azonó don Marcos tal cual yo lo fice, pues a entrambos se nos venía la intención de don Juan de solucionar aquel entuerto, mas, siendo así, e como pensamos, necesitaría éste de la documentación para resolver ciertos menesteres, y esa documentación obraba en manos de don Fernando. Así, quiso don Marcos dar aviso por el móvil a mi sobrino, aunque hora temprana era, por saber algo más de tal asunto, mas convencíle de que mejor sería esperar alguna respuesta.Con esto, bajamos a tomar el desayuno y, viendo el servicio quedaba vacío el lugar de la presidencia de la mesa, se me dijo ocupase yo tal puesto e los alimentos bendijera. Apareció entonces Cristina, con su sonrisa siempre amable y su mirada fija en nuestros rostros, y pensando yo que además de leer los labios leyese los pensamientos, ni dije ni pensé cosa alguna de tal asunto, mas, dirigiéndose a mí con toda su amabilidad, entregóme un papel doblado que dijo le entregó don Juan.
Servido ya el desayuno y ausentado el servicio, abrí los suaves pliegues de aquel papel por leer su contenido, de forma tal, que pudiese don Marcos oírme e no el servicio:
“Querido capitán y sobrino y querido don Marcos, que en vuestra casa estáis como yo en la mía. Ante todo os pediría la merced de vuestro perdón por no avisaros de mi salida, pues de haberlo hecho, mis planes no serían los esperados. Espérame don Fernando en Madrid en este medio día para partir hacia Cáceres e solucionar lo que vuesas mercedes creíais imposible. Esperad pues una llamada mía donde he de deciros cómo van las cosas. Alabad al Señor como se merece, rogad por la pronta solución y sabed que la mano de Dios es más fuerte que miles de manos humanas”.
Sin algún otro comentario, doblé de espacio el papel leído e púselo en la mesa a mi lado. Así, comenzamos en silencio el desayuno, mas, pasados unos instantes, dijo don Marcos:
“Su Ilustrísima ha de saber lo que hace, que conocimientos, poder y documentos para ello tiene. Dejemos pues dé los primeros pasos y esperemos su aviso. Terminado el desayuno deberíamos salir a dar una vuelta por la ciudad en la espera. ¿Lleváis vos vuestro móvil?”.
“En mi faldriquera está – respondí –; no os quepa duda”.
En Ronda y a catorce de mayo del año de dos mil e seis.


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