unque apenas perdí de vista lo encontrado y allí miré por hallar cosa de importancia, fue al llegar a casa cuando escudriñamos en los detalles que el sello tenía grabados. Algo tosco (quizá de su uso) e muy pesado, conservaba muchos detalles que no veíanse a simple vista.Buscamos cosas en él de las formas que pudimos, mas nada podíamos hallar. Con esto, mandó don Juan llamar a un platero que por nombre tenía Manuel e llevó mientras don Marcos a Marino a su nueva estancia porque se distrajese en sus juegos, e dijo se encontraba a buen recaudo e ya no temía de aparecidos.
Caía la noche e pidió don Juan ese bocado que le hacía aguantar hasta la cena, cuando llegó don Manuel, hombre rechoncho, muy calvo e muy bien vestido; de edad de hasta sesenta e cinco años. En su mano traía un maletín, pues suele hacer estas cosas en su taller y, dada la importancia del hallazgo, traía sus utensilios.
Sentados en una pequeña mesa del despacho y con una luz fuerte, miró por debajo de ésta mis manos, que sobre ella estaban, e dijo:
“Disculpad, señor capitán, si mi comentario es desatinado, pero de mucho más valor paréceme el que lleváis al dedo. O mi mente comienza a fallar o es una muy buena imitación de joya antigüa que no cualquiera puede tener”.
“¿Cómo sabéis eso – le pregunté – si de lejos la miráis?”.
“Porque sin duda alguna – respondió con amabilidad – cada uno sabe lo que lleva entre manos. En este caso, diría yo, sé lo que lleváis en la mano; y tal cosa, si no os es estorbo, me gustaría conocer más de cerca, que no se ven todos los días sellos reales”.
Impresionado por su respuesta, prometíle dejarle examinar con todo detalle el que portaba una vez visto el encontrado e mostróse muy agradecido. Sacó luego una pequeña escobilla y unas lentes y mirando por ellas, fue quitando (tal vez) algunos restos de arena e dijo:
“Es oro puro sin duda; pieza de mucho valor sólo por la materia y la forma, que paréceme del siglo diez y seis. Corregidme si yerro, pues esto es importante”.
Don Juan e yo mesmo quedamos suspensos e siguió él mirándolo:
“Tiene detalles muy precisos e otros más toscos; es sin duda un sello de noble, mas quizá vuesa merced pueda ayudarme a comprender lo en él escrito, pues es cosa que desconozco”.
“Id diciendo – apuntéle – y yo os comentaré los detalles”.
“Hmmm – dijo confuso –. Tanto parece sello de noble como de sacerdote, pues dice arriba Scala Coeli y debajo De la Fuentefría”.
“Es el lema de mi Casa, señor, mas no sabemos bien su significado”.
“¿Es vuestro? – preguntó y se contestó -. Así me lo parece, mas un buen tiempo debe haber estado oculto. Un sello de oro como este es, valga la mala comparación, tan fuerte y resistente como las muelas o un cráneo; pasa el tiempo, pero se mantienen como intactos”.
“Y, decid – pregunté con intriga –, ¿qué cosas hay en él grabadas?”.
“Iba a decíroslo, sin duda – respondió – pues nunca he visto un escudo con símbolos tan dispares, que si bien se entiende por el lema que esta Fuentefría es una escalera al Cielo, son los símbolos muy de la tierra”.
No esperó don Juan con su asombro a hacer una pregunta:
“¿Cómo traducís el lema así estando una parte en latín e otra en español? Bien pueden ser dos lemas distintos en un mesmo escudo”.
“Bien decís, padre – respondió don Manuel – mas tal cual están dispuestas estas palabras, más parécenme un latinazo que otra cosa. Traduzcamos el latín e leamos todo seguido: La escalera al Cielo de la Fuentefría. Es extraño, ciertamente. Por alto he de pasar algunos términos heráldicos, que así hemos de entendernos mejor pues esmaltes no tenemos aquí. Es el escudo de un solo campo de oro y mal ordenado en el centro, que lleva bordura, y destacan sobre él una nao (o habillado) flotante sobre mar encrespado y cimada por extraño tocado de plumas, a la derecha; un árbol radiante (almendro florado, diría yo) y arrancado y desmochado y algo superpuesto al jefe en el centro; al otro lado una fuente manante surmontada por ocho estrellas, que parece mazonada y bajo la cual aparece serpes apuntada. Y, finalmente, adivínase azur el campo original”.
Y mirando don Juan con paciencia al joyero, espetó:
“¿Traduciríais tales palabras al cristiano?”.


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