27 mayo, 2006

De la expedición a Grazalema (1)

ntes de la hora al uso fuimos llamados por preparar lo poco que íbamos a llevar en nuestra visita a Fuentefría y Grazalema. Íbamos todos como en uniforme con la ropa que compró don Marcos como la adecuada para ir al campo, mas estos pantalones a los que llaman «vaqueros» no son de mi agrado, pues es su tela recia y demasiado fuerte y mucho aprietan todo el cuerpo en bajando la cintura. Son los calzados, sin embargo, las llamadas «zapatillas de deporte», que, de colores llamativos, hacen que parezca flotan los pies por los caminos. Y como camisa llevamos una muy ancha que deja transpirar la piel y tiene cortadas las mangas e dibujos sobre el pecho (que no me parecen escudos) e no va abotonada, sino que siendo de una pieza, por encima de la cabeza se pone.

“¡Tio Marino! ¡Qué chuli! – exclamó el pequeño –. No parecéis ahora un capitán, sino hombre moderno”.

“Callad, niño – respondíle – que como desnudo me siento si no fuese por lo apretado de estos pantalones y porque la blanca me falta. Pero escondida bajo el cinto, como en una faldriquera, llevo mi pequeña daga, que sin algo que me proteja, me siento como perdido”.

“Pues mejor la llevéis siempre encima – dijo al punto – que no es de razón perderse por los montes”.

Terminada la misa y dado buen cumplimiento al desayuno, al coche de don Marcos subimos sin convencer a don Juan dejase la sotana en el armario. Y fue ameno el viaje, pues al pequeño Marino fuíle mostrando cada parte que conocía e contándole las historias por allí vividas. Desta forma, ni siquiera aparecieron las náuseas de la retorcida carretera. Ordené a don Marcos no tomase por el camino del monte (que del alto de Montejaque parte y en donde encuéntrase el que llaman “El Dolmen del Gigante”, en la finca de Buendía). La bajada del puerto comenzamos y hasta un gran lago artificial que hoy allí se encuentra llegamos y que es llamado “El Pantano de Zahara”. En este punto y tomando el camino hacia la izquierda en el llamado cruce de Los Perales, pasamos cerca del Peñón de Audita, cuya historia no quiero comentar aquí por ser luenga e densa, y comenzamos la subida serpenteante de la Ribera del Gaidóvar.

Iba Marino – y a veces don Marcos - preguntando cosas sobre lo que veíamos y don Juan, de cuando en cuando, alguna oración decía, no sé si por haber buen viaje o por la vista que ante sus ojos se iba presentando. A la diestra, quedaba una gran pared de montañas que el Puerto de las Palomas tiene como alto y en sus faldas se ven unos a modo de agujeros, que son llamados Las ventanillas y que nadie sabe por qué están allí. Al otro lado, queda la bajada del río y, más allá un monte de encinas moteado. Algo más tarde pasamos por La Batana, el lugar donde las aguas cantan y crecen los frutales. Después, La Borreguilla, con su otra fuente, y llegando casi a lo más alto de la subida, la Fuentefría, que llama agora mucha gente “El agua fría” («aguanfría», dicen). Cruzando el puente que a poco antes se encuentra, dije a don Marcos hubiese cuidado con el camino, pues pronto encontraríamos el lugar de mi infancia. Y allí, junto a un sauce centenario, manaba el agua mágica que casi vióme nacer.

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