30 mayo, 2006

De la corta estancia en Sevilla y la vuelta a Ronda (y 2)

alíamos ya de Sevilla, a medio día, cuando recordé que quedóse atrás, en casa, el muñeco de Marino, mas aconsejóme Ildefonso no dar la vuelta por recogerlo e llegar a buena hora a Ronda. Así, seguimos el camino (al que ya me iba acostumbrando a recorrer a tales velocidades) e hicimos alto en la venta que llaman de El Tikutín, que a Algodonales pertenece e frente a Zahara de la Sierra se halla y donde amistades tengo, aunque sobre ellas he visto pasar inexorables los años. Fue la parada por haber un corto descanso e tomar algo que nos refrescase, que estando el día poco caluroso, calores siento ahora en vez de vértigos.

Seguimos luego hacia nuestro destino e, tomando el móvil, di aviso a Marcos de que a medio camino nos hallábamos e oí a Marino gritar del contento y a don Juan dar órdenes de preparar las cosas.

Pasado el lugar que llaman El Hondón – más allá de Montejaque – pedí a Ildefonso hiciese otra parada por tomar aire fresco e moverme un poco sobre mis propias piernas, que es llamado estirar las piernas, e un poco más tarde llegamos aunque con holgura para el almuerzo.

Salieron todos a recebirnos a la esquina del callejón, e aunque insistimos, no quiso Ildefonso quedarse a comer en casa, pues también él tiene la suya e de descanso andaba mermado. Fueron los saludos en la calle un tanto serios e salió el servicio a recoger los bultos que traía. E luego desto, entramos en la casa donde se notaba el fresco sano de la Serranía. E allí sí hubo fiesta, que hasta don Juan besóme e todos hablaban al mesmo tiempo e a todos quería yo atender.

Fueron mis primeras palabras el saludo que traía de Su Eminentísima el Cardenal para don Juan, e luego, empujando con fuerzas a mis otros compañeros, dejélos caer sobre el grande asiento que en el salón se halla y allí les prometí contarles cosas del viaje e de lo visto en Sevilla.

Con más sosiego desde la llegada, hubimos muchas pláticas e, acercándose la hora del yantar, el propio don Juan nos dio aviso. Con esto, tomóme Marino por el cuello con sus brazos e díjome quedo:

“Una sorpresa os guardo. No decid nada agora e luego ya todos la sabrán”.

“Así ha de ser si lo pedís – le contesté – que ya sabéis que guardo bien los secretos”.

Y ya sentados a la mesa, bendijo Su Ilustrísima los alimentos y, abriendo la sopera que en el centro se hallaba, dijo Cristina:

“He aquí una sorpresa que os espera, capitán, pues este gazpacho lo ha hecho vuestro ahijado Marino para vos”.

En Ronda y a treinta de mayo del año de dos mil e seis.

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