19 mayo, 2006

De las facultades de Marino

legaron a media tarde Marino y tío Marcos encontrándonos en el salón a Su Ilustrísima, a don Ildefonso Gallardo y a mí mesmo en plena reunión. Y, al abrirse la puerta, entró mi pequeño vasallo con respeto y retirado esperando acabase lo por nosotros hablado. Viéndole rezagado, preguntéle:

“¿Habéis visto ya y comprado la máquina esa que os ha de servir para vuestros estudios y vuestros juegos?”.

“Con permiso de vuesas mercedes: capitán, y sin querer abusar, he elegido el que hame parecido mejor, mas ha cambiado tío Marcos algunas cosas por otras de más calidad e muy contento vengo”.

“Bien me parece lo hecho, un acierto, pues no quiero os falle en ningún momento y os sea útil para cuanto necesitéis. Y… si no es mucho preguntar, don Marcos, ¿qué valor tiene tal artilugio?”.

Y pensando un poco la respuesta, respondió mi compañero:

“El mejor de los allí presentes y de los existentes he elegido, pues así creo que era vuestra voluntad, que no ha de faltarle al niño cosa alguna, según entiendo. Y siendo este «artilugio», como decís, el mejor que se encuentra, hasta mil ochocientos e cuarenta y siete euros he pagado”.

“Bien está lo que hayáis decidido – le dije -, mas, si no es estorbo para vos, preferiría lo dijerais en pesetas, que aún tengo mis dudas sobre los precios en euros”.

Sin espera alguna, contestó al punto Marino:

“Tres cientas e siete mil y tres cientas e quince pesetas, tío Marino. Tal vez os parezca abuso de vuestra amabilidad y eso no quisiera, pues con alguno de menos precio podría conformarme”.

“¡Repetid lo dicho! – apuntó don Marcos - ¿Cómo sabéis el valor en pesetas de lo comprado?”.

“Ni es caro – dije – ni es barato. Es lo que yo pedí se le comprase”.

“En duda no pongo vuestra palabra, capitán – aclaró don Marcos – mas, ¿cómo sabe el niño su valor en moneda que nunca ha usado?

“Bien fácil resulta saberlo – contestó Marino ingenuo –, pues basta multiplicar tal valor por las ciento e sesenta y seis pesetas que cada euro vale”.

Cruzáronse las miradas entre los presentes y preguntó mientras tanto don Marcos:

“E ¿cuándo habéis hecho tal cálculo, si de la tienda a casa hemos venido?”.

“Agora mesmo, tío Marcos – respondió - ¿Acaso os resulta dificultoso calcular?”.

Las miradas se trocaron entre profundas y confusas.

En Ronda y a diez y nueve de mayo del año de dos mil e seis.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario