21 mayo, 2006

De la tarde que pasamos tras la comida campestre

entados en el salón, ya cayendo la noche y cansados de tanto campo y tanto llenar la tripa, estábamos don Marcos, don Juan, Marino e yo, leyendo cada uno el libro que tenía pendiente y esperando la hora de la cena. Acercóse entonces Cristina al aparador quizá para tomar los servicios de la mesa y, estando de espaldas, tomó don Juan la mesa por un lado, levantóla y dejóla caer con fuerza e con grande estruendo. Los lectores dejamos la lectura y Cristina volvióse sonriendo hacia don Juan. Desta forma, dijo Su Ilustrísima a la sirvienta:

“De tomar la cena no es hora aún, mas de abrir boca con algún vino (no para el niño) y de algún bocado sería momento apropiado”.

Y así salió la mujer del salón después de asentir con la cabeza. Y en viendo esto Marino, miró a don Juan confuso e riendo e le dijo:

“¿Acaso tenéis costumbre de dar tales sustos al servicio? ¡Pues más heme asustado yo que ella mesma!”.

“No es aquesto – le dije –. Habéis de saber que Cristina es sorda y, estando de espaldas o en caso de urgencia que os surja, ruido debéis hacer para que os mire, pues los labios lee”.

“Bien me parece – respondió el pequeño – mas quizá sería más de razón avisar antes a los que sí oímos, que tales estruendos hanme asustado”.

“No lo toméis – aclaró don Juan – como algo que a diario se haga pues, como bien dijo una vez don Marcos, sería esta casa una ruina por los destrozos en los muebles. Ahora ya sabéis qué hacer si os es necesario llamarla; si no lo es, llamad con la campanilla a cualquiera otro dellos, que mejor será para todos”.

Y a esto, con un tanto de güasa, repuso Marino:

“A la campanilla que hay en la mesita de la estancia supongo os referís, que no a la mía propia, que a gritos despertaremos a todo el barrio”.

Y haciendo este y otros comentarios, tomamos algo de entrante y esperamos la cena, que estando aún ahítos, trabajo nos costó tomar.

En Ronda y a veinte y uno de mayo del año de dos mil e seis.

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