03 mayo, 2006

De la conversación con don Fernando y los asuntos que vieron la luz

ntróse el doctor, mi sobrino, don Fernando Vázquez en aquella sala, acompañado por el que llamaban inspector, dos hombres de la guardia, don Marcos y otro hombre viejo al cual no había jamás visto. Percibí no me saludó mi sobrino con el contento que tanto tiempo de ausencia hacía prever; mas sus intenciones llevaba, pues portaba un abultado cartapacio con tal cantidad de documentos, que apenas podía cerrarse.

Sentados ya a la mesa, llevóse una de las señoras al pequeño, que antes de partir, acercó su cara a la mía como en gesto de besarme, mas al oído (y en voz baja) díjome no sé qué cosa sobre el doctor y el muñeco que regalárale hacía unos meses.

Con gesto grave (más de lo que yo esperaba en tales circunstancias), puso el cartapacio sobre la mesa dando un fuerte golpe y diciendo con enfado:

“¡Cosa tal no puede permitirse! – arrastró la silla y sentóse con disgusto –. Ni un solo niño debería sufrir tales desatinos existiendo como existe persona que hale salvado la vida sin conocerle y sin compensación alguna. Y no digo que ésta su vida le pertenezca, sino que debería ser él, el capitán, y sólo él, quien asumiere su tutela, que tal como se demuestra en estos documentos, no sólo se lo merece, sino que tiene la obligación.

“Obligado no me veo – dije con máximo respeto – mas sí estaría dispuesto, si ello se me pidiese, a tutelar a este niño, que por otro lado, eso espera de mí”.

“Ocultáis cosas, capitán – dijo don Fernando con dulzura –, que mucha gente sabe llevasteis a buen puerto a don Juan, hoy ya arzobispo retirado y, tal como demuestran estos papeles, salvasteis la vida de Marino sin ni siquiera conocerle. Mas hay aquí documentos que acaso habéis olvidado existen o preferís no mencionar, pues a mí mesmo la vida salvasteis y una educación me disteis y una carrera en medicina”.

En diciendo esto, quedé suspenso y, antes de que otras preguntas se formulasen, preferí preguntar yo mesmo:

“¿Acaso intentáis decir aquí a los presentes que a salvar criaturas me dedico y a la Caridad como misión llevo?”.

“Vuesa merced lo ha dicho – respondió –, pues oísteis una noche no sé qué llantos de una criatura en un portal de la Calle del Arenal, cerca de la Puerta del Sol de Madrid. Y armado de valor entrasteis y con el mesmo valor buscasteis o a su padre o a su madre durante tres meses; y encontrando al padre, don Felipe Vázquez y Benjumea e no a la madre que lo abandonó, fuisteis el tutor de tal criatura hasta que llegó a convertirse en el médico que hoy tenéis ante vos. De ello y de los otros acontecimientos que nunca queréis narrar, dará fe el notario que traigo al efecto, don Carlos Palacín, pues documentos hay para demostrar esto y lo no demostrable. Sí, capitán, sí. Vuestros apellidos de madre pusisteis como los míos segundos, que eran aquellos tiempos difíciles, e de eso sabéis vos más que yo. Y todo aquí está escrito y compulsado. ¿Si alguna otra cosa quisiéredes añadir?”.

Mas viendo demostrada la historia que nunca antes había contado, acepté todo lo dicho. Y de ello dio fe el notario Señor Palacín en larga plática”.

En Cáceres y a veinte y seis de abril del año de dos mil e seis.

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