en un sitio alto pero no muy visible veíanse algunos preparativos. Dejamos todos los coches juntos bajo unos árboles e, al apearnos todos, me pareció que éramos más de veinte las personas que nos reuníamos.

Subimos luego una corta pendiente e apareció ante nosotros una antigua era, que no usándose ya, había sido limpiada del forraje e quedaba de arena rodeada por pequeñas piedras. En su centro, podíase observar un rimero de ramas e troncos secos rodeado también por rocas (éstas un poco más grandes), que parecióme sería una pira para la noche. Al fondo, había una cerca, que cerca de una alberca se hallaba; y era esta alberca como abrevadero, que separaba una parte para las bestias e otra para el ganado de lidia. Y en la parte de las bestias, habíanse colocado algunas piedras planas (tres o cuatro) a modo de escalones para subir hasta el agua.

Marcos e yo miramos cada uno de aquellos detalles con asombro, pues ninguna cosa parecía faltar. E observó mi compañero, que junto a la era, en el lado del oeste, había mesa como altar e a la diestra, se repartían otras mesas con manteles para las viandas.

Todos fuimos colaborando en colocar tal cantidad de cosas cada una en su sitio, e vi cómo mi niño, acompañado de Diego Jesús, ayudaban a Su Ilustrísima en la preparación de aquella mesa que junto a la era quedaba.

De la Noche de San Juan (2)

ntramos en la casa con grande sigilo porque no fueran vistos los regalos, y encontramos todo fresco e a obscuras; con un tanto de cuidado e otro tanto de güasa, subimos los peldaños de las escaleras para guardar los bultos en el armario, mas, llegando a la mitad de los escalones, se oyó la voz ceremoniosa de Su Ilustrísima:

“Tanta precaución e tanto sigilo de nada os sirve, que en el rincón estaba descansando un poco, mas sabed que, para los demás, yo no he visto nada, sino que durmiendo estoy”.

“Gracias, Ilustrísima – le dije con baja voz –. Nada especial traemos, pero preferimos no andar dando explicaciones”.

“Como vos lo deseáis – respondió – así será; que aún me quedan unos minutos de solaz”.

E fuimos luego al dormitorio de Marino, que en lecturas estaba, e le dijimos habría de probarse la ropa que debería llevar al campo, que no es de razón mezclarse con bestias y toros llevando ropas de paseo. Así, sacó Marcos de su ropero la ropa que le pareció más apropiada: unos pantalones desos que llaman «vaqueros», una a modo de camisa que tiene por nombre «polo» e sus zapatillas de deporte. E quiso probar antes que nada si debería ponerle un calcetín fino o uno grueso, e así le puso primero uno más grueso e no entraba la zapatilla. E tomó luego un calcetín más fino e quedaba el pié como embutido, e dijo Marcos:

“¡A fe, capitán, que habéis elegido a un hijo que crece por días! ¿O es que crece de pronto cuando va cumplir años? Estas zapatillas no tienen un mes y ya se han quedado pequeñas (este niño, dijo entre dientes, no crece: tiene mala leche). ¿Podréis soportar un poco lo que os aprietan los pies?”.

E dijo el pequeño mirándole cabizbajo:

“Tal vez así, se hayan encogido mañana un poco los dedos o haya agrandado el calzado. Hagamos la prueba, que no quiero ser oneroso”.

“¿Qué cosa decís? – grité - ¿Cómo puede pensarse en calzar un zapato de niño en un pie de hombre? Ahora mesmo vendréis conmigo a esos «Calzados Bomba» donde escogeréis el que mejor se os ajuste al tamaño del pié y a vuestros gustos”.

E tomando al pequeño de la mano, salimos por las calles hasta llegar a la tienda e poner el remedio adecuado.

De la Noche de San Juan (1)

ue de mañana Marcos a la librería por preguntar por su pedido de libros, mas fuéle dicho que había retraso e que no podría recogerlos hasta el lunes por la tarde. Un tanto quedo me pareció por aquella desilusión e así le dije:

“No debéis preocuparos por cosa de tan poca importancia, que vienen días que no os van a dejar tiempo para las lecturas. Yo mesmo os acompañaré el lunes a recogerlos e yo mesmo os diré las partes que más os interesan. Ahora, debéis saber algo, e muy importante. Es mañana el séptimo cumpleaños de Marinín y el día de la onomástica de Su Ilustrísima. Paréceme que vamos a estar un tanto ocupados hoy, pues regalo alguno les tenemos. Si aquesto os parece apropiado, deberíamos salir a hacer otras compras. ¿Qué decís?”.

“En tal cosa no había pensado – respondió -, que no teniendo costumbre destas celebraciones e siendo abogado (como muchas veces me decís) tengo la cabeza en otros pleitos; mas por esto no debería olvidar la pleitesía”.

Pensaba ya en salir a las compras, cuando llamaron a la casa e fue Servando a ver quién venía. Entróse al poco don Diego de Monteliz e saludó con gran contento a Su Ilustrísima, que por hacer alguna otra cosa nueva, estaba en sus lecturas, e dijo al recién llegado:

“Vuesa merced honra esta casa con su visita, don Diego. Tomad asiento que alguna cosa he de pedir para paliar estos calores”.

“¡Averiguad qué cosa me trae, Ilustrísima! – comentó con misterio don Diego –; que esta es una noche especial como ya sabéis y en casa con fiesta se celebra. E siendo así como otros años, con vuesa merced contamos para la ceremonia”.

“Cosa tal no habéis de pedir – respondió don Juan –, que ya sabéis que conmigo contáis cada año. ¿Dónde lo celebraréis éste? ¿Dónde siempre lo habéis hecho?”.

“Sin lugar a duda – dijo don Diego –, que ya están preparadas las viandas e los sitios donde recebir la noche”.

E Marcos e yo nos miramos un tanto con desconcierto, e pidiendo luego excusas, subimos a decir a Marinín, quedárase jugando con su máquina, mas leía ciertas cosas de Fray Bartolomé de las Casas.

Desta forma, salimos primero a dar un paseo por la Calle de Armiñán e bajamos luego por el Puente Nuevo hacia la Calle de la Bola. Así, buscamos (y encontramos) todo aquello que nos haría falta. E dijo entonces Marcos:

“¿Creéis que también nosotros estaremos invitados a esa fiesta? No me gustaría entrar donde no he sido invitado”.

Y echándome a reír e tomándole por la cintura, le dije:

“¿No sabéis aún que cuando don Diego dice que invita a don Juan, quiere decir que a todos nos invita?”.

22 junio, 2006

Del aviso a don Fernando de Marcos

io Marcos aviso por teléfono e noté dábase la vuelta e luego salióse al patio e pensé no quería oyese yo lo que hablaba. E no andaba muy equivocado, pues al poco, pasó al salón, tendió su mano con el móvil y espetó:

“Hay alguien que con vos quiere tener unas palabras de buen grado; vuestro sobrino don Fernando”.

E tomé el teléfono pareciéndome ya qué cosa se iba a tratar:

“Capitán – dijo –, ¡cuán abandonado me tenéis!, que muchas nuevas cosas sé han ocurrido e pocas dellas me comentáis”.

“No tal – contesté –; que sabéis que aunque con vos no hable tan a menudo como quisiese, siempre pregunto e me intereso por vuestro estado”.

“Así lo creo – dijo – e así se me ha dicho, mas no me decís vos algunas cosas que sí quisiera saber, pues hame narrado don Marcos que, por primera vez, os ha visto cara de enfermo e no vayáis a decirme que esto no es cierto”.

“Nada voy a negaros – respondí – que humano soy y a veces también el cuerpo se me descompone. Seguro estoy de que anda don Marcos más preocupado por mí que yo por mí mismo, que nada importante ha ocurrido”.

“De cierta amnesia me habla – dijo con más gravedad – e de que habéis recuperado ciertos recuerdos perdidos. Sin duda, no es esto motivo para preocuparse, sino para alegrarse, pues recuperar cosas perdidas va siempre en beneficio de uno mesmo. Decidme, ¿qué cosas son estas que habéis recordado?”.

“Sin duda, en algún momento – expliqué – estando casi dormido, algo muy fuerte me despertó e algunos recuerdos quedaron en el olvido”.

“No es de extrañar – señaló – pero paréceme que si eso tan fuerte que os asustó fue un rayo que a vuestro lado cayó, también podría haber cambiado ciertas cosas; y es aquí, capitán, donde me gustaría, siempre que vos mesmo quisiéredes, hacer alguna prueba, que tales descargas en un cuerpo pueden hacer también otras cosas”.

“Así será – le confirmé – y no he de negarme a las tales pruebas si en un ataúd como el de la última vez no se me mete, mas, ¿podría esperar esto algún tiempo? Tengo ahora casi en mis manos muchos datos que barajar”.

E ya despidiéndose (porque alguien parecía llamarle), dijo:

“Puede esperar, no tened cuidado, mas no echadlo en olvido, que también estas pruebas podrían aclarar muchas cosas”.

E ya así nos despedimos, e devolviéndole el teléfono a Marcos, le dije:

“Cuando yo quiera hablar con don Fernando, querido amigo, yo mesmo lo llamaré”.

En Ronda y a veinte y dos de junio del año de dos mil e seis.

21 junio, 2006

De la visita al nascimiento (y 4)

antes de partir de allí, casi tomando ya la trocha hacia abajo, volvióse Marcos a mirar, e dijo:

“No puede uno imaginar en una ciudad llena de calles y de coches y de ruidos y de priesas que estas cosas existen. E otros sitios he visitado del campo, pero esto no es otro sitio; es «el sitio».

Y bajamos luego de espacio por no resbalar, que estaba el terreno húmedo, hasta donde la casa se encuentra. E volvió a salir la familia a saludarnos e anduvo Marinín viendo algunas flores e pájaros con la pequeña Paquita, que un poco mayor que él es, e nosotros contando lo visto e lo vivido. Y tras una gran despedida llena de parabienes (nos regalaron un cesto lleno de huevos frescos para el niño), partimos hacia Grazalema. E allí estuvimos el tiempo del almuerzo y una pieza por reposarlo; e pidió Marinín a un mozo pusiese los huevos en lugar fresco mientras partíamos:

“Metedme los huevos con cuidado en lugar donde no se malogren”.

E hubo alguna sonrisa ajena a don Juan, que miraba ya los carteles que anunciaban las fiestas del pueblo, que para el día del Carmen se celebran.

Así, ya en la vuelta, vi insistía Marcos en aquello de la amnesia y en que debería ver a don Fernando, e hube de pedirle no se hablase del tal asunto hasta el día siguiente, pues (cosa poco corriente en mí) sentía cansancio.
En Ronda y a veinte y uno de junio del año de dos mil e seis.

De la visita al nascimiento (3)

na pieza pasó e pidióme permiso Marino para probar una de aquellas frutas, e así lo pidió, así se lo di:

“No os las comáis todas, que hay otras almas que catarlas quisieran. Tomad una, e cuando la hayáis saboreado, tomad otra, mas dejad que todos las probemos”.

E llevóse una mora madura a la boca e abrió los sus ojos: “¡Los dientes duelen!”.

E Marcos, que más parecía ahora niño que abogado u otra cosa, púsose en cuclillas, introdujo sus manos en el agua por notar las corrientes e tomó una mora por saborearla, en diciendo:

“¡Cosa tal parece increíble!, que tan poca agua mueva molinos e que estas moras no parezcan de un árbol, sino de repostería”.

Tomé alguna para don Juan e para mí porque éste no se agachase e así, saboreamos unas cuantas; e seguían cayendo e las apartaba Marino hacia un lado por separarlas de las ya frescas.

Mientras esto ocurría, llevéme a Marcos hacia el otro lado del pequeño llano e, mirando a la parte más alta, señaléle con el dedo unas rocas muy resaltantes, e así le dije:

“¿Las veis? Esas rocas tienen incluso un color distinto al de las demás. Echado descansando me hallaba ahí un día cuando comenzaron a caer algunas gotas, mas antes que retirarme a guarnecerme, yaciendo me quedé. E poco después, un grande estruendo e una luz cegadora me dejaron confuso, hasta tal punto, que no recuerdo la vuelta a la casa ni cualquiera otra cosa. Al ver la culebrina que ha caído cerca de Puerto Chico, ha venido este recuerdo a mi mente, como si antes no lo hubiese vivido”.

E mirándome severo e señalándome con el dedo, dijo Marcos:

“Amnesia, capitán. A eso de no acordarse de algunas cosas, se le llama amnesia; e vos la habéis tenido de esos momentos hasta agora. Bien me parecería se consultara lo ocurrido con quien debe consultarse: con vuestro sobrino don Fernando, que buena luz (y no destas, ¡vive Dios!) ha de darnos de todo este asunto”.

De la visita al nascimiento (2)

a todos en el alto, acercóse curioso el pequeño por debajo del árbol e gritó:

“¡Mirad, papá, hay aquí un agujero de piedras que hase llenado con la lluvia e por este lado rebosa!”.

E vi luego cómo se agachaba a mirar mientras nos acercábamos e metía en el agua sus manos. E luego, sacándolas muy de priesa, dijo:

“¡Está helada! No pueden meterse ahí las manos, que debe haberse llenado de granizos e duelen los dedos”.

“No es aquesto que decís - le dije –. Fijaos bien en lo que os digo. Este agujero de piedras, casi cuadrado, no se ha llenado con las aguas de la lluvia. Si metéis otra vez vuestras manos en el agua, notaréis que entre las grietas del fondo sale ésta con fuerza. Este es el nacimiento del río Gaidóvar”.

E mirándome primero incrédulo, introdujo allí sus manos e dijo luego:

“El agua que sale de debajo de la tierra empuja las manos. Es esto un nascimiento muy humilde para un río tan grande”.

Y sus manos mantenía en el agua, cuando cayeron varias moras (como frambuesas) del árbol e asustóse y echóse hacia atrás:

“¿Qué cosa es esta? ¡Nada he tocado!”.

“No tengáis cuidado – dijo don Juan con paciencia – que son moras maduras e dulces que del árbol caen. Algo maltrechas deben estar, que la granizada ha sido grande, pero si las dejáis ahí dentro una pieza, tendréis luego un exquisito helado de la naturaleza”.

“Así es – dije mientras Marcos se acercaba con suma curiosidad –, estas moras las he comido heladas muchas veces y con grandes calores”.

“¡La fuente del Gaidóvar! – dijo Marcos con asombro –. Vive Dios que imaginaba una gran gruta de donde saliesen caños de agua. E… ¿podría yo catar una de esas moras frescas que decís?”.

De la visita al nascimiento (1)

uedó el coche detenido casi en la cima del Puerto Chico e sin llegar a verse aún la bellísima vista de Grazalema, e tanto granizo caía que a poco menos de cinco metros podíamos ver sino las luces de los relámpagos. En esto, volvióse Marcos hacia mí con extraño, e alguna cosa vio en mi cara, que dijo a media voz:

“¿Mareado estáis? No preocuparos. E si alguna otra cosa os ocurre decidla, por ventura, ¡que a todos nos habéis dejado mudos!”.

“Esperemos unos instantes – le dije –; dejemos que pase esta tormenta e tomemos el camino de vuelta hasta el lugar que yo os indique. Pararéis pasando el puente estrecho e a la izquierda, e ya allí os referiré cosas nuevas”.

Así se hizo el silencio (apagó también Marcos el motor que del coche tira) e sólo se oían los golpes de los granizos. E mi vista seguía perdida al frente viendo una estampa que había olvidado.

Abrióse un claro en las nubes hacia el Peñón de San Cristóbal y en esto vi la señal de que la lluvia iba a terminar. No hubo palabras, ni siquiera del pequeño, sino un suave murmullo de oraciones que decía Su Ilustrísima. E pasada la tormenta, pidióme Marcos, con sumo respeto, le dijese si ya debería volver; e moviendo la cabeza e sin saber qué otra cosa decir, asentí.

Bajamos hasta la Fuentefría e paró allí Marcos e se apeó don Juan por recoger el frasco de vinagre de Marinín; e lo trajo entre las manos con cuidado e se veía estaba helado. Así pues, le dije lo liase en una pequeña manta que en la parte de atrás lleva el coche e di luego órdenes de continuar la bajada hasta pasar el puente. Girando de espacio hacia la izquierda, entró en la finca que fuese otrora de mis difuntos amigos Francisco e Amelia e donde viven ahora sus hijos e sus nietos.

Bajamos del coche e vinieron a saludarnos (a cada uno a su manera) e díjeles quiénes eran aquellos dos hombres que nos acompañaban; e fue de gran contento para todos ellos: “El almuerzo he de prepararos Ilustrísima, que sé bien cómo os gustan los frutos de nuestra huerta”.

“A Grazalema debemos ir – apunté – no penséis aquellas viandas son mejores, sino que alguna obligación tenemos e tampoco queremos ser de estorbo. Mas, quisiera yo pediros permiso por mostrar a mis invitados el auténtico nascimiento del río, que al fondo de vuestra propiedad se halla”.

“Permiso no habéis de pedir, capitán – contestó el padre -, que algún otro favor mucho más grande nos habéis hecho e no tiene pago. Pasad por la trocha que ya conocéis e no tengáis mucho cuidado de pisar los huertos, que han quedado maltrechos con el pedrisco, pues dicen que las lluvias de San Juan, nos dejan sin vino ni aceite ni pan. E mostradles también las zahúrdas y el gallinero e las bestias, que a buen seguro pocas habrán visto”.

“Así creo yo – le dije –, que cerdo han comido y vivo no lo han visto, pues son de ciudad”.

Mostréles todo aquello; las zahúrdas que quedaban a la izquierda, retiradas de la casa, el gallinero (que dejó a Marinín como en suspenso por ver tanta ave junta) y un cobertizo al final donde había un coche viejo e tres bestias de carga. Seguimos luego la trocha que siempre iba bordeando el río, aunque más alta que las aguas de éste; y después de andar una buena pieza cuesta arriba, se abrió ante nuestros ojos un pequeño valle con un hermoso e gigante árbol en su centro.

“Esto de cabrear por las trochas – dijo don Juan rezagado – es para los que aún sois jóvenes”.

E venía con la sotana remangada por no llenarla del barro de la lluvia.

Del viaje tan raudo como el rayo

olvimos de la misa matutina, que acompañó Marinín, por primera vez como monaguillo. E iba Su Ilustrísima diciéndole con disimulo cuándo debería hacer cada cosa. E tomamos el desayuno hoy en la Taberna del Corregidor, como otras veces, e ya bien despiertos dijo Marcos:

“Propondríaos hoy yo hacer un corto viaje de regreso a Fuentefría, pues algún descanso en la lectura habremos de tener y, cuando lleguen los libros, más lectura habrá, si cabe. Tomaríamos el coche e miraríamos con más detalle toda aquella parte de la ribera e, almorzando luego en Grazalema, volveríamos al atardecer, que el día de San Juan se acerca e las jornadas son asaz luengas”.

“A cosa tal no me opongo – respondí – que tampoco es de razón pasar todo el día encerrados en la casa o dando vueltas por la ciudad”.

“Si me permitís, papá – dijo mi niño -, querría yo dar mi opinión, pues mucho me gustaría volver a ver aquel bello lugar. Mas llevaría vinagre en un pequeño frasco, que esos coquitos son molestos”.

E rió don Juan sonoramente por lo oído al pequeño, e dijo luego:

“Paréceme nadie quiere invitarme a tal jornada; invitaréme yo solo si no he de ser de estorbo”.

E cambiando las ropas e tomando el coche, partimos hacia la ribera; y llegados allí probamos el agua fresca del manantial e volvió Su Ilustrísima a poner un poco de agua sobre la cabeza del pequeño diciendo:

“Aunque algunas nubes grises por el cielo andan dando vueltas, bueno será llevéis vuestra cabeza un poco fresca. Entregadme el frasco de vinagre que os ha dado Cristina e lo dejaremos en el agua; desta forma, cuando lo uséis, también estará fresco”.

“¿Lo dejaréis en la fuente? – preguntó Marino –. Tal vez alguien lo tome para sí e no pueda yo luego haber el remedio para los coquitos”.

“Cosa tal no ha de ocurrir – aclaramos don Juan e yo –, que no son estas tierras donde la gente tome lo que no es suyo”.

E volviéndose lentamente hacia el campo, dijo Marcos:

“¡Santo Dios! ¿Y quién ha de querer un frasco de vinagre en medio del campo?”.

E a esto le respondí:

“Alguien que sepa que con vinagre se alivian esos picores”.

Luego que miramos por los alrededores (sin llegar al nascimiento del Gaidóvar), comenzó a empeorar el día e púsose a caer una lluvia tal, que molestaban los golpes de las gotas de agua en la cabeza. Con esto, nos entramos en el coche e dijo Marcos:

“Dolorosos son esos golpes porque no son gotas de agua, sino granizos. Despacio iremos a Grazalema e a cubierto nos pondremos mientras llega la hora del almuerzo”.

E poniendo en marcha el coche, subimos la empinada cuesta que va hacia Puerto Chico; e la lluvia de granizos apretaba, cuando vi un rayo sobre unos riscos caer. E fue entonces cuando recordé algo que nunca había recordado:

“¡Parad! ¡Parad! – grité -.

“Sí – prosiguió Marinín -, que mi vinagre ha quedado en la fuente”.

En Grazalema y a veinte y uno del año de dos mil e seis.

20 junio, 2006

Del retrato de Dorian Gray

legada la noche, acompañé a Marino a su estancia, e, como ya hube imaginado, quería este (haciendo excepción) pasar la noche acompañado, que algunos recuerdos le perturbaban. Así, contándole otras historias, fuése durmiendo de espacio, e luego desto, apagué la luz e me fui al dormitorio.

Estaba Marcos ya en la cama y, extrañado por mi tardanza, me dijo:

“Seguro estaba de que hoy el niño no querría dormir solo. Recordad lo ocurrido con el fantasma”.

“Bien decís que algo de miedo tiene en su cabeza – contestéle – mas paréceme que no es por recordar historia alguna oída, sino por pensar, acaso, que yo lo veré crecer, envejecer e morir. Ya sabéis que no he buscado yo el método para seguir vivo tantos años. Tal como vuesas mercedes piensan e temen que morirán en mis brazos, que serán aún jóvenes, así temo yo la llegada de cada uno de esos momentos”.

E suspirando profundo e mirándome con profunda dulzura, dijo:

“No me parecéis vos un
Dorian Gray, que haya querido retratarse por vanidad o por narcisismo, que bien sé que vuestra vida entregáis sin pedir nada a cambio e con ello comenzáis a amar a gentes y esta comienza a amaros; e así luego vais perdiendo esos amores, aunque no su recuerdo; e tal cosa es de admirar”.

“No he buscado yo esta vida – le dije –, os lo repito. Quisiera, si ello fuere posible, vivir como vivís vos o como ha vivido don Juan hasta ahora e os advierto, que aún sabiendo o descubriendo el secreto, a nadie se lo daría. Pintor no sois, sino abogado, mas algo de Basil me parece ver en vuestros ojos”.

En Ronda y a veinte de junio del año de dos mil e seis.

De otros métodos para tener la Eterna Juventud (y 3)

ue Marcos a la librería a buscar cualesquiera libros que narrasen las historias de esa fuente, e insistió al volver, en que el librero le hablaba mucho de don Juan Ponce de León, del que se dice hizo con Colón su segundo viaje e que luchó en la conquista de Granada (a cuyo reino pertenecía Ronda) e fue luego enviado por don Fernando el Católico a la Florida e obtuvo permiso del Emperador Carlos V, el veinte y tres de febrero de 1512, para partir en busca de la Isla de Biminí, donde decíase se encontraba la tal fuente; e una casa construyóse en lugar llamado de Higüey e que parece casa extremeña sencilla, e dícese que lleváronse los ladrillos desde España hasta allí como lastre de los barcos. Y estaba este hombre obsesionado con la muerte; y en Cuba murió poco después, en 1521. E desto hube yo muchas pláticas con el Emperador, pues, sin viajar a tales islas, sabía él que por mí el tiempo no pasaba e de sanar su mal de la gota e luego sus fiebres hablamos repetidas veces.

E no quise yo hacer más referencias a la historia de Halevi contada por don Juan, mas en ella parecía haber curiosas claves, pues en ella se dice que la fuente está en Iberia (España), en el valle de Ambros (que es elixir o néctar) y en el monte de Pinajarro (el valle de la ribera está junto al monte del Pinsapar).

Dos días le dijeron tardarían en entregarle tales libros, mas pocos destos hay que yo no haya leído e sé que en ellos no ha de encontrar nada nuevo, mas, como cuatro ojos ven más que dos, preferí los leyese e discutirlos en su momento.

No entendía, en aquel momento, el por qué de la búsqueda del sello de oro ni qué cosa tendría éste que ver con la búsqueda que llevábamos.

E si no hay otra historia que entre dentro desta, en poco tiempo debería encontrarse alguna cosa.

En Ronda y a veinte de junio del año de dos mil e seis.

De otros métodos para la Eterna Juventud (2)

rocóse el rostro de Marcos en algo parecido al alabastro e lenvantóse con disimulo por salir al patio o a tomar aire o a que no se le se notase su malestar. Al ver esto, dijo don Juan con calma:

“Tal historia ya conocía, e no es de razón narrar estas cosas ante el pequeño. Mas bien sabéis además, que no es el único caso de la historia que nos dice las barbaridades que se han hecho por conservar siempre la vida e no se ha conseguido sino la muerte; recordad a Ponce de León. E bien decís que la vida que debe conservarse siempre joven es la del alma (y no la del cuerpo) e que ésta se obtiene en bebiendo de la Fuente del Agua Viva. ¿A qué mantener joven siempre el cuerpo mortal? Más que vivir siempre no se conseguiría sino una muerte eterna; mejor lo sabéis vos que yo. Y como narrado habéis una historia ciertamente desagradable e veo caras que no me gustan, otra historia que explica esto que digo, he de narrar; la de Yehuda Halevi, pues se dice que anduvo buscando la tal fuente e con ella dio”.

La cara del pequeño cambió e se abrieron los sus ojos e prestó grande atención; y en oyendo esto, volvió Marcos a su asiento e puso el cuerpo inclinado hacia delante por oír mejor acaso. Con esto, dijo don Juan:

“Dijéronle a Yehuda Halevi que la tal fuente se hallaba oculta en el valle del Ambros, ni más ni menos que en Iberia; no muy lejos de aquí. Al saber desto se puso en marcha con una grande comitiva hasta que le fue mostrado el monte Pinajarro, donde se encontraba la entrada a una cueva. E con muchas antorchas, entraron todos allí con expectación, mas quedaron mudos al ver resplandecer todas las paredes, pues cubiertas estaban de piedras preciosas de gran valor; e detuviéronse allí e llenaron sus talegas de las tales piedras. E pensó Halevi que la única salvación era mirar a la luz que del exterior del otro lado de la cueva venía. E por el otro salió; y allí, en medio de una frondosa pradera, halló una fuente que vertía sus aguas en una alberca. Su comitiva, cegada por los resplandores de las piedras, perdiéronse e dieron la vuelta creyendo no existía la tal fuente; mas Halevi pudo ver sus transparentes aguas y encontró un cántaro a su lado. Con esto, se acercó con ansias a llenarlo de la fuente para beber, mas, cuando lo llevaba a su boca, una mano le detuvo e le dijo: «¡No bebas, Yehuda, no bebas!» Y éste, asustado, preguntó: «¿Por qué no he de beber, no es esta acaso el agua del nunca morir?». E insistía aquel hombre: «En verdad os digo que esta agua lo hace a uno inmortal, pero no deberías beberla». E insistió otra vez Yehuda: «Si es esta el agua que buscaba, ¿por qué no he beberla?» Y entonces le dijo aquel hombre: «En verdad os digo que el que la bebe tiene la vida eterna del cuerpo, pero también os digo en verdad que hubiese yo deseado no beberla». E quedando confuso Yehuda, siguió oyéndole, e dijo el hombre: «A todos los que he ido queriendo y me querían, he visto morir. Así, perdí a mis padres, a mis hermanos, a mis hijos, mis sobrinos, y mis nietos. Muchas son ya las muertes que he sufrido e mucho me pesan todas ellas e conmigo he de llevarlas ahora para siempre. ¿Para qué quiero entonces tanta eternidad si ya nadie me reconoce?» Y al oír esto, tiró turbado Halevi el cántaro. E se dice, que donde cayó aquel cántaro se esparció el agua e regó una semilla de donde nasció un hermoso árbol longevo (una encina, se dice) e bajo ella se cobijan los nietos e biznietos de Yehuda Halevi que aún escuchan la historia de la cueva, de las piedras y del cántaro”.

“Jo, tío Juan, – dijo el pequeño – ¡esa historia sí que es muy bella!”.

E así, continué yo diciendo:

“No tengo ya por qué narrar la mía, que ésta que habéis oído todo lo aclara. Por eso habréis de comprender agora mi celibato, mas, aún así, es triste la vida sin familia y mi impulso es siempre teneros a mi lado; mas sé que un día ya no os tendré. Quisiera entonces encontrar yo el remedio contrario, el que pusiese el reloj de mi vida en marcha otra vez e dejase envejecer mi cuerpo al tiempo que todos envejecen”.

E hízose un grande silencio en la sala.

En Ronda y a veinte de junio del año de dos mil e seis.

De otros métodos para la Eterna Juventud (1)

stuvo esta tarde el pequeño con nosotros, pues el calor apretaba un poco a la hora de la siesta e dejó sus juegos para más tarde. Y, en cierto momento, insistió don Marcos en la relación que entre fuente y juventud había, e mirando primero a Marinín, creí oportuno no estuviere presente por no oír la historia que yo iba a narrar, mas, con grande entusiasmo, se asió fuertemente a mi brazo e pidióme le dejara oír aquello que yo iba a contar. Así pues, le dije:

“Adulto os creo para algunas cosas, e si vos mesmo adulto os creéis para oír ciertas historias, podéis sentaros y escuchar, mas, no vengáis esta noche a mi cama asustado recordando lo que vais a oír. ¿Prometido?”.

E con un leve movimiento de cabeza, volvióse a su asiento e restó quedo esperando aquella historia.

Levantó don Juan la mirada de su libro e parecióme ver en sus ojos una como advertencia, mas continué mi trazado e comenté a relatar:

“Tantos e tantos locos han intentado vivir por siempre, que han llegado a hacerse cosas macabras. E cómo no iba a estar relacionada esta historia con Toledo, que ya sabéis que mucho se habla della como la ciudad de los magos e brujas e otras cosas peores, como la necromancia. Así pues, algunos métodos inspiraron a algunos destos locos en la naturaleza para nacer de nuevo. Allá por el año de 1434, un tal don Enrique de Villena, que además de escritor era nigromante, sintió que llegaba la hora de su muerte e llamó a su criado negro, que además era íntimo amigo suyo, e le dio las siguientes instrucciones: «Cuando muera, habréis de descuartizarme en pequeños trozos e minuciosamente e meteréis estos trozos en una cuba que he preparado al efecto donde se encuentra una pócima por mí mesmo descubierta e que se halla enterrada en estiércol porque conserve el calor. E luego desto, tomad mi sombrero y os paseáis por Toledo con él, de forma que crea la gente que soy yo, pues nueve meses ha de durar el proceso». Así pues, el fiel criado, estas cosas fizo, e salía siempre por la ciudad cubierto con el sombrero de su amo y por éste era tomado. Mas tiene Dios los caminos muy bien trazados, y encontróse un día el criado con una procesión del viático que a alguna casa se desplazaba; e no podía quedar cubierto, por ser esto grande irreverencia. E un vecino de la ciudad, quitóle el sombrero e descubrióse que no era aquél don Enrique, sino su criado negro. Así, intervino el Santo Oficio por ver en estos hechos brujería e creer había matado a su señor. Y así también, fue la Santa Hermandad hasta la casa, descubriendo allí el grande montón de estiércol e, rompiendo aquella cuba que parecía obra del Diablo, se derramó por los suelos un viscoso líquido. E, según se cuenta, sobre él, flotaba un feto de pocos meses”.

En Ronda y a veinte de junio del año de dos mil e seis.

19 junio, 2006

De cómo comenzaron los estudios

asadas las fiestas, pusímonos Marcos e yo a releer parte de las cartas e documentos que un arca llenaban. Entre ellos, estuvo Marcos leyendo con gran interés algunas cartas en las que no se apreciaba con claridad por quién habían sido escritas, pues ni lugar, ni data ni rúbrica en ellas podía leerse. Desta forma, en cierto momento, le oí decir a media voz:

“La Fuente de la Eterna Juventud. Se habla de fuente y juventud para siempre. Parece cuadrar con el tema que nos importa”.

“No tal – comenté -. Os daré nombres de algunos libros donde se narran historias de hombres que quisieron de alguna manera conservar la eterna juventud de su cuerpo, mas no hay otra juventud eterna que la del alma que sea por una fuente producida, y ésa bien la conocéis. El resto es mito”.

“¿Cómo entonces se explica vuestra larga vida? – preguntó Marcos – que, a fe, que nadie vive tantos años e sin envejecer”.

“Otro es el motivo – aclaré – e no hay fuente de juventud alguna que conserve un cuerpo. Esta es agora nuestra tarea: descubrir qué cosa pasó y en qué momento”.

“A la librería iré esta mesma tarde y encargaré los libros que me digáis e, comparando lo que allí lea, con lo que aquí estoy leyendo, es seguro que algún dato interesante encontraremos”.

“Así sea, amigo – concluí – que si tal cosa no he descubierto en cientos de años dificultoso será de descubrir en algunos meses”.

En Ronda y a diez y nueve de junio del año de dos mil e seis.

18 junio, 2006

Del Corpus Christi en Ronda (y 2)

alió la custodia e hubo primero un grande silencio e después un murmullo. Bajo el hermoso baldaquino de caoba, veíase la custodia con el Santísimo. E así fue transcurriendo la procesión por las calle de la parte antigüa que llaman La Ciudad e pasó luego por el Puente Nuevo hacia la parte más moderna, que llaman Mercadillo, e una pieza lo acompañamos.

Siendo la salida a las once y media de la mañana e habiendo pasado bastante tiempo, nos dijo don Juan le siguiéramos por ir a tomar algún bocado. No era día de calor, como ya ocurre en Sevilla, sino que cruzando por las sombras de las calles se notaba el fresco de la sierra.

Y en un bonito bodego nos entramos e allí tomamos algo fresco y alguna chacina, y en esto estábamos, cuando preguntó Marino a Su Ilustrísima:

“Siete años cumplo el día veinte y cuatro, que es día de San Juan, ¿aún os parezco pequeño para ser monaguillo?”.

“¿Pequeño?” – respondió don Juan –. Nadie es pequeño a los ojos de Dios e muy grande – demasiado diría yo – parecéis a los míos. A misa me ayudaréis, no tened cuidado, que sé que lo que en vuestras manos se pone, no sólo se cuida, sino que mejora.

E impresionado por tales palabras, quise preguntar a don Juan de qué cosa hablaban, mas hízome éste señal con los ojos de no hacer comentario alguno; e aquesto hice, que pregunté entonces al pequeño si le gustaría comer algo especial, e así me dijo:

“Abusar no quiero de vuesas mercedes, mas en aquella pizarra me parece leer que hay mojama, e habiéndola probado una sola vez en Plasencia…”.

Y en oyendo esto y entre risas, gritó don Juan al bodeguero: “¡Una de mojama!”.

“¡Que sean dos! – gritó don Marcos -.

E volviéndose el otrora serio abogado hacia mí, me dijo:

“A tales malas costumbres sois vos, perverso capitán, el que me acostumbráis y, como en Sevilla he oído gritar estas cosas, eso he hecho, que no es de razón, habiendo mojama, dejar que la boca se me haga aguas”.

“¡Pues que sean cuatro! – gritó al punto don Juan –. ¡No vamos a quedar los demás con el antojo!”.

En Ronda y a diez y ocho de junio del año de dos mil e seis.

Del Corpus Christi en Ronda (1)

reparamos Marcos e yo a Marino con sus mejores galas por asistir a la Eucaristía e procesión del Corpus. Peinólo Marcos e le dijo:

“A fe, grandullón, que el mesmo lunes he de llevaros a que el peluquero os de un repaso, que aquí ando haciendo juegos malabares por disimularos el mal corte que ya tenéis”.

Y en oyendo estas palabras, dije:

“Peores cortes diéronme en Madrid e dijeron además que así habría de ir. No digáis esas cosas al niño. Poned sus pelos en orden porque el día lo merece y ya se verá qué le hacen. Puedo aseguraros, Marcos, que en saliendo de la casa del barbero peor que agora estará su cabellera”.
E así, bien vestidos e hasta perfumados con afeites, bajamos solemnemente las escaleras. E allí encontramos a don Juan en sus lecturas, que paréceme que libro no hay en biblioteca alguna por donde no hayan pasado sus ojos, e dijo al punto:

“Buenos días nos dé Dios, familia toda, que bien veo os habéis puesto ricas ropas e buenas galas por celebrar (otra vez) este día. E antes de salir, quisiera yo haber una corta plática con Marinín. Sólo un minuto, si no os es estorbo”.

E así, pasaron entrambos a su despacho e volvieron en poco tiempo e, yendo ya hacia la iglesia, preguntéle a mi pequeño si podría saber de qué cosa se había hablado, y esta fue su respuesta:

“A guardar los secretos estoy acostumbrado, papá, mas si por consideraros mi padre debo deciros lo hablado, he de hacerlo”.

“¡Ni se os ocurra! – contestéle – que un secreto es secreto para todos, hasta para vuestro padre, como lo es el de la confesión”.

Llevaba don Juan al niño de la mano e le preguntaba éste:

“¿En verdad soy tan pequeño para ayudaros a la misa?”.

Y así le dijo don Juan:

“Más grande de lo que parecéis sois, que hasta yo me siento inútil a vuestro lado”.

E ambos pusiéronse a reír. Y las gentes saludaban a Su Ilustrísima e se agachaban por conocer a quien a su lado iba.

17 junio, 2006

Del pájaro que huyó

omenzado ya el almuerzo, preguntó don Juan a Marino dónde había estado en la mañana, e le dijo éste que en la plaza hubo estado jugando con sus amigos; e así mesmo le dije yo que pedióme permiso para irse. E sin ningún enfado, mas gravemente, le dijo don Juan estas palabras:

“Pues larga ha sido la mañana e paréceme que con los pájaros que en el pequeño patio tengo habéis estado jugando también”.

“No tal, tío Juan – respondió el pequeño – que sólo juego con los que están en libertad e vienen a que yo les de de comer”.

“No me gusta, Marinín – insistió don Juan – que los niños mientan; e tampoco los mayores”.

“Os juro – respondió Marino al punto - que yo…”.

“¡No juréis! – fue severo don Juan –, que ya sabéis no debe hacerse; y aún menos en falso”.

“Os lo prometo entonces – respondió cabizbajo Marino –. E no sé por qué me decís esto”.

E soltando la servilleta en la mesa, miró Su Ilustrísima al pequeño e le dijo:

“Tal vez por ignorancia, y eso no lo dudo, pensasteis que podrías dejar libre a uno de mis mejores pájaros, mas no sabéis que esos no vuelven. Y mucho valor tiene un pájaro desos como para dejarlo en libertad”.

“Los que están en libertad – dijo el niño a media voz – vienen porque yo les doy de comer; los otros no necesitan venir; tienen su comida e su bebida”.

“Así es – respondió don Juan – e mucho dinero cuesta uno desos pájaros e también cuesta dinero darles de comer; que hasta treinta euros he pagado por uno dellos”.

E ante nuestro asombro, e sin que nadie dijese palabra alguna, levantóse Marino de la mesa sin abrir la boca e fuése, volviendo en una pieza por las escaleras, e acercóse a don Juan:

“Aquí tenéis, tío Juan, treinta euros, que aunque no he sido yo quien ha dejado escapar al pájaro que decís, quiero pagarlo, pues parece sólo os importa su valor en dinero e no su vida. Guardad esta moneda, e cuando descubráis que yo no he sido quien lo ha dejado escapar, entregadla a quien la necesite”.

Tanto Marcos como yo, observamos al pequeño sentado en la puerta del patinillo toda la tarde vigilando, e nos pareció ver en la mirada de don Juan una grande tristeza.

“Nunca miento – me dijo Marino al acostarse –, papá; y eso ya lo sabéis”.

En Ronda y a diez y siete de junio del año de dos mil e seis.