27 mayo, 2006

De la expedición a Grazalema (3)

ncontramos a Marino y a don Marcos refrescando sus cabezas en la fuente después de haber subido a los riscos y, según apuntó don Juan, era ya hora de ir a Grazalema, que no habría de esperar el almuerzo.

Pasamos el Puerto Chico y ante nuestros ojos apareció la villa que parece suspensa de la las rocas. La ermita que a la diestra queda me pareció muy cambiada y los que llamábanse Los siete pinos [torcidos], más parecían un panteón que un jardín para solaz. Subimos hasta el puente que cruza el Guadalete, casi en su nacimiento, y quedó también a mano diestra la capilla de la Santísima Virgen de Lourdes. Desde ese momento, nada me pareció igual. No era ya Grazalema un pueblo de la Serranía, sino una ciudad pequeña y manipulada. Así, en el pueblo entramos hasta la Plaza de España, a la que siempre se ha llamado “La Alameda” y, dando una vuelta, pasamos al llamado “Asomadero”, donde podíase dejar el coche.

Miré la plaza con nostalgia, pues no era ya aquella la que conocí en los años de la villa industrial que dedicábase al buen paño y a los buenos quesos e otras salazones. Entrando por la calleja que al asomadero lleva, encontramos un pequeño restaurante donde saciar nuestra sed e nuestra hambre. Así, dijo don Juan al ver la puerta de tal establecimiento:

“Dios nos guía, que a buen lugar hanos traído porque el cuerpo necesita tanto cuidado como el alma; e paréceme que aquí hay buena bebida e buenas viandas. Entremos”.

E así nos pareció sitio apropiado para el yantar y el descanso e, sentados ya a una mesa, vino un mozo e preguntó qué deseábamos.

“De momento – dijo don Juan – traíganos vuesa merced algún refresco, que el campo agota con el calor; luego, díganos, si no os importa, qué cosa habéis para llenar la tripa, que también el campo abre el apetito”.

“Cosas sabrosas podréis tomar aquí, padre – díjole el mozo observando su sotana – que unas costillitas de cordero empanadas tenemos, que quitan el sueño de una semana”.

Y marchándose el sirviente, observé a Marino balancear sus piernas en la silla un tanto expectante, e dirigiéndome a él, preguntéle:

“¿Acaso tampoco os gustan estas costillitas que este hombre ofrece? ¡Pues bien ricas que están! Y, vive Dios, que como se comen en Grazalema, no se comen en sitio alguno”.

En oyendo esto, espetó Su Ilustrísima:

“Ayyyyy, he de dar órdenes en casa a Cristina para que estos manjares ponga más a menudo, que siendo bueno el solomillo, unas costillas adobadas levantan el espíritu”.

Y seguía Marino un tanto asustado mirando a un lado e a otro e, al cabo, dijo:

“Tío, no creáis de vuestra amabilidad quiero abusar, mas, ¿en este lugar ponen gazpacho?”.

Oyéronse risas, mas con respeto a lo dicho. E así, le dije a mi ahijado:

“Si no lo hay, otro lugar buscaremos donde lo sirvan, pues comedor donde no se sirve este plato en verano, no es comedor”.

“Sabed – dijo en baja voz – tengo en la cintura picores que han de estorbar el almuerzo. Tal vez, tío, algún bicho me haya picado a la altura del cinto”.

Y en oyendo esto, reíme un tanto conteniendo mi conocimiento de su ignorancia e le dije:

“¡Coquitos! Sin duda son coquitos lo que os estorban, que destos muchos hay entre el pasto. Con un vaso de vinagre aliviaremos los picores”.

“¿Vinagre? – preguntó el pequeño – ¿Y he de beber eso para quitar los picores? Deje vuesa merced los picores donde están y probemos esas costillitas o ese gazpacho, que ya se irán los coquitos con el tiempo”.

Entre risas, pedí al chico me mostrase su cintura, que roja estaba de los picores y de arrascarse, e viendo esto, le dije:

“No es el vinagre para beberlo, sino para untarlo en la piel, que estos coquitos se van con su olor”.

Poco después vino el mozo con algunas cervezas frescas y un refresco para el pequeño y así, le dije al chico preguntase si había lo que él quería tomar, e con gran esfuerzo, le dijo al mozo:

“Cosa que llaman gazpacho ¿tenéis?”.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario