14 mayo, 2006

De la extraña sorpresa de este domingo (1)

legada la mañana de hoy domingo, extrañóme no oír el aviso para la misa matutina y, viendo a don Marcos sumido en un profundo sueño, aprestéme por bajar al salón y saber qué cosas podrían estar ocurriendo.

Bajé con priesa los escalones y encontré a Servando – sirviente que poco se deja ver y poco habla – recogiendo algunos enseres que sobre la mesa había. Acercándome a él, le di los buenos días y preguntéle el motivo del cambio de horario, e así me respondió:

“Sé que el señor ignora o extraña los cambios producidos, pues hase ausentado Su Ilustrísima dejando orden de no interrumpir vuestro descanso, que misas hay a todas horas hoy”.

“¿Ausentado decís? – pregunté como en sueños - ¿Acaso no quería le acompañásemos a la misa de ocho?”.

“No es aqueso que decís, señor – respondió Servando –, pues no se ha ido a la misa, sino que su ausencia será de varios días”.

No dando crédito a lo oído, le dije estas palabras:

“Acaso mal he entendido lo que decís, pues de ninguna ausencia me ha dado aviso, mas no quiero ser ni indiscreto ni saber más de lo que él quiera yo sepa. Es seguro que en poco tiempo regrese o avise acaso al móvil, que pienso debe haberle surgido algo importante e no ha querido ser estorbo avisando tan temprano”.

“Así será – respondió parco – pues tampoco el servicio sabe más de esta ausencia”.

Y en mi cabeza se agolparon ideas, que aunque descabelladas, bien pudieran peinarse. Deste modo, pedí a Servando me indicase dónde se hallaba la tahona de don Ildefonso Gallardo y, otra vez con voz seca y pocas palabras, contestó:

“El desayuno está a punto, señor, y si algo quisiéredes de especial tomar, yo mesmo iré a por ello”.

“Preferiría – respondí inventando la respuesta – ir yo mesmo en persona por… alguna necesidad que tengo de platicar con este artesano y sería complicado daros el recado”.

Y mirándome con grande sorpresa, repuso:

“No creo encuentre vuesa merced al tahonero en el horno, pues temprano vino a recoger a Su Ilustrísima para llevarlo a Sevilla”.

“Repetid lo dicho – le exhorté -; repetid eso y de espacio”.

“Os digo, señor – repitió con otras palabras – que partió Su Ilustrísima bien temprano hacia Sevilla y, según parecióme ver, era don Ildefonso quien lo llevaba en su propio coche; no creo por tanto esté ya de vuelta en Ronda, mas si quisiéredes…”.

Dejé de oír lo que decía y subí de cuatro en cuatro los escalones hasta la estancia y, al verme don Marcos entrar vestido y cubierto, dijo a media voz:

“¿Acaso habéis ido a la misa y aquí me habéis abandonado?”.

Y dando unos pasos hacia la cama, le dije en alta voz:

“Ni de misa vengo ni a ella voy, sino que vengo a buscaros, pues don Juan se ha ausentado sin dejar razón alguna”.

“¡Dios Santo! – respondió saltando de la cama – ¿Le ha ocurrido alguna cosa?”.

“Mucho me temo que a nosotros nos ha ocurrido. Oídme bien y razonad de espacio. Con don Ildefonso Gallardo ha partido esta mañana temprano hacia Sevilla y razón alguna ha dado sino que no se nos moleste. Si por vuestra cabeza pasa alguna idea, os ruego la manifestéis, pues paréceme ha de ser la mesma que por la mía pasa”.

En Ronda y a catorce de mayo del año de dos mil e seis.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario