16 mayo, 2006

De la vuelta de dos ángeles (1)

or la puerta entró cual lagartija y a mis brazos vino e no supe cómo reaccionar e hube de contener las lágrimas mientras a mí se abrazaba repitiendo “tío Marino, tío Marino, sabía lo conseguiríais”.

Entró solemnemente Su Ilustrísima, viéndole por primera, vez en muchos años, vestido de paisano; y tras él entró don Marcos y el servicio. En un sillón dejóse caer y sus zapatos quitó empujándolos con los pies:

“Mucho tiempo ha sido sin salir de casa y demasiado lejos he ido para ser la primera vez, mas, gracias a que mis dolamas son menos y la causa era más que justa, esta pena pequeña merecía”.

“¿Un solo día y conseguís vos solo lo que imposible parecía? – le dije –. No quito mérito al ayuda de don Fernando, pero esa mesma tuve yo”.

“Solo decís y erráis – continuó hablando don Juan –, pues además del ayuda de don Fernando, a quien siempre deberemos estar agradecidos, la mano de Dios me ha acompañó tal cual os dije; mas dejemos estos temas para cuando el pequeño haya tomado la cena y tome su descanso. Sírvaseme agora una copa de vino con algún bocado que la acompañe, que el cuerpo también necesita su cumplimiento”.

Y en oyendo esto el pequeño, miróme un punto con extraño y dijo:

“Cenar sí que quisiera, tío, mas no quisiera me dejarais dormir solo esta noche y en esta casa que desconozco. ¿Me haréis compañía? Os prometo dormir en la habitación que digáis el resto de la estancia”.

“Así será si es lo que mi pequeño vasallo pide – le dije -, que han de invertirse los papeles hoy siendo vos el señor y yo el lacayo”.

E poco después nos sentamos todos a la mesa, bendijo Su Ilustrísima los alimentos (con un cansancio que asomaba en sus ojos y resonaba en su voz) y subimos a la estancia con el pequeño, don Marcos y yo. Y preparado para el descanso, mientras le hablaba, quedóse dormido como ángel en una nube. E desta forma pudimos bajar al salón para conocer algo sobre lo llevado a cabo.

En Ronda y a diez y seis de mayo del año de dos mil e seis.

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