ormía solo y entre un gran silencio, cuando comenzaron a llenarse los aires de los sonidos de las campanas de la Giralda, que ya muy de temprano, daban aviso de la festividad del patrón San Fernando, conquistador de Sevilla e cuya muerte en los Reales Alcázares de la ciudad, el treinta de mayo del año de mil dos cientos e cincuenta y dos, celébrase todos los años.Aprovechando que vendría don Ildefonso a recogerme a hora
más tardía, dí un pequeño paseo hasta la Magna Catedrad, que a pocos metros de mi casa se halla. Acudía ya la gente bajando por la calle Placentínes, para ver el cuerpo incorrupto del santo, que desde las ocho y media puede venerarse. Llegando a tiempo al templo, acérqueme a saludar a Su Eminencia el Cardenal don Carlos Amigo, que recibióme con grande amabilidad y estrechó mis manos, mas, viendo yo no húbome conocido vestido de aquella guisa, le dije:
“Eminentísimo Cardenal, bien paréceme que, aún habiendo sido tan amable conmigo, no os habéis apercibido de quien soy”.
Y, aunque vallisoletano, con la gracia de Sevilla, acercó su rostro al mío por reconocerme, e descubriendo quién era, dijo entre risas:
“¡Capitán, Dios os guarde, que por perdido os daba ya del tanto tiempo que no nos vemos! E con estas ropas nunca os esperaba ver. Decidme ¿sabéis de Su Ilustrísima? Pues pronto he hablar con él, que alguna misión le tengo”.
“Más de lo que pensáis sé ahora dél – respondí -, que en Ronda vivo por un tiempo y en su casa como huésped, e ¡no sabéis lo bien que se halla!”.
“Alégrame oír tal cosa – aclaró – e si es así lo que decís de que a diario lo veis, dadle recuerdos míos personales e decidle que habremos de vernos muy pronto”.
Y así hablamos – casi a gritos por el estruendo de las campanas – hasta pasar a la Capilla Real. E abrióse la tapa de la magnífica urna barroca que regaló Su Majestad don Felipe V en el año de mil e setecientos e veinte y nueve, conservándose el ataúd original en la cripta.
Luego, a la hora establecida, concelebróse misa solemne por Su Eminentísisma el Cardenal e por los Canónigos Capellanes Reales. Y antes de la procesión que por el interior del templo celebróse, bajé con don Carlos Amigo a la cripta a hacer una visita e seguimos en pláticas muy interesantes.
Siendo ya que era la hora pasada en la que había cita con Ildefonso, despedíme con gran cariño de hombre de tal simpatía e acogimiento e fuime en paseo de espacio por la calle Alemanes, e subiendo luego por la estrecha calle de Placentines, tomé por Argote de Molina hasta la puerta del apeadero de mi casa. E allí estaba ya el coche esperándome y don Ildefonso desayunado alguna cosa y en pláticas muy divertidas con Chuti.
En Sevilla y a treinta de mayo del año de dos mil e seis.
más tardía, dí un pequeño paseo hasta la Magna Catedrad, que a pocos metros de mi casa se halla. Acudía ya la gente bajando por la calle Placentínes, para ver el cuerpo incorrupto del santo, que desde las ocho y media puede venerarse. Llegando a tiempo al templo, acérqueme a saludar a Su Eminencia el Cardenal don Carlos Amigo, que recibióme con grande amabilidad y estrechó mis manos, mas, viendo yo no húbome conocido vestido de aquella guisa, le dije:“Eminentísimo Cardenal, bien paréceme que, aún habiendo sido tan amable conmigo, no os habéis apercibido de quien soy”.
Y, aunque vallisoletano, con la gracia de Sevilla, acercó su rostro al mío por reconocerme, e descubriendo quién era, dijo entre risas:
“¡Capitán, Dios os guarde, que por perdido os daba ya del tanto tiempo que no nos vemos! E con estas ropas nunca os esperaba ver. Decidme ¿sabéis de Su Ilustrísima? Pues pronto he hablar con él, que alguna misión le tengo”.
“Más de lo que pensáis sé ahora dél – respondí -, que en Ronda vivo por un tiempo y en su casa como huésped, e ¡no sabéis lo bien que se halla!”.
“Alégrame oír tal cosa – aclaró – e si es así lo que decís de que a diario lo veis, dadle recuerdos míos personales e decidle que habremos de vernos muy pronto”.
Y así hablamos – casi a gritos por el estruendo de las campanas – hasta pasar a la Capilla Real. E abrióse la tapa de la magnífica urna barroca que regaló Su Majestad don Felipe V en el año de mil e setecientos e veinte y nueve, conservándose el ataúd original en la cripta.Luego, a la hora establecida, concelebróse misa solemne por Su Eminentísisma el Cardenal e por los Canónigos Capellanes Reales. Y antes de la procesión que por el interior del templo celebróse, bajé con don Carlos Amigo a la cripta a hacer una visita e seguimos en pláticas muy interesantes.
Siendo ya que era la hora pasada en la que había cita con Ildefonso, despedíme con gran cariño de hombre de tal simpatía e acogimiento e fuime en paseo de espacio por la calle Alemanes, e subiendo luego por la estrecha calle de Placentines, tomé por Argote de Molina hasta la puerta del apeadero de mi casa. E allí estaba ya el coche esperándome y don Ildefonso desayunado alguna cosa y en pláticas muy divertidas con Chuti.
En Sevilla y a treinta de mayo del año de dos mil e seis.
Epitafio en la lápida del primitivo sepulcro de San Fernando:



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