entados en el salón estábamos don Juan y yo con Marino, que recebía sus clases en aquesta primera mañana e, saliendo un poco del tema que tocaba, pedí la merced de hacer una pregunta al pequeño y a ello su consentimiento dio Su Ilustrísima. Así, cerró Marino su libro y, apoyando los codos sobre la mesa, dejó descansar su cara en la palma de sus manos:“Decidme, tío. ¿Qué cosa queréis saber? Pues de buen grado os daré razón si ésta sé, que aún no todo he aprendido”.
“Pensad ahora que de un nuevo dios llamado Tenoch os hablo. ¿Creeríais en él?”.
“No tal – respondió -, pues su historia ni sus hechos ni su mensaje conozco”.
“¿De qué os sirve entonces la fe? – insistí -. Pues en asegurándoos yo que Tenoch es el único y verdadero dios, la fe debería haceros creer en él”.
“Cierto sería eso si pudiese ver sus templos repartidos por el mundo y sus obras – aclaró -. Pudiera ser también que este dios que decís, sea el mismo que conozco, mas, la fe me lleva a Jesús y, si me apuráis, puedo deciros que no sólo por la fe creo en él, sino que poco le he pedido y mucho me ha concedido. Así pues, a Jesucristo Nuestro Señor tengo como mi guía y a vuesas mercedes como mis acompañantes”.
Hízose tal silencio en la sala, que oíase el respirar acelerado de don Juan, que al cabo dijo:
“¿Queréis entonces voluntariamente ser bautizado y entrar a formar parte de la Iglesia y cumplir con vuestras obligaciones?”.
“Nada me obliga – respondió – sino que es ese mi deseo”.
“Sea pues; que el sábado venidero haremos el bautizo y visitaremos luego a ciertos señores que quieren conoceros y al medio día un almuerzo especial preparemos aquí porque vuestra entrada en la comunidad cristiana quede con buena memoria”.
“Así sea – respondió con candidez – mas sería de mi agrado acudiese el servicio tal como acude la familia, que necesito ver que todos somos iguales”.
Y con esto (y nuestro asombro) siguió don Juan dándole las liciones que quedaron incompletas.
En Ronda y a veinte y dos de mayo del año de dos mil e seis.


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