o hubo llamada el domingo, que pasamos dando vueltas por la ciudad y llevando la mano al teléfono cada vez que algún sonido nos parecía aviso. A la misa fuímos e dimos gracias al Santísimo Sacramento por lo que Su Ilustrísima parecía querer remediar e pedimos pronto se solucionase tanto nuevo entuerto.Mas, esta mesma mañana, casi llegado el medio día, sonaron las chirimías del móvil de don Marcos, que no atinaba a asirlo ni a ponerlo en su correcto funcionamiento. Era el aviso de don Fernando; algo hablaron sobre los documentos entregados para liberar al pequeño de las garras de éstos que se creen sus protectores y, tendiendo su mano luego con una sonrisa, me dijo:
“Su Ilustrísima quiere deciros algo, e según me parece – bajó el tono de la su voz – deben las cosas ir bien encaminadas”.
Con los mesmos nervios que don Marcos reflejaba en el temblar de sus manos, llevé el móvil a mi oído e saludé, e luego, oí una respuesta:
“¡Ayyy, capitán, que a veces es necesario hacer cosas indebidas por conseguir las de razón!”. Heme aquí en Cáceres y con casi todo cumplido merced a el ayuda de vuestro sobrino. No tengáis cuidado, ni vos ni don Marcos, pues a poco más en Ronda estaremos y en buena compaña”.
La alegría llenó mi pecho y mi rostro cambió el de don Marcos, que expectante estaba. Alguna otra cosa más hablamos, mas prefirió darnos detalles de todo en llegando a la casa, que no era de razón dar ciertos datos hablando al aire e que todos lo oyesen. Mas, entre las cosas dichas, apuntó algún secreto que Marino le dijo sobre el muñeco que don Fernando le regalara y que en su poder ya no obraba.
Acabadas las pláticas y llenos de gozo, decidimos tomar alguna copa de buen vino de la tierra, mas no fueron algunas, sino demasiadas, según descubrí más tarde.
Usando la agenda del móvil, con la que ya me entiendo, llamé a mi casa de Sevilla y oí entonces la voz de Chuti. Tras una breve conversación por saber cómo estaban las cosas por la casa, preguntéle si sabía algo sobre el muñeco del pequeño:
“No es un muñeco tal como vuesa merced lo entiende – dijo -, sino que es uno de estos llamados ositos de peluche. Y esto, lo hace diferente de los otros muñecos. En su pecho traía una nota que pensé era vuestra. Envié la carta de Marino a Ronda e hice lo que la nota ordenaba: poner a buen recaudo el muñeco como lo está el Niño de Montañés”.
“¿Observáis cosa alguna extraña en él? – pregunté –.
“Nada que resalte, sino el paso del tiempo y el uso que se le ha dado, según paréceme, señor”.
Así pues, averiguado que el muñeco en Sevilla estaba y pronto habría más novedades, decidimos dormir un poco el efecto de las copas de vino sin alejarnos un punto de los móviles, que no volvieron a sonar.
En Ronda y a quince de mayo del año de dos mil e seis.


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