iré quedo a don Juan con un mensaje en mis ojos e dije luego a don Manuel el joyero:“No preocupaos, señor, que desto entiendo e yo mesmo le daré razones más tarde. Sólo quisiera decirle que sin duda se trata del escudo de mi Casa, e muy detallado. Todo ha quedado claro, mas, si he de seros sincero, el significado de ese almendro se me escapa”.
“No preguntéis tanto, capitán – dijo al punto don Juan – que vais a aturdir a don Manuel”.
“No es ello molestia – prosiguió -, ni largo de razón, pues es el almendro símbolo del adelantado, que antes de la primavera florece e, por ende, símbolo del amor duradero, de la constante vigilia; y lo del adelantado, refiérese al que siempre llega cuando aún no se le espera”.
“Interesante parece todo esto – quiso acabar don Juan – mas nos espera la cena y adelantado soy a la hora del yantar, don Manuel. Agradecidos os estamos por vuestra visita y aquí tenéis vuestra casa, ya lo sabéis”.
“Sin duda – contestó – y agradecido os quedo por contar con mi trabajo, que no he de ser gravoso, pues ver estas cosas todos los días no es corriente. Dadme cien euros sólo y en paz estamos, que prometió el capitán mostrarme el sello que a su diestra lleva”.
Miróme don Juan con asombro e, antes de que fuese a buscar el papel moneda, entréguele al joyero doscientos euros y, buscándose éste en la chaqueta dijo temíase no traer cambio. E así, le contesté:
“Nadie os ha pedido la vuelta, que quiero me digáis ahora qué cosa llevo al dedo”.
“No tengáis cuidado por llegar tarde a vuestra cena – dijo don Manuel -, pues sólo quería de cerca echarle la vista”.
Con esto, lo saqué de mi dedo y entreguéselo por debajo de la lámpara entre destellos. Tomándolo en sus manos y poniéndose las lentes, lo miró y sobre la mesa dejólo caer:
“¡Dios Santo Bendito! ¿De dónde habéis sacado tal presea? ¿No será acaso robada de museo alguno? ¡No saquéis tal joya a la calle!”.
“No, no es robada – respondíle –, pues su mesmo dueño en persona entregómelo en el Monasterio de Yuste hace ya algún tiempo”.
Visiblemente asustado, recogió sus utensilios, mostróse amable (aunque nervioso) e con agrado despidióse.
“¡Marinooooooo! – gritó don Juan –. Bajad a la cena, que ya no hay moros en la costa”.
En Ronda y a veinte y cinco del año de dos mil e seis.


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