Tal cual he recibido el texto que hoy debía publicarse en el diario del capitán, lo he copiado y lo he publicado como se me ha dicho.
D. Marcos Ruiz y Pareja
o es el viaje de Ronda a Madrid, esto es cierto, cual lo era antaño, que varias jornadas de cansancio se vivían y eran muy duras. Mas es ahora el viaje precipitado y, aunque corto, obliga luego – el mesmo día – a llevar a cabo los menesteres que a uno lo traen a la capital.
Don Ildefonso, a Santa Justa de Sevilla llevóme e luego acompañóme hasta que emprendí el viaje; e llegado a Madrid, que no me espanta la Estación de Atocha ni la ciudad como hace pocos meses, un ¡taxi! destos tomé e a la dirección escrita acudí.
Hasta tres horas (e sin almuerzo) hube de esperar a ser recebido, que cosa tal, según entiendo, de poca formalidad me parece, pues tras la espera, se me comunicó la prohibición de andar por las calles “a mi antojo” e con armas; e “amablemente” se me dijo me adaptase a los tiempos que agora corren so pena de castigo. Estas son las libertades que agora vivimos.
Salido del lugar de la cita, tomé otro ¡taxi! hasta Atocha, pues a ningún otro sitio quería ir, que sabiendo había pendiente una recepción con Don Juan Carlos e no habiendo sido avisado siquiera de su cancelación, mejor preferí volver cuanto antes a la hospitalaria tierra que todavía es el Andalucía. Con mi gente prefiero estar, aún vestido con ropas modernas e sin mis armas, que entre infames e mentirosos.
Un sitio apartado de la gente pedí en el «ave», si ello fuese posible, e se me aconsejó viajara en «Clase Club», que de clase poco tiene y de club nada. Dormí casi todo el tiempo de la vuelta e tomé otro coche hasta mi casa de la Calle Estrella en Sevilla.
Allí di órdenes también de guardar en esas bolsas sin aire toda mi ropa, e me fue preparada la otra moderna que compróse en los viajes anteriores.
Mañana, sin falta y a primera hora, volveré con mis más entrañables compañeros.
D. Marcos Ruiz y Pareja
o es el viaje de Ronda a Madrid, esto es cierto, cual lo era antaño, que varias jornadas de cansancio se vivían y eran muy duras. Mas es ahora el viaje precipitado y, aunque corto, obliga luego – el mesmo día – a llevar a cabo los menesteres que a uno lo traen a la capital.Don Ildefonso, a Santa Justa de Sevilla llevóme e luego acompañóme hasta que emprendí el viaje; e llegado a Madrid, que no me espanta la Estación de Atocha ni la ciudad como hace pocos meses, un ¡taxi! destos tomé e a la dirección escrita acudí.
Hasta tres horas (e sin almuerzo) hube de esperar a ser recebido, que cosa tal, según entiendo, de poca formalidad me parece, pues tras la espera, se me comunicó la prohibición de andar por las calles “a mi antojo” e con armas; e “amablemente” se me dijo me adaptase a los tiempos que agora corren so pena de castigo. Estas son las libertades que agora vivimos.
Salido del lugar de la cita, tomé otro ¡taxi! hasta Atocha, pues a ningún otro sitio quería ir, que sabiendo había pendiente una recepción con Don Juan Carlos e no habiendo sido avisado siquiera de su cancelación, mejor preferí volver cuanto antes a la hospitalaria tierra que todavía es el Andalucía. Con mi gente prefiero estar, aún vestido con ropas modernas e sin mis armas, que entre infames e mentirosos.
Un sitio apartado de la gente pedí en el «ave», si ello fuese posible, e se me aconsejó viajara en «Clase Club», que de clase poco tiene y de club nada. Dormí casi todo el tiempo de la vuelta e tomé otro coche hasta mi casa de la Calle Estrella en Sevilla.
Allí di órdenes también de guardar en esas bolsas sin aire toda mi ropa, e me fue preparada la otra moderna que compróse en los viajes anteriores.
Mañana, sin falta y a primera hora, volveré con mis más entrañables compañeros.
En Sevilla y a veinte y nueve de mayo del año de dos mil e seis.


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