legó la noche e subimos a nuestras estancias e, desaparecidos los temores y hecha la mudanza de un dormitorio a otro, fui a dar gracias con Marino junto a su cama. Y ya preparado para el descanso, así le dije:“Un hombrecito sois ya; y con vuestros tíos Marcos e Juan, el cura, estaréis sólo dos días, que siempre habréis de tenerme a vuestro lado”.
E resté luego quedo pensando en algunas palabras de gran parecido que un día dije a Su Ilustrísima siendo un niño como este, hasta que dijo Marino:
“¿No es posible vaya yo con vos a Madrid mañana? Me gustaría hacer ese viaje e sentir la velocidad del «ave», e acompañaros a donde vayáis. Os esperaría, si fuere necesario, en algún jardín o en casa de don Fernando. ¿Por qué no me dejáis acompañaros?”.
Y tras una pieza de meditación, respondíle:
“Tampoco tío Marcos, que nunca de mí se ha separado, podría venir, pues este asunto he de resolver yo solo, que así ocurre algunas veces cuando uno ya es un adulto. No se puede ir siempre con alguna compañía e mañana es uno de esos días en que he de acudir solo a cierta visita; y en las calles del Madrid de agora no os dejaría esperando un instante, que es ciudad peligrosa. Dormid agora, disfrutad estos días, tomad vuestras liciones e jugad con vuestros nuevos amigos, que pronto papá estará de vuelta con quienes quiere estar”.
“Así he de hacerlo – respondió obediente - pues así me lo pedís; mas quisiera supierais que no quedo aquí con gran contento”.
Y despidiéndome dél, apagué las luces e abrí la puerta; y volviéndome luego hacia él, le dije a media voz:
“No olvidéis que Cristina os enseñará cómo hacer el gazpacho. Uno hecho por vos mesmo quiero catar en volviendo. Descansad”.
En Ronda y a veinte y ocho de mayo del año de dos mil e seis.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario