legó la noche y acabáronse los festejos y, ya sentados en el salón, hablábamos cosas sobre el viaje a Grazalema. Así, casi en sueños, preguntó Marino:“Tío – miró a don Juan e volvió a mirarme otra vez –. Padrino, ¿tardaremos mucho en volver a aquellos sitios tan bonitos? Algún remedio debe haber ahora para ponerse de forma que no piquen los coquitos”.
“Sin duda – le dije – debe haber remedios destos, que también con poco esfuerzo se espantan los mosquitos en la noche”.
Y viendo Marcos la mirada feliz de Marino, dijo estas palabras que dejaron un tanto confuso a don Juan:
“Con nosotros habréis de dormir esta noche, que mucho hemos vivido y mucho hay que comentar hasta que el sueño nos venza, pues pasado el día de mañana, cambiarán un poco las cosas”.
“Dejad los cambios para otros momentos – repuse -, que no es de razón, en día de tal felicidad, hablar dellos”.
E poco después, subimos al dormitorio y, entre bromas e risas, nos preparamos para el descanso. Quedóse el pequeño con nosotros tal como comentó Marcos y, hablando de lo tanto vivido, dijo el pequeño:
“Tío, ¿tengo que llamaros padrino como dice don Juan? Larga me parece la palabra e mi padrino no me parecéis”.
E oyendo esto, le manifestó Marcos:
“Nadie os obliga a llamarle tío o capitán o señor o padrino. Si bien os parece, decidiría yo agora cómo llamarle, que muchas maneras hay y todas me parecen buenas. Pensad, sin embargo, que el capitán es para vos tanto un amigo como un padre; y decidid luego. ¡Vamos! ¿Qué nombre os gustaría darle?”.
Hubo una pieza de grande silencio e miraba el pequeño al techo e luego a Marcos e luego a mí; e pasado este tiempo, preguntó el pequeño casi asustado:
“¿Os podría llamar papá? Trabajo me cuesta evitar deciros tal cosa”.
En Ronda y a veinte y ocho del año de dos mil e seis.


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