16 mayo, 2006

Del largo día por la espera

a orden dimos de ser llamados para la misa matutina como si en casa estuviese Su Ilustrísima, e así fuimos llamados de mañana. Un cura viejo y torpe hizo la liturgia muy de menos echamos la voz y los consejos de don Juan, que en aquellas horas, ya debería estar resolviendo entuertos, que no trataba de poner a salvo a cualquier menesteroso.

Con poca palabra y poco ánimo recorrimos primero la parte más antigüa de la ciudad y, bajando luego por la Calle de Armiñán, cruzamos el Puente Nuevo. Mirando a lo lejos el paisaje, los montes recortados sobre el cielo azulado de la mañana, dijo don Marcos:

“Mucho tiempo pasa y noticias no hay. Señal me parece esto de haber ya solución o de no haberla ni con esas mil manos que don Juan menciona”.

“Esas mil manos y la forma de su partida – le respondí – hácenme pensar que muy claro debe tener el método. A don Juan conozco mejor que a vuesa merced y a don Fernando, que aunque no siempre hemos estado compartiendo nuestras vidas, es de hablar tan sincero y claro, que se llegan a leer sus pensamientos. No tengáis cuidado por tanto de un fracaso, pues si la solución ha visto, a ella llegará”.

Pasó así un día largo y fuese el sol bajando tras las casas y la Serranía trayendo la tarde. De la casa no quisimos salir por evitar el calor que ya se acerca por estas tierras y por estar entrambos pensado en que pudiere haber noticia alguna.

Y las nueve menos un cuarto serían cuando fue avisado el servicio por recoger a Su Ilustrísima y compaña, que en la misma esquina del callejón esperaban. Con esto, salió don Marcos como una exhalación por ver quién venía y viendo se retrasaba un punto, pensé: “Los sabía; ahí están”.

En Ronda y a diez y seis del año de dos mil e seis.

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