21 mayo, 2006

De la invitación a una comida campestre del domingo

speramos un poco a la salida de la misa mientras Su Ilustrísima daba cumplimiento a los muchos saludos que la gente le hace y, hablando estaba yo con Marino sobre la renovación de su bautismo, cuando vi aparecer a don Diego de Monteliz que vino hacia mí con grande contento:

“Capitán – me dijo –, de veros otra vez por Ronda mucho me alegro, que acabará ésta siendo la ciudad que vuesa merced elija al cabo para vivir el resto de su vida. ¿Esperáis a don Juan?”.

“Así es - respondíle – que ya sabéis cuánto se entretiene pues a todos saluda, cosa que tengo a bien, pues es señal de que el pueblo lo quiere”.

“Bien lo sabéis, amigo – repuso – que no hay mano ni anillo más besados en todo el sur de España. Aquí esperaba yo su aparición, pues con él y con los presentes por ende, quería yo haber unas palabras ahora”.

Y en oyendo aquello e viendo miraba a don Marcos y a Marino, comprendí sería oportuno presentarlos y esto hice:

“Me complace conozcáis a mi valido, don Marcos (tanto gusto, respondió éste) y a Marino, mi pequeño ahijado y al cual pronto queremos bautizar”.

Y dirigiéndose al pequeño poniéndose algo a su altura, espetó:

“¡Mirad qué hombrecito! Buen vasallo será habiendo el señor que tiene, valido tan gallardo, y a buen seguro de grande saber, y tío obispo como pocos hay. Decidme, pequeño, ¿os gustaría venir al campo a ver mis animales, jugar en el río y comer entre los árboles al fresco?”.

“Sin duda, señor – contestó Marino – mas debería antes a mi tío pedir se me concediese para ir tal merced”.

¡Dios Santo! – repuso don Diego – . A fe que aparenta más años de los que tiene por su respuesta o menos, según se mire. Claro está que la invitación es para todos, como lo fue no ha mucho para don Juan y vos mesmo, capitán”.

Y ya sabiendo de su insistencia en las invitaciones y la ilusión que al pequeño haría pasar el día en el campo, le dije:

“Sin duda será para todos de gran contento vuestra invitación; esperemos la respuesta de don Juan”.

Y riendo don Diego sonoramente, espetó:

“¡Ay, ay, ay, que en ese aspecto me parece no conocéis bien a vuestro tío don Juan, pues en oyendo hablar del yantar campestre nunca se niega”.

Y así, esperando a que saliese del templo Su Ilustrísima abrazóse Marino a mis piernas y mirándome levantando la su vista, dijo a media voz:

“Tío, decid a tío Juan que este señor buenas viandas e salazones tiene”.

En Ronda y a veinte y uno de mayo del año de dos mil e seis.

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