entados estábamos en el salón y escuchaban don Marcos e don Juan cuanto tenían que saber de lo que estaba ocurriendo, cuando entró corriendo Marino diciendo:“¡Papá, papá! Tengo amigos que me esperan en la calle para ir a jugar a la plaza ¿Me dais vuestro permiso?”.
“¿Qué es esto de llamar papá al capitán aunque vuestro padrino sea? – preguntó don Juan reprimiéndole – Ciertas distancias e cierto respeto le debéis”.
Así, quedó el pequeño suspenso e mirábame confuso e miraba luego a su tío Marcos, e dije a Su Ilustrísima:
“Esta confusión habéis de perdonarme, pues yo mesmo permiso le he dado para que me llame como quiera, que no me parece de razón obligarle a decirme lo que no siente”.
“Falta de respeto me parece – dijo don Juan – mas no soy yo el que ha de decidir tales cosas. Si os place os llame padre (papá, dijo el pequeño)… o papá, será que tanto vos como Dios Nuestro Señor así lo deseáis. Mirando esto de otra forma, tampoco creo sea poco respetuoso, que peor me suena os diga tío, pues úsase ahora esa palabra en otra forma”.
Acercóse entonces Marino a mí e me dijo quedo si podía salir a jugar y, pensando yo en que ningún niño encerrado aprende buenas cosas, tomé un pellizco en su nariz e le dije:
“Cuantos más amigos tengáis, más cosas aprenderéis y no he deciros que habéis de tener cuidado con lo que hacéis y con los coches que cruzan por las calles, pues aunque os lo diga, vos mesmo habéis de aprenderlo. Respetad a las personas como a mí mesmo, e con tal cosa que hagáis, quedaré conforme”.
“Eso haré – contestó con gran contento –. No tened cuidado, que he de respetar como decís a las personas”.
Díjele luego no estuviese más de una hora, e así, fuése corriendo.
“Mas me preocupa ahora – proseguí - que estos cambios afecten a los que me acompañan, pues mi vida ha sido larga e nadie me asegura si aún lo será más”.
“Demasiada importancia - dijo don Marcos – dais a lo que ahora cambia. Disfrutaría yo de lo que habéis a vuestro en derredor y dejaría que las cosas viniesen”.
En esto estábamos, cuando entró Cristina a tomar algunas cosas del aparador, e viendo las caras allí reunidas, dirigióse a mí en diciendo:
“Tal vez no sea atinado que yo os dé un consejo, mas paréceme que esta novedad no ha de durar mucho, capitán, e yo mesma pondría vuestras ropas en unas bolsas a las que se les saca el aire e así se mantienen como intactas. Además, es opinión mía que no quiero toméis a mal, ¡bien gallardo se os ve con estas ropas modernas! Dejar la espada en espera un tiempo tampoco me parece un problema. Ya veréis como volverán a cambiar las cosas”.
“Agradecido os quedo por lo dicho – manifesté – que a veces ve la mujer cosas que hombre alguno vería. Haced eso que decís de las bolsas sin aire e dejad que yo ponga a buen recaudo mis armas, que en esto, prefiero poner yo la mano”.
Resté luego mudo, como Cristina, mirando al suelo e con gesto grave e, viéndome así, manifestó don Juan:
“¿No sé yo qué importancia le dais a un uniforme? Que no es más que eso, capitán”.
Y levantando con respeto la vista a los ojos de Su Ilustrísima, le contesté:
“La misma que vos dais al vuestro, padre. Ojalá no nunca llegue el día en el que os lo prohiban”.
En Ronda y a veinte y ocho de mayo del año dos mil e seis.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario