19 mayo, 2006

De la visita e manifestaciones del pequeño

staba yo solo en el dormitorio esta misma tarde, cuando golpearon suavemente la puerta:

“¡Pasad, abierto está!”.

“Buenas tardes – dijo Marino asomando su cara por la puerta entreabierta - ¿Puedo pasar un momento para preguntaros una cosa?”.

“Sin duda – le respondí – que para tal estoy, para daros respuesta a cuanta pregunta tengáis. Pasad y sentaos aquí, en este catrecillo a hacer esas cuestiones mientras, si me lo permitís, continúo mi labor”.

Entró en la estancia mirando a un lado y a otro y, sentándose a mi diestra, comenzó sus preguntas:

“Esta casa es de mi gusto tanto como la de Sevilla, ¿viviremos aquí mucho tiempo?”.

“No tal – le respondí – pues es ésta la casa de tío Juan y en ella estamos por hacer esos estudios que don Marcos mencionó sobre mis orígenes. Un día no muy lejano, vendréis con nosotros al lugar donde nací, Fuentefría, que pertenece a Grazalema de la Sierra. ¡No veréis en vuestra vida lugar como aquel! Pues es fresco, frondoso, lleno de ríos y de riscos por donde jugar. Pronto tendréis que hacer amiguitos tanto aquí, en Ronda, como allí. En vuestros ratos libres podréis jugar y saltar cual cabra por aquellos montes”.

Levantóse de su asiento y acercóse a ver lo que escribía en mi estuche portátil diciendo:

“¡Jo, papá! ¿También vos usáis esto?”.

Quedé suspenso por lo oído; más por lo primero que por lo segundo y, para quitar importancia al momento, prometíle habría uno en su propia habitación para sus estudios. Y así me contestó:

“Si pudiera ser destos que se ponen sobre la mesa, aunque más grandes y más baratos son, podría yo también usarlo para mis juegos”.

“¿También sabéis jugar con ellos? – respondí con intriga – Decid pues ahora a tío Marcos os he dado la orden de que se os ponga el que decís en vuestra estancia, de la mejor calidad y los menos fallos; sin escatimar en gasto alguno y lo antes que posible fuere”.

“¿Lo decís en serio? – preguntó casi asustado - ¿Puedo tener uno destos para mí solo?”.

“De mentir ni hacer falsas promesas he costumbre. ¡Vamos! ¿A qué perder el tiempo? Buscad a vuestro tío y acompañadlo a la compra. Elegid el que os plazca, mas aseguraos de que es de la mejor calidad y de los que no fallan, aunque en esto de que no fallen mis dudas tengo”.

Corriendo salió de la estancia quedándome agradecido y cerrando la puerta (cosa extraña en niño alguno).

En Ronda y a diez y nueve de mayo del año de dos mil e seis.

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