27 mayo, 2006

De la expedición a Grazalema (y 4)

lena la tripa, descargada la lengua y tomado el café, volvimos a dar un paseo por la villa. Cerradas estaban todas las iglesias, pues un solo párroco hay para dos mil almas, aunque en total, según la importancia que tuvo Grazalema, hasta seis iglesias pueden contarse: Santa María, La Aurora en la plaza, San Juan, San José y las ermitas del Calvario y Nuestra Señora de los Ángeles. Paróse don Juan a mirar la magna fachada de La Aurora, que al fondo de la plaza se levanta en piedra e, haciendo un gesto de pesar, dijo:

“Nuestro Señor permitió en su momento fuesen estas iglesias expoliadas. Y así como lo fueron, cayó esta villa en un grande abandono. Ahora parece recuperada”.

“Eso creo, tío Juan – dijo Marino – pues el gazpacho y las costillitas no estaban hechas para los muertos”.

“No para los muertos – respondió don Juan solemnemente – pero sí para los muertos de hambre. O ¿no habéis resucitado con tales manjares?”.

Luego, entre risas, subimos a asomarnos al Tajo de Grazalema, que aunque no es como el de Ronda, también corta la respiración, e viendo el pequeño había al lado una piscina donde nadar, pidiónos le dejásemos refrescarse. Y, dejando pasase un poco de tiempo por hacer bien su digestión, le concedimos un baño con don Marcos e reposamos allí don Juan y yo un buen rato.

“¿Qué cosa pensáis? – manifestó don Juan –. Tal vez no sea esto lo que esperábais de Grazalema tantos años pasados, pero todo cambia”.

“Así lo creo yo – respondí -, y afortunadamente no quedan como estaban. La fuente recuerdo y ahora sé cómo está; el lugar exacto de la casa, el lugar de mi temazcal, el lugar de los sembrados… Volvamos a Ronda si no es estorbo para vuesas mercedes”.

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