iendo al poco que caía Marino rendido por el cansancio y entraba en un sueño profundo, avisóme Marcos dando unos golpes en mi hombro por ver si estaba dormido (que despierto estaba y recordando lo vivido):“Marino, Marino; ¿estáis despierto?”
Y mirándole en la penumbra y cuidando de que el niño no despertara, le dije en susurros:
“¿Qué creéis vos, que después de noche tan movida podré dormirme con facilidad?”.
“Salgamos al pasillo – dijo muy quedo – que alguna cosa quiero deciros”.
Así pues, nos levantamos ambos de la cama con sumo cuidado y muy de espacio dejando a Marino dormido y salimos al pasillo sin encender luz alguna. Ya allí y cerrada la puerta, miró éste a un lado y a otro con atención y, no viendo espectro alguno, preguntó:
“¿Por qué mentís?”
“No sé de qué mentira habláis – contesté – mas si me dais más datos, pudiera yo aclararos alguna confusión que debe haber”.
“¡Vamos, capitán! ¿Por ventura pensáis que voy a creer lo de las luces de la calle y las celosías? Esas luces que alumbran ahora las calles son amarillentas, anaranjadas, diría yo; y las luces que hemos visto Marino y yo eran blanquecinas; tal vez con un tinte suave verdoso o azulado; pero no es sólo eso, sino que esas luces se movían con silueta de hombre vestido a vuestro estilo y, lo más importante, diría yo que tenía vuestros mesmos andares. Tal era el parecido”.
Reste en silencio una pieza e dije al cabo:
“No os he mentido, amigo; nunca miento. He inventado un cuento porque ciertas cosas no sepa Marino. Sabed que lo que tomasteis por fantasma o espectro, lo era. No sé cómo, no me pidáis muchas razones porque ni yo mesmo lo entiendo, mas parecióme el espectro de mi hermano”.
“¡Santo Dios! – exclamó - ¿Y no huisteis del espanto? ¿Qué cosa habéis hecho?”.
“De lo hecho no tengo razones, sino que he recebido mensaje de buscar un sello de oro que en cierto lugar se halla. Si esto hago mañana mesmo, no volverá a verse el espíritu de mi hermano esperar por estos pasillos a encontrarse conmigo”.
“¿Por qué con vos? – levantó un poco la voz - ¿Acaso no podría haber dado tal aviso a otra persona?”.
“Mucho tiempo ha esperado para que esto ocurra – razoné -, aunque el tiempo para él no pasa como para nosotros; mas ¿no os dais cuenta de que siempre lo habéis visto de espaldas? Pues de frente e bien cerca lo he visto, su saludo me ha dado y el mensaje; habrá que saber ahora cómo se encuentra un sello de oro enterrado entre las piedras”.
“Creeros es dificultoso – dijo asustado -, pero esta explicación no me parece una mentira. No tened cuidado, que hay artilugios para buscar metales escondidos. Os ayudaré, mas espero sea cierto lo que decís”.
“Tan cierto, querido, como que Marino hase despertado y a vuestro lado lo tenéis”.
En Ronda y a veinticinco de mayo del año de dos mil e seis.


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