ormíase en pie en misa, agarrado a mi capa, el pequeño Marino por la noche pasada, mas los paseos que luego dimos por la ciudad parecieron despertarle un poco.Me entré unos momentos en el bufete de don Juan, sabiéndonos a solas, e preguntéle si en aquella casa nadie comentaba cosa alguna anormal, e no obteniendo respuesta, sino oyéndole preguntar sobre las cosas anormales a que me refería, le dije sin rodeos:
“En casa tenéis un fantasma que pasea libremente todas las noches por los pasillos y ¿nadie lo ha visto?”.
Se echó atrás, tenso, en su sillón y abrió los ojos con espanto:
“¿Qué cosa decís de fantasmas, capitán? En esta casa llevo viviendo más de veinte años y nada extraño he visto ni oído y vos mesmo habéis estado en ella, día y noche, muchas jornadas ya. ¿Queréis decirme qué cosa habéis visto ahora que de una aparición me habláis?”.
“Bien sabéis – comenté - que soy persona de cabeza sobre los hombros, mas he deciros que anoche casi la pierdo al encontrarme de frente el espectro de mi propio hermano. Don Marcos y Marino también lo han visto, no penséis ando inventando historias”.
“Nada de eso he dicho, capitán – contestó ya más sereno – mas sí que me temo que no se me ha presentado a mí y, de haberlo hecho a alguno de los sirvientes, ¡toda Ronda lo sabría ahora mesmo, vive Dios!”.
“Algunas cosas nuevas – terminé - he de comentaros entonces con más calma, que no me parece el momento apropiado. Vayamos ahora a comprar los preparativos para el acto del sábado y ya os daré detalles de lo ocurrido. No lo creeréis, pero es cierto”.
Así, subiendo por la Calle de la Bola, fuimos mirando cuanto de interés nos parecía, pues está esta calle toda llena de tiendas e bazares e por allí no pasan los coches, haciendo el paseo más seguro e placentero. Y a Marino vi pegado al cristal de una de aquellas tiendas observando lo que allí había y, agachándome a su lado e tomándole por la cintura, le dije:
“¿Mira el señor algún otro espectro? Pues así paréceme, que no apartáis la vista de no sé qué cosa que haya ahí, en el interior”.
E riendo el pequeño, me dijo un poco retraído:
“Ningún espectro observo, tío, sino un «emepetrés» de color azul que tiene «radio» y otras cosas”.
E no entendiendo yo muy bien de estos aparatos, quise me explicase su funcionamiento y su uso. Así le pedí entrásemos en la tienda por preguntar y, tomándome de la mano, llevóme al interior e por él preguntó. E mostróme luego artefacto tan pequeño que en un puño cabía y, según las razones que me dio, en su interior podía meter música para oír durante días. Gustóme el tal invento del «emepetrés» (MP3, me corrigió Marino luego) y, preguntando al tendero si había más dellos, dos compré. Y la cara del pequeño mudó y restó quedo:
“¿Es alguno dellos para mí, por ventura?” – preguntó con timidez -.
¿Qui lo sá? - respondí encogiendo los hombros –. Como regalo por vuestra renovación del bautizo no sería baladí, ¿no es así?”.
Eligió además don Marcos la ropa apropiada, zapatos y una cruz quise yo llevase al cuello y en estos menesteres fue de gran ayuda Su Ilustrísima, que conociendo a los tenderos dedicóse al regateo.
En Ronda y a veinte y cinco de mayo del año de dos mil e seis.


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