ntróse el doctor, mi sobrino, don Fernando Vázquez en aquella sala, acompañado por el que llamaban inspector, dos hombres de la guardia, don Marcos y otro hombre viejo al cual no había jamás visto. Percibí no me saludó mi sobrino con el contento que tanto tiempo de ausencia hacía prever; mas sus intenciones llevaba, pues portaba un abultado cartapacio con tal cantidad de documentos, que apenas podía cerrarse.
Sentados ya a la mesa, llevóse una de las señoras al pequeño, que antes de partir, acercó su cara a la mía como en gesto de besarme, mas al oído (y en voz baja) díjome no sé qué cosa sobre el doctor y el muñeco que regalárale hacía unos meses.
Con gesto grave (más de lo que yo esperaba en tales circunstancias), puso el cartapacio sobre la mesa dando un fuerte golpe y diciendo con enfado:
“¡Cosa tal no puede permitirse! – arrastró la silla y sentóse con disgusto –. Ni un solo niño debería sufrir tales desatinos existiendo como existe persona que hale salvado la vida sin conocerle y sin compensación alguna. Y no digo que ésta su vida le pertenezca, sino que debería ser él, el capitán, y sólo él, quien asumiere su tutela, que tal como se demuestra en estos documentos, no sólo se lo merece, sino que tiene la obligación.
“Obligado no me veo – dije con máximo respeto – mas sí estaría dispuesto, si ello se me pidiese, a tutelar a este niño, que por otro lado, eso espera de mí”.
“Ocultáis cosas, capitán – dijo don Fernando con dulzura –, que mucha gente sabe llevasteis a buen puerto a don Juan, hoy ya arzobispo retirado y, tal como demuestran estos papeles, salvasteis la vida de Marino sin ni siquiera conocerle. Mas hay aquí documentos que acaso habéis olvidado existen o preferís no mencionar, pues a mí mesmo la vida salvasteis y una educación me disteis y una carrera en medicina”.
En diciendo esto, quedé suspenso y, antes de que otras preguntas se formulasen, preferí preguntar yo mesmo:
“¿Acaso intentáis decir aquí a los presentes que a salvar criaturas me dedico y a
“Vuesa merced lo ha dicho – respondió –, pues oísteis una noche no sé qué llantos de una criatura en un portal de
Mas viendo demostrada la historia que nunca antes había contado, acepté todo lo dicho. Y de ello dio fe el notario Señor Palacín en larga plática”.
En Cáceres y a veinte y seis de abril del año de dos mil e seis.


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