uy entrada la noche, desperté e parecióme dormía don Marcos placenteramente; y el pequeño a mí estaba pegado. No quise moverme por no interrumpir sus sueños, mas pensé que la mejor manera de descubrir lo que ocurría no era otra sino salir al pasillo a buscar al aparente espectro que caminaba por los pasillos en las noches.Hice un leve movimiento por intentar bajar de la cama y abrió Marino los ojos pareciéndome no estaba dormido:
“¿Adónde vais, tío?” – dijo en susurros - .
“¿Acaso creéis que sois vos el único que se levanta por las noches a hacer pis? No tened cuidado que no he de tardar y restáis con tío Marcos”.
Y al decir esto, volvióse Marcos hacia nosotros e puso su brazo sobre el niño diciendo:
“Despierto estoy, Marino, no creáis que esas ideas sólo a vos os quitan el sueño”.
E viendo ya con claridad que habría de resolver aquel asunto, salí de la cama sólo con la camisa, mas tomé mi blanca, que aún no sé si esto intimida también a los aparecidos. E oí una curiosa conversación entre Marino y tío Marcos, pues decía el primero: “De espaldas le vi vestido como el capitán y oyendo sus pasos le vi alejarse de espaldas y tenía el cuerpo envuelto en luz blanca”. Y continuó don Marcos: “De espaldas le vi yo también y como decís, mas tan asustado estaba, que no oí cosa alguna y, sintiendo mucho frío por no llevar la bata, volví enseguida al dormitorio y vi que el capitán seguía durmiendo”.
Y en oyendo tales cosas e pareciéndome debía restar importancia al asunto, les dije:
“¿Qué es esto de poneros ahora a hablar de aparecidos? Vive Dios, que si existe algo parecido he de encontrarlo y, si así fuera, desta casa he de echarlo y prometo no volverá. Conversad mejor, si os parece atinado, de los planes que para mañana hay trazados, que son muchos e importantes; y dejad ya de inventar cosas que no harán sino quitaros el sueño, pues en esta casa hemos dormido muchos días ya y vivos seguimos. No veo yo peligro alguno como para perder el tiempo del descanso en comentar tales cosas baladíes”.
Y con la camisa y mi espada salí, no sin cierto reparo, al pasillo que lleva desde las escaleras hasta una gran pared con balcón a la calle. Andando quedo por él, fui poniendo oído en cada puerta que pasaba sin querer ser indiscreto, mas nada oí. Llegado al balcón que al fondo está, miré por entre la celosía la calle desierta durante una pieza y, al poco, volví a oír los pasos que hacían crujir el suelo y el ruido de la espada. En guardia me puse al punto mas nada veía, pues se acostumbraron mis ojos a la luz de las farolas de la calle. Al poco, cuando la vista se fue acomodando, encontré frente a mí una figura esbelta de hombre joven vestido y tocado a mi usanza y parecióme tocar el ala de su sombrero como saludo. No yendo yo tocado, con la mano fice un gesto, mas temblaba ésta un tanto por lo que veía y otro por el helor que sentía. Sacando el valor de donde no lo tenía, díle las buenas noches e preguntéle que hacía por los pasillos a la hora del sueño; mas no hubo respuesta alguna, sino que su aura blanquecina titilaba un poco. Así, haciendo un esfuerzo, quise ver bajo aquel sombrero la cara de mi difunto hermano, e turbado por tales figuraciones, le hablé en muy baja voz:
“Don Pedro mi hermano me parecéis y bien veo no queréis o no podéis comunicaros conmigo. Bien me parecería que a estas horas siguierais vuestro descanso, pues hay otra gente que no os conoce y, al veros así, asústanse en gran manera; más de lo que yo lo estoy. Si algo tenéis que decir, decidlo y si no es así, descansad”.
Y no oí palabras, sino que a mi mente vinieron ciertas imágenes y ciertas explicaciones, pues vi un sitio, al fondo del Tajo y debajo de los llamados Jardines de Cuenca, donde se encontraba bajo tierra un sello de oro; e parecióme oír (o algo parecido) que debería ir a buscarlo.
No sabiendo si aquello era una comunicación, díjele estas palabras:
“Descansad pues en paz, hermano, que mañana mesmo buscaré en aquella zona lo que decís y sobre aquella mesilla que tras vos se encuentra os lo dejaré si lo hallo; mas os pido la merced de no andar a estas horas por la casa. Prometedlo si podéis”.
Y al punto sentí en mi cabeza un razonamiento, pues si yo buscaba el tal sello e lo hallaba, podría quedármelo e no dejarlo en la mesilla y, al mismo tiempo, parecí entender que no volvería a vérsele si tal cosa llevaba a cabo. Al punto, la blanquecina luz fuése atenuando e sentí el calor de la noche rondeña.
“Nada hay de importancia – dije al entrar en el dormitorio - sino que la tenue luz que de la calle entra, produce reflejos que, ¡vive Dios!, buen susto me han dado. Mas ya he cambiado la posición de las celosías y el efecto ya no se ve”.
En Ronda y a veinte y cinco de mayo del año de dos mil e seis.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario